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El Grupo
Literario Encuentros, en itinerancia (como La Barraca)
Programa
para un día lorquiano en Granada:
De Fuente
Vaqueros a la
Fuente Grande.
por Germán Ojeda
La idea es que este
recorrido vital se
haga en una única jornada, para que los asistentes tengan
tiempo de llegar el día anterior, y al día siguiente
puedan hacer lo que quieran, siguiendo otros atractivos itinerarios
granadinos, o bajar a la playa a bañarse y comer pescaditos, o
simplemente volverse a casa.
Lo ideal, por lo tanto,
sería
quedar allí un sábado por la mañana.
He copiado a Ian Gibson el
subtítulo,
que él partió en dos con Nueva York de por medio, para
señalar los extremos de esta aventura enmarcada entre dos
aguas, dos fuentes granadinas tan significativas, con tanto
simbolismo en su vida y en su obra.
Un día es una
mezquina medida
para toda una vida, y sobre todo para su intensa relación con
esta ciudad única que fue su cuna y su tumba. Pero no tenemos
otra posibilidad, al menos en este reducido plan, que atenernos a
este esquema.
Un buen punto de partida
fácil
de establecer sería encontrarnos, ya bien desayunados, en la
puerta trasera (la que da a la Vega) del Museo de la ciencia, cerca
de la rotonda donde está el monumento a Fernando de los
Ríos,
maestro del poeta, egregio educador y político socialista
granadino en la República.
De allí, partimos por
la autovía
de circunvalación y la carretera de Málaga hasta
Chauchina (18 kmts.), pasando por Santa Fe, la “cuna de la
hispanidad”, el campamento de los Reyes Católicos donde se
firmaron los acuerdos con Colón y la Capitulación de
Boabdil. Al llegar a Chauchina nos desviamos y después de
atravesar el pueblo nos dirigimos por caminos vecinales hacia
Fuentevaqueros.
Aquí se encuentra la
casa natal
del poeta. Sus propietarios posteriores la entregaron al patrimonio
público para que podamos visitarla como museo. Guarda muchos
recuerdos personales, atesorados por su hermana Isabel, y la
Fundación.
Fuentevaqueros está
en medio de
la fértil vega del Genil. Federico es producto genuino de esta
tierra, que siempre recordará con emoción. Su obra
está
llena de referencias a esta tierra generosa y a su gente sencilla
pero honda e incluso oscura, y muchos de sus personajes (Bernarda
Alba, Antoñito el Camborio, etc.) están inspirados en
gente de estos pueblos.
Entre tanto,
detengámonos en la
Vega. Muy cerca está el pueblo de Asquerosa (nombre hoy
cambiado por el más amable de “Valderrubio”), en cuyo
término se ubicaban las tierras de propiedad de su padre, y
adonde vino a vivir la familia unos años después.
Muchas veces el pequeño Fede correteó por sus calles y
sus campos, y a este pueblo volvió muchas veces, en los
veranos de su juventud. Para él, antes de la tardía
compra de la Huerta de San Vicente, éste era el refugio rural
preferido.
Toda esta comarca formaba
parte de la
de la antigua propiedad llamada el Soto de Roma, que fue de los reyes
moros y pasó entera a la corona de Castilla. En 1813, la Junta
de Cádiz la regaló al duque de Wellington, cuyos
herederos mantienen todavía una gran finca en sus límites
siempre oculta a las miradas, y que actualmente utiliza para sus
escapadas de incógnito la familia real británica.
De aquí se originaron
muchos
nombres lorquianos, como el pueblo de Romilla, o según Gibson,
el personaje de “Pepe el Romano”. No constan vínculos
etimológicos con la antigua Roma, si bien en terrenos que
fueron de la familia se encontraron recientemente gran cantidad de
monedas y mosaicos romanos.
Al fondo, se alza imponente
la sierra
de Parapanda, y al otro lado, el monumental pueblo de Montefrío.
Pero no dará tiempo en este corto viaje. Tampoco dará
tiempo de subir hasta Moclín, donde en octubre se celebran
todavía las famosas romerías del Cabrón, que
inspiraron las escenas de Yerma.
Si
tú
vienes a la romería
a
pedir que tu
vientre se abra,
no
te pongas un
velo de luto
sino
dulce
camisa de holanda.
Federico padre era un
mediano
terrateniente, aunque de ideas “progresistas”, y por eso procuró
para sus hijos la mejor educación liberal, en colegios no
religiosos. La educación de los hijos es lo que les llevó
a vivir a la ciudad, a los pocos años.
Nos vamos también
nosotros para
la ciudad.
Volvemos otra vez por la
circunvalación, y nos bajamos de ella en la salida Méndez
Núñez. Andamos un corto trecho, y nos desviamos a la
derecha por la calle Arabial, en dirección a la Huerta de San
Vicente.
En esta casa, que entonces
estaba en
medio de la vega, se refugiaba el poeta ya de mayor, en sus estancias
en la ciudad. En su terraza se reunía con sus amigos, o se
asomaba a mirar la ciudad, y al fondo imponente la Sierra Nevada.
Aquí estaba cuando, asustado después de una visita
amenazadora de falangistas, salió decidido refugiarse en casa
de sus amigos los Rosales, creyendo que allí estaría a
salvo.
Muy cerca de aquí
estaba el
cortijo de su tío, denominado desde tiempos antiguos el
Jardín
del Tamarit. Creo que nada queda del mismo, salvo aquellos versos
estremecedores:
“Por
las
arboledas del Tamarit
Han
venido los
perros de plomo…”
Después de recorrer
sus
estancias, leer algunos poemas de ese maravilloso Diván del
Tamarit, y contemplar serenamente el paisaje, nos dirigimos al centro
de la ciudad.
Entramos por la avenida de
la
Constitución (que entonces no existía, era la
carretera). Aparcamos en el párquin al final de la avenida,
cerca ya de la plaza del Triunfo. Como ya estará próximo
el mediodía, podemos tomar unas empanaditas argentinas como
tapilla de un Rioja sabroso en el restaurante La Tranquera, de un
amigo granadino / cordobés (de allá).
Salimos de la plaza del
Triunfo, y ya
caminando vamos hacia la cercana Plaza de la Libertad, el lugar donde
fue ejecutada Mariana Pineda, la heroína de los liberales
granadinos.
“Ay,
qué
día tan triste en Granada,
que
a las
piedras hacía llorar,
al
ver que
Marianita se muere
en
cadalso, por
no declarar.”
Este bellísimo poema
infantil,
que cantaban los niños en corro en la época de su
niñez, inspiró al poeta para su primera gran obra
teatral.
Volviendo a la plaza del
Triunfo, y
dirigiéndonos hacia el centro, encontramos la antigua puerta
de la muralla árabe, el arco de Elvira, que hoy subsiste
orgulloso.
¡Qué
voz para mi
castigo
levantas
por el mercado!
¡Qué
clavel enajenado
en los
montones de trigo!
¡Qué
lejos estoy
contigo,
qué
cerca cuando te vas!
Por el
Arco de Elvira
voy a
verte pasar,
para
sentir tus muslos
y ponerme a llorar.”
Atravesando el arco, nos
dirigimos al
centro por la Calle de Elvira, antiguamente la calle principal de la
ciudad, antes de que a fines del siglo XIX se abriera la Gran
Vía
arrasando muchas construcciones de la ciudad vieja. Hoy la calle de
Elvira es zona de bares juveniles, oscura y ruidosa, algo turbia,
pero por la mañana luce tan atractiva como entonces.
”Granada,
calle de Elvira,
donde
viven las
Manolas,
las
que se van
a la Alhambra
las
tres y las
cuatro solas”,
Es un poemilla de
Doña Rosita la
soltera, que al parecer vivía en un carmen (casa con
jardín)
en el cercano
barrio del Albaicín.
Por cierto,
desde la calle de Elvira, mirando hacia la izquierda según
vamos, se ven callejuelas angostas y tortuosas que suben la colina en
dirección a ese barrio mítico.
Al final de la calle de
Elvira, estamos
en Plaza Nueva. Lo mejor entonces es bajar hacia Puerta Real, tomar
un vinito en Enrique Elefante, (¡sin tapilla!), para de
inmediato dirigirnos al restaurante Chikito, en la Plaza del
Campillo. Este restaurante, hoy muy restaurado (valga la redundancia)
era en sus tiempos el Bar Alameda, donde se reunía la tertulia
del Rinconcillo, núcleo de la intelectualidad granadina, y a
la que frecuentaba, como un fervoroso contertulio, nuestro poeta.
Aquí se hizo poeta, aquí terminó por florecer su
sensibilidad amasada en la infancia en la vega. Nada mejor para un
grupo como Encuentros que reunirse por una vez en el mismo sitio
donde se reunía aquel grupo magnífico.
En el actual restaurante se
come bien,
ni caro ni barato. Tienen un excelente vino granadino.
Saliendo de allí, y
para bajar
la comida, nada mejor que una vueltita por la Acera del Darro, debajo
de la cual corre entubado, escondido, el pequeño pero
amenazante río. En esta calle vivió la familia del
poeta en sus años escolares. Al final de la calle, el Darro se
une con el Genil, no mucho más grande, que baja de la Sierra
Nevada.
Para
los barcos
de vela
Sevilla
tiene
un camino.
Por
el agua de
Granada
sólo
reman los suspiros.
Volviendo al centro
atravesando el
antiguo barrio del Realejo, podemos llegar otra vez a Plaza Nueva,
desde donde, si dan las piernas, por la Cuesta de Gomérez,
atravesando los bosques y jardines, subiremos al recinto de la
Alhambra.
No se puede pretender
visitarla este
día: Lleva varias horas recorrerla, y hay que comprar las
entradas con antelación. De modo que nos conformaremos con
caminar por el patio de los Aljibes (donde se celebró el
concurso de Cante Jondo de 1922, organizado por Manuel de Falla con
entusiasta colaboración de Federico). Y asomarnos a los muros,
desde donde podemos contemplar toda la ciudad, la vega lejana, y
justo enfrente, el Albaicín y el Sacromonte.
Desde la entrada posterior
al recinto,
al final de la Calle Real de la Alhambra, se puede salir por la
Cuesta del Rey Chico, que separa estos palacios del Generalife. Por
la cuesta se llega hasta el Darro, y, cruzándolo, nos
encontramos en el Paseo de los Tristes, desde donde comienza la
subida al Albaicín. Subiendo, subiendo, por callejuelas
retorcidas y estrechas, podemos ver innumerables lugares de enorme
belleza evocadora de un pasado morisco, hasta llegar al famoso
Mirador de San Nicolás, desde donde la perspectiva que se
tiene de la Alhambra es prodigiosa.
Después de descansar
un rato en
cualquier rincón recoleto, o en alguna terracilla, iniciamos
el descenso, que puede ser en uno de los pequeñitos autobuses
que caben apenas por los estrechos pasillos, y volver a la parte baja
de la ciudad, desde donde, si todavía estamos lejos, un taxi
nos lleva por pocas monedas hasta el párquin de la plaza del
Triunfo.
Atardece. Hay que darse un
poco de
prisa, porque tenemos carretera, unos pocos kilómetros que en
su día serían larguísimos, sobre todo para los
cautivos, pero que hoy se hacen en un rato liviano.
Salimos de la ciudad por la
autovía
de circunvalación, ya convertida en carretera de Jaén,
hasta llegar al cruce con la A92 que atraviesa Andalucía de
este a oeste. Tomamos esta carretera en dirección
Almería,
y a los pocos kilómetros nos desviamos hacia Víznar,
recostado en la sierra.
Víznar es un pueblo
pequeño,
que alberga un palacio que fue del Obispo Moscoso y Peralta (lo
recuerdo especialmente porque es el nombre de una calle de mi
Córdoba). Este palacio fue ocupado por falangistas, que lo
convirtieron al comienzo de la guerra en centro de operaciones en la
zona. De paso, sirvió para llevar allí a ejecutar a los
presos que no querían registrar oficialmente, los
“desaparecidos” como en las dictaduras sudamericanas, los que
nunca pasaron por la cárcel ni recibieron condena de
ningún
tribunal. Los otros iban a las tapias del cementerio de Granada, con
todas las “bendiciones”. Cientos, acaso miles de granadinos
acabaron su vida en estos parajes, llegando en total a cerca de diez
mil las víctimas de la represión en la ciudad.
A la salida de
Víznar, en
dirección a Alfacar, se encontraba una colonia de vacaciones
infantil de la República, que usaron como cárcel de
tránsito para los condenados. Y apenas un par de
kilómetros
más allá, el llamado Barranco de Víznar, donde
el pinar actualmente plantado no puede hacer desaparecer el rastro de
las tumbas anónimas. Un poco más allá, en un
sitio bajo un olivo centenario que seguramente contempló la
escena, un monolito recuerda que puede ser el sitio donde la memoria
histórica se estrella contra la cerrazón del olvido.
Que
fue en
Granada el crimen
sabed
-¡Pobre
Granada!- en su Granada…
Otro poco más
allá,
apenas a doscientos metros, se encuentra uno de los monumentos
ignorados de la civilización nazarí. Estamos en la
Fuente Grande de Alfacar, un manantial que aún hoy provee de
agua a una acequia que la lleva hasta la ciudad, donde durante siglos
dio de beber a la población. Los árabes le llamaban Ainadamar,
que quiere decir “la fuente de las
lágrimas”.
Le llamaban así porque es como un pequeño estanque en
cuyo fondo las vertientes sueltan con el agua grandes gotas de aire,
que al llegar lentamente a la superficie estallan en silencio,
abriéndose en breves pañuelitos de espuma. El agua es
cristalina, y llama la atención que a pesar de estar en un
lugar abierto, con bancos propicios al botellón, no hay ni un
solo resto de basura en el fondo del estanque, como si un respeto
ancestral obligara a quienes se acercan al silencio y el
recogimiento.
Lo podéis ver, pero
no lo veréis
como lo ví yo una vez, a las seis de la madrugada, cuando
estaba amaneciendo en el valle. Estaba con un primo de mi mujer,
después de una noche de juerga, y él me había
llevado a esa hora a visitar el lugar. Habíamos vaciado los
restos de una botella de vino de Jerez sobre la tierra, para calmar
la sed de los muertos. Y allí, en la fuente de las
lágrimas,
vimos amanecer rodeados del silencio más profundo y bello,
alumbrando el nuevo día.
Ignoro si, a esa misma hora,
Federico
habrá muerto sintiendo el frescor del agua estancada en la
madrugada de verano, y el rumor breve y apagado de la acequia de
Ainadamar.
A la
vera del
agua,
sin
que nadie la
viera,
se
murió
mi esperanza
Se va a hacer de noche
pronto, por lo
que lo mejor es bajar a Alfacar en busca de la autovía, y
volver a Granada, donde por la zona de la calle Alhamar hay muchos
bares con muy buenos vinos y magníficas tapas, donde poder
cenar informalmente sin mucho gasto.
Fin de nuestros servicios.
Al día siguiente, si
habéis
comprado las entradas con antelación, podéis visitar
los palacios de la Alhambra.
(Debo manifestar mi gratitud
a Ian
Gibson por sus libros y por la conversación que una vez
sostuve con él sobre estos temas.)
Germán Ojeda, Septiembre 2009
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