ANDRÉS ACOSTA GONZÁLEZ

CUENTOS Y POEMAS: LECTURA DE OBRA PROPIA JUEVES 30-03-2006
El descubrimiento.Tres Cantos, marzo 2006.
Soneto titulado El Cosmos matemático y el número (por encargo de mi amigo Manuel Guadarrama Guillén). Madrid, marzo 2004.
LA PAMELA ROSA. Madrid, febrero 1992.

SONETO CALEIDOSCÓPICO. Tres Cantos, octubre 2005.
¿Y cómo así, no me fue dado encontrarte? (Madrid, 1984)
LA DAMA IMPLACABLE. Tres Cantos, marzo 2003.





El descubrimiento.

Desde lo alto, desde el mirador de la Centinela, todo se veía diferente: los barrancos serpenteando sinuosos hacia el mar, el cielo azul intenso y el mar un plato gris plata sereno, infinito en el horizonte.
- “Allí, allí, ¿ves aquella charca? Bueno, pues al lado está. Te lo voy a enseñar todo, Clara. Será como si lo hubiéramos descubierto los dos. Pero me tienes que dar un beso en la boca. Y además, me tienes que dejar verte las bragas.”
- “Oye, todos sois iguales”.
- “No, no, yo soy distinto. Yo te voy a llevar a un sitio donde hay un tesoro. Lo he encontrado yo solito. Y nadie sabe nada. Tú vas a ser la primera. Dime, ¿algún otro chico de mi edad te ha contado cosas tan bonitas? Además, ¿alguno te ha dicho, como yo, que eres muy guapa? Entonces, ¿qué hay de malo en que te quiera ver las bragas?”


- “Ay, qué pesado. Primero me llevas a ese sitio, y luego veremos.”
Caminaron por senderos de cabras, sorteando lavas, por barrancos donde sólo crecían aulagas, tabaibas y cardones. Soplaba una brisa agradable que engañaba al sol fuerte y luminoso de la mañana. Los dos estaban muy acostumbrados a aquellos terrenos desde pequeños, pero él, solícito, hacía que la ayudaba. Tenían toda la vida por delante y toda la tierra a sus pies. Allí no había nadie. El pueblo más cercano, donde vivían, se divisaba allá arriba a lo lejos. Unas casitas eran blancas, otras más feas mostraban los bloques al desnudo.
Sus padres trabajaban en la zafra del tomate y ellos iban a la escuela alguna vez, otras veces trabajaban también en el tomate y las más soñaban futuros entre la mar, las piedras y los lagartos.


Un lagarto bellísimo, de gran cabeza azulada, parecía una figura de porcelana sobre las piedras. Ella se asustó al verle tan cerca.
- “Es Tini”, dijo él, “mi buen amigo; a éste no le tiro piedras. Lo conozco bien, ¿sabes? Siempre aparece para señalarme el camino.”


El lagarto dirigía su cabecita hacia una oquedad del pequeño barranco.
- “Allí es”, dijo él con seguridad, “ya estamos llegando”, y le cogió a ella la mano apretándosela emocionado. “Ya verás, te va a gustar.”


Estaban sobre una pequeña llanura frente a un abrigo amplio y alargado. La llanura se extendía más allá del cauce de un amplio barranco sobre el que los derrubios de las avenidas se habían ido depositando a lo largo de miles de años. Allí llovía poco, pero cuando llovía, lo hacía intensamente. La corriente arrastraba piedras y lodos y era peligroso estar en un barranco cuando se producían esas lluvias tan intensas, que tenían lugar cada veinte años más o menos.


- “Mira aquí”, le dijo él a ella mientras apartaba un montón de piedras. Quedó al descubierto un prisma octogonal perfecto. Iluminada la pieza por un sol intenso, refulgía bellísima, parecía querer hablar.


Ella se quedó sorprendida. No esperaba una cosa así. Creía que era una broma más de las tantas que solía gastarle él. Pero no, esto parecía otra cosa. Se trataba de un descubrimiento serio. Aquella pieza tan perfecta allí, anclada en el suelo sin que pudiera moverse, allí en aquel secarral donde sólo se veían lagartos, lavas y una vegetación subdesértica.


- “Estaba escondida, ¿sabes? Y hay más, ahora te las enseñaré. Es algo impresionante. Yo creo que es de los guanches.”


- “¡Tú estás loco! ¿Qué iban a hacer los guanches por aquí? El maestro nos dijo el otro día que los guanches eran pastores y que no sabían hacer casi nada.”
- “Te voy a demostrar que esto lo debieron hacer los guanches. Ven aquí.” Él la condujo a otro sitio, distante unos tres metros del anterior. Apartó piedras de nuevo y surgió otro prisma octogonal perfecto, liso, pulido y muy bonito. Cogió a continuación una piedra larga y afilada, una obsidiana cortante. Escarbó a un lado del prisma y sacó unas cuentas de cerámica y el cuenco de una vasija ahumada.
- “Julián, que va al instituto, me ha dicho que estas cuentas de cerámica son guanches.”
- “¿Le has contado a Julián, que has descubierto todo esto?”
- “No, no te preocupes, sólo le dije que había encontrado unas cuentas en una covacha lejos de aquí. Se las enseñé y me dijo que se han encontrado muchas en bastantes lugares, sobre todo abrigos y cuevas. Y que eran guanches. Él las ha visto en el Museo Arqueológico. Fueron allí hace poco con los profesores.”
- “¿Y qué vas a hacer? Tarde o temprano tendrás que decirlo en la Escuela o en el Ayuntamiento.”
- “Bueno, pero más adelante. Por ahora voy a seguir buscando. A lo mejor aparece alguna joya, Clara, y esa te la voy a regalar.”
Se sintió halagada. Empezaba a mirarle con otros ojos. Le dio el beso prometido, en la boca. Suavemente y con timidez. Él sonrió triunfante y lleno de gozo.
- “Clara, las promesas hay que cumplirlas completas.”
Se levantó las faldas y él pudo contemplar una bragas de color rosa pálido, desgastadas de tantos lavados.


- “Y ahora nos vamos, Yeray. No sé, no me da buena espina todo esto.”
- “¿Por qué? ¿Qué hay de malo en hacer un descubrimiento? Clara, seremos famosos tú y yo. Quiero compartir todo esto contigo. Diremos que lo hemos descubierto los dos.”


- “Yeray, debemos decirlo pronto en el Ayuntamiento. Es mejor.”
Al día siguiente, cuando salieron de la Escuela, se dirigieron al Ayuntamiento. Allí notaron un revuelo especial. Algo extraño se palpaba en el ambiente. Una inquietud que no era normal. Antes de decir nada, antes de ver a quién le hablaban de su descubrimiento, prefirieron escuchar, enterarse del porqué de tanto nerviosismo. Les llamó además la atención oir hablar tanto del “Tengacho”.


- “Clara, la zona donde está lo de los guanches es el Tengacho. Se llama así.”
- “Ya lo sé. Mi padre me lo dijo una vez. Qué eso se llama el Tengacho.”
- “Qué raro que anden hablando tanto de ese lugar ahora”.


- “Mira Yeray, estoy cambiando de opinión. Debemos esperar antes de decir nada. Por lo menos debemos enterarnos qué es lo que pasa con el Tengacho.”


Se enteraron pronto. Todo el pueblo andaba revuelto, no sólo el Ayuntamiento. Una empresa turística se había interesado por el lugar. Lo habían encontrado muy apropiado para levantar apartamentos. La playa no estaba lejos. Había sol todo el año.


La gente del pueblo estaba contenta con la noticia. Quién más, quién menos, soñaba con trabajar en la construcción, y más tarde como asistenta, cocinera, camarero. Soñaban con huir de la esclavitud, con liberarse de las zafras de sol a sol por míseros sueldos.


Un primo de Yeray que vivía en la capital, mayor que él y de familia más acomodada, vino con sus padres a pasar unos días en el pueblo. Yeray se llevaba muy bien con él a pesar de todas las diferencias. Su primo iba a entrar pronto en la Universidad. Yeray se confió a él. Clara y él le llevaron al Tengacho y le enseñaron el descubrimiento.


- “Romen, confiamos en ti. Sólo lo sabemos nosotros tres.”
- “Creo que debemos decirlo en el Museo Arqueológico. Es el mejor sitio para contarlo. Ellos saben lo que hay que hacer para que se conserve bien todo esto y para que se estudie a fondo. El mérito es de ustedes dos. Por tanto, hay que procurar que los nombres de Yeray y Clara sean los que aparezcan en los periódicos y salgan por la radio, y figuren en todas partes como los descubridores. Pero hay que comunicarlo para que se estudie y se proteja.”
Clara y Yeray figuraron en el periódico más importante de la provincia como los descubridores. También les hicieron una entrevista por la radio. Estaban emocionados. Y sus padres orgullosos, aunque entendían poco de estas cosas.


Al cabo de unos días, las cosas comenzaron a complicarse un poco. La gente se sentía inquieta con el descubrimiento. Pensaba que podría paralizar los proyectos turísticos y todas las expectativas laborales se irían al traste.


Todo el asunto se complicó mucho más cuando dos arqueólogos jóvenes muy animosos comenzaron a explorar toda la zona en compañía de Yeray y Clara. Aparecieron nada menos que cinco prismas octogonales más, todos relucientes y perfectos. Los siete prismas se podían ver ahora al descubierto formando un arco más pequeño que un semicírculo de cinco metros de radio. Componían un sistema que había sido concebido para algo, pero ese algo se les escapaba. Preguntaron a los arqueólogos y la respuesta llegó rápida:


- “Son aras de sacrificio. Sin lugar a dudas. Esto es extraordinario. Estamos ante un santuario neolítico tardío. El único hallado en las islas hasta ahora. Sospechábamos que pudiera haberlos, pero hasta ahora no habíamos tenido rastro de ninguno.”


Yeray y Clara no entendían nada, pero todo les sonaba maravilloso.
- “Mañana traeremos al Director del Museo Arqueológico y a un Catedrático de Arqueología de la Universidad. Es bueno que valoren el yacimiento antes de comenzar con las catas y la triangulación de la zona a excavar. También habrá que hacer antes que nada un levantamiento topográfico. ¡Clara, Yeray: van a ser ustedes famosos, figurarán en las enciclopedias mis niños!”

A unos cuantos kilómetros de allí aterrizaba un avión privado procedente de Sicilia. En el aeropuerto esperaba a los viajeros un caballero impecablemente vestido. Estaba en una zona reservada muy discreta. Desde allí se dirigió a la pista. Situados en sendos puntos estratégicos, dos “gorilas” vigilaban con mucho disimulo en todas las direcciones. Una vez el avión hubo parado los motores, se abrió una puerta y descendió una escalerilla. Bajaron dos hombres bien trajeados y con sombrero blanco. Uno de ellos llevaba dos maletines. Tras saludar al banquero, le hicieron entrega de los dos maletines e intercambiaron algunas palabras. Pocos minutos después, despegaba el avión rumbo a Sicilia. Todo fue muy rápido. La Aduana tenía órdenes estrictas de no molestar ni a los viajeros ni al piloto de este avión. El banquero, escoltado, retornó a la capital inmediatamente, tan pronto como despegara el avión, en su lujoso Mercedes.

Prehistoriadores, topógrafos y arqueólogos vallaron el yacimiento y trabajaron afanosamente durante dos semanas. Además de las aras de sacrificio aparecieron pozos crematorios, hogares, cerámicas, piezas líticas, ornamentos y toda suerte de restos neolíticos. El Museo y la Universidad elaboraron un cuidadoso informe y lo enviaron a las autoridades solicitando que el lugar fuera declarado Monumento Nacional, que se edificase allí un Centro de Visitantes y un pequeño Museo con gran parte de las piezas encontradas. Ya se estaba elaborando también una publicación detallada de todo el yacimiento, que en un mes a lo sumo estaría a la venta en el Museo y en librerías especializadas.

En la empresa “Turismo-Construcción-Contratas” llevaban ya una hora reunidos. Y la preocupación era enorme.
- “¡Hay que parar esto como sea! Ni aras de sacrificio ni leches. Hay que decir que es mentira. ¿No se puede contratar a algún arqueólogo sin escrúpulos? Se le paga lo que pida y se desmonta todo este tomate. No podemos consentir que se joda todo este proyecto por cuatro piedras de mierda. ¿Qué le decimos a Luchiani?”
- “¡Calma! Es absurdo entrar en disputas arqueológicas. Los profesores que ya han inspeccionado el yacimiento y han elaborado sus informes son grandes expertos. A estas alturas es imposible desmentir nada. Habrá que pensar en otras alternativas.”
- “Aún no hay autorización oficial alguna. La han solicitado. Pero eso lleva tiempo. Hay que actuar sobre las autoridades para que no la concedan. Por otra parte, la divulgación de esto en la prensa internacional es nula por ahora. ¿A quién le interesan estas cosas? A nadie. Tenemos que incidir sobre las autoridades, decirles los puestos de trabajo que se van a crear y las expectativas económicas y financieras, insisto financieras de futuro para la zona y para toda la región.”
- “Bien, otra cosa. Los maletines venían bien llenos. Se puede usar una pequeña parte para ... ya sabéis. En fin, así todo iría más de prisa.”

Clara y Yeray disfrutaban colaborando con los arqueólogos. En pocos días habían hecho grandes progresos. Ya sabían diferenciar unas épocas de otras por los estilos cerámicos y por los distintos tipos de tallas en los instrumentos líticos. También habían aprendido a distinguir un nivel arqueológico de otro dentro de una cata. Sus amigos les respetaban. Pero en el pueblo, a la gente, en general, no les hacía mucha gracia este descubrimiento arqueológico. A los padres de Clara y de Yeray algunas personas les esquivaban. Se creó una situación muy incómoda. El pueblo se dividió en dos grupos: uno mayoritario contrario al yacimiento y partidario de las urbanizaciones turísticas, y otro muy minoritario que valoraba la cultura como algo positivo que le daba al pueblo una identidad fuerte y que a la larga sería buena.

En la sede del Departamento de Cultura alguien hacía una visita y sugería que se podrían trasladar todos los materiales a otra parte, a un Museo o a una exposición permanente, o bien construir una réplica en cualquier otro lugar y ahí situar los materiales. Le contestaron inmediatamente:
- “Bueno, realmente casi todos los materiales ya se han sacado de allí y están inventariándose en el Museo Arqueológico. Además, las catas más importantes ya se han hecho, así como los levantamientos topográficos, las fotos y los estudios más urgentes.”
El representante de la empresa entregó discretamente un sobre al Director General.

Era un día gris y triste, lleno de nubes bajas y con la mar revuelta, cuando a las seis de la mañana, al alba, las excavadoras comenzaron su trabajo. Cuando Clara y Yeray llegaron, todo estaba arrasado. Ningún arqueólogo se encontraba allí. Era muy temprano. Las vallas habían sido quitadas. Las aras octogonales y los pozos crematorios, que eran las únicas piezas que no habían sido llevadas al museo, debían estar entre los escombros. Buscaron y buscaron, a pesar de que los operarios les gritaban para que se alejasen. Encontraron trozos. Con dificultad los fueron apartando. Agotados, sudorosos y sucios, preguntaban inútilmente a los trabajadores por qué hacían eso. No contestaron.
Nadie del Museo ni de la Universidad apareció por allí. Ni aquel día ni ningún otro. Era como si todo hubiera sido un sueño, como si en aquel llano jamás hubieran aparecido restos arqueológicos.

Veinte años después leyeron en un panel de un museo que no se sabía muy bien si la cultura guanche llegó a tener centros ceremoniales de sacrificio. Se sospechaba que sí, por algunos indicios aislados, por algunas piezas redondas y por otras que parecían partes de prismas octogonales aparecidas misteriosamente en un vertedero de un barranco del sur de la isla.

Andrés Acosta González.
Tres Cantos, marzo 2006.

 

 

LA PAMELA ROSA


Aquel hombretón alto y desgarbado, de tez cetrina y abundante pelo color negro azabache, vestía el uniforme de capitán con una muy apurada elegancia. Julián Bencomo, joven, ungido por la suerte, no disimulaba su orgullo por pilotar él, antes que ningún otro marino, el primer barco de vapor que unía las islas con el continente. Sólo su amor por la navegación y la mar superaba, y además con creces, esa autoestima.


En las largas travesías solía relacionarse con los pasajeros, haciendo en ocasiones buenos amigos, con quienes mantenía luego una correspondencia fecunda y permanente. Buen parlanchín, en las sobremesas narraba historias en las que, al decir de sus oyentes, mezclaba aspectos de su vida con la fantasía más desbordante. Se extendió su fama de buen cuentista por círculos culturales del país y hubo más de uno que alteró su salida por viajar en su compañía y disfrutar así de sus relatos y sus tertulias.


Del abundante repertorio elegiré hoy la más apasionada de sus narraciones, un cuento que refleja, como ningún otro, ese ambiente tardorromántico y decadente, esa atmósfera densa de una ciudad isleña pegada al mar y a la distancia.
Para este relato, Julián contó con la ayuda de un mar algo agitado. Los pasajeros que permanecieron a su lado tras la cena podían con todo derecho presumir de navegantes. La luna llena, semiescondida entre las nubes, iluminaba el agua con ese encanto propio de lo intangible. Así que valía la pena no marearse. Ayudado de una hermosa copa azul bien cargada de coñac y de un habano interminable, el marino fabulador miró seriamente a los pocos amigos que valientemente habían rehusado bajar a sus respectivos camarotes. Era el momento adecuado. Se había hecho el silencio. Respiró hondo, y sin más preámbulo dio comienzo a la narración:


Sí, no tengo por qué negar, haciendo gala de falsa modestia, que siempre fui un gran observador. Siempre anduve de un lado para otro a la caza de acontecimientos. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer un chico de doce años, despierto y avispado, en una población pequeña a orillas del mar? Escrutaba con avidez los muelles, las calles, los jardines, barrancos y playas desde tempranas horas de la mañana. Era verano. Mis padres no me obligaban aún a estudiar mucho ni a trabajar.


Aquel día, nunca olvidaré ese aroma, soplaba una brisa especial que echaba tierra adentro una fragancia de algas y de sal. El intenso olor a océano me atrajo hacia el mar. En lugar de ir a jugar a la pelota, a cazar lagartos (con una buena tiradera de goma, a diez metros acertaba siete de diez) o a pescar y coger lapas, opté por dirigirme al muelle.


Mis expectativas no se vieron defraudadas. En medio de la bahía estaba recogiendo velas un hermoso velero inglés. Yo lo observaba cual si se tratase de un enorme ser vivo, un bicho antediluviano lleno de misterio.
Después de permanecer un buen rato cautivo de aquella imagen, atrapado en su perfección, me dediqué a estudiar la maniobra de fondeo, el zafarrancho en cubierta y la recogida de gavias. Deduje, alegrándome yo mucho por ello, que se trataba del nuevo tipo de velero rápido de tres palos y gran velamen, a la que habían bautizado con el nombre de clípper. Toda esta terminología la iba aprendiendo de mi padre, el cual, no sé por qué, deseaba inculcarme grandes conocimientos de ingeniería naval. Nunca podré agradecérselo suficientemente.
Había oído yo hablar de algunos veleros rápidos que ya disfrutaban de cierta fama. ¿Cuál sería éste? ¿El "Flying Cloud"? ¿El "Black Ball"? ¿O quizá el "Champion of the Seas"? Resultaba difícil distinguir su nombre desde el muelle. <<Bah, eso no tiene importancia>>, me dije, <<ya me enteraré>>. Lo que más me atraía ahora era el desembarco de los pasajeros.


La barcaza con las personas y los equipajes ya se iba acercando. Los hábiles remeros la conducían bien por el movido mar de aquella costa. Oí decir que este velero, tras hacer aguada y cargar alimentos, seguiría rumbo al Sur o al Oeste con la mayor parte del pasaje. Muy pocos desembarcaron. Otras veces bajaban muchos más. Debía tratarse de una escala algo excepcional.


Entre todos los viajeros destacaba un caballero de porte elegante y expresión jovial. Era delgado e iba impecablemente vestido de blanco. Llamaba la atención su curioso sombrero color crema adornado con una cinta roja. Sólo cuando saltó al pescante pude comprobar cuán alto era. Con exquisita cortesía, no exenta de un protocolo que yo ya iba conociendo, saludó a un matrimonio que le esperaba en el muelle. Todos hablaban en inglés. A mí, escuchar otros idiomas me fascinaba. Y ya alcanzaba a distinguir si se trataba de inglés, francés o alemán. De esos tres idiomas había aprendido algunas palabras de uso frecuente y las cazaba al vuelo.


La colonia inglesa aumentaba día a día. Oía yo a mi padre decir que se reactivaba la industria vinícola y que un futuro estupendo con trabajo y beneficios para todos se atisbaba ya en el horizonte. Mi padre era un idealista, un pensador bonachón que no veía el mal en ningún sitio. Yo sin embargo, tan pequeño aún, captaba que de ese futuro parecían hacerse dueños los extranjeros antes que nosotros. Ellos tenían el dinero y las plantaciones, y suyos eran también los barcos.


De los demás viajeros sólo me interesaba una guapa señora, alta y morena. Su rostro me resultaba conocido. Recuerdo vagamente el vestido vaporoso, el andar delicado, cierta mirada displicente, pero lo que más ha permanecido grabado en mi memoria es la imagen de una inmensa, una descomunal pamela rosa. No sé por qué, pero cuando rememoro la escena, aparece siempre esa enorme pamela de color rosa ocupándolo todo. El caballero inglés saludó a la bella dama de la pamela rosa con el ceremonial de costumbre, aunque en esta ocasión permaneció más tiempo en el besamanos. Sonreía con un rictus entre tierno y suplicante. La guapa damisela debía pertenecer a alguna destacada familia de la aristocracia isleña. Dos sirvientes colocaron sus cofres en el techo de una calesa, en cuyo interior se alejó la hermosa viajera camino de alguna villa tierra adentro.
Aquella noche soñé con barcos a todo trapo, aventuras amorosas, abordajes de piratas, puertos exóticos llenos de personajes únicos, irrepetibles. Yo era el timonel de un clíper como el que permanecía fondeado en nuestra bahía. La misión que teníamos encomendada consistía en rescatar a una jovencísima y bella damisela de un navío pirata en el que se hallaba secuestrada. Durante el abordaje abandoné el timón para poder transportarla a mi barco, no sin antes haber dado su merecido a cuantos se interponían en mi camino. Y cuando el combate estaba alcanzando su clímax, me desperté sudoroso y noté cómo la cariñosa mano de mi madre secaba mi frente al tiempo que me decía: <<¿Qué te pasa, Julianito? ¡Tienes pesadillas!>>.


Con las primeras luces del día corrí muy rápido hacia el muelle. Tuve suerte. Llegué a tiempo de contemplar al gran velero con todas sus gavias, foques y mesanas desplegadas. Soplaba una brisa fuerte, ideal para la navegación. Siempre que sabía de una llegada o salida de barcos, me sentaba en unas rocas altas, desde las que avistaba durante horas cómo el navío iba apareciendo o se perdía por el horizonte. Esas imágenes de mi niñez encierran aún hoy para mí el significado misterioso de la felicidad.


Pasaron días en los que seguí alimentando mi fantasía con veleros, barcazas, guapas damas con pamelas rosas, jóvenes apuestos entre los que figuraba yo, así como la permanente estampa de las velas henchidas.


Una tarde, cuando me dirigía animado a volar una rudimentaria cometa que mi padre me había ayudado a fabricar, escuché hablar inglés. Esto no habría tenido nada de extraordinario si no hubiera sido porque la voz en cuestión me sonaba conocida. El sonido partía de un amplio jardín perteneciente a una gran mansión colonial. Toda la mansión se hallaba cercada por un bien podado brezo que hacía las veces de muro. No pude reprimir la curiosidad y metí la cabeza en el matorral.


El elegante inglés de la fragata charlaba con otros señores, los cuales le hacían entrega de una respetable suma de dinero. Eran muchas las libras que pasaban de unas manos a otras. Nunca había visto yo tanto dinero junto. Sin lugar a dudas, debían estar saldando un negocio importante.


No pasó mucho tiempo sin que cambiara la decoración. Finalizado y ajustado el acuerdo, de cuyos detalles únicamente debían estar al tanto el viajero inglés y los dos señores que negociaban con él, se acercó una sirvienta. Les debió indicar que llegaban invitados, pues al cabo de unos minutos todo el jardín fue llenándose, y sobre las mesas los criados dispusieron abundantes viandas y bebidas.


Personajes isleños de las clases sociales mejor situadas charlaban distendidos con los ingleses. Yo no perdía detalle de cuanto ocurría. Inquieto comprobé de pronto que el inglés de la fragata se acercaba, acompañado de un caballero isleño, hacia donde yo me encontraba. <<Mejor será ni pestañear>>, me dije, <<que no se me note ni la respiración>>.


El inglés dominaba perfectamente la lengua española. Oí claramente lo que le contaba a su joven amigo: <<Estoy desolado. Creo que Nísida, con su silencio tan prolongado, está negándome toda esperanza>>. <<¿Quién sería Nísida?>>, me preguntaba yo, <<¿la bella damisela de la pamela rosa?>>. Casi entre sollozos prosiguió el inglés sus confidencias: <<No soporto más su desdén. He llegado a pensar hasta en el suicidio>>. Su amigo le tranquilizaba, diciéndole que las mujeres eran así, que no debía perder las esperanzas, y que si manifestase hacia ella un aparente desprecio, conseguiría mucho más. Y cogiéndole por el brazo, le acercó a la mesa para tomar algún aperitivo.


Permanecí un buen rato ensimismado, sin dar todavía mucho crédito a todo lo que contemplaba y oía. Casi me parecía imposible estar asistiendo a tan íntimas confesiones, y precisamente de este personaje misterioso, por el que empecé a sentir admiración desde el mismo momento que le vi bajar tan elegantemente de la barcaza. De tan placenteras disquisiciones vino a despertarme de manera súbita el ruido cercano de unas hojas secas pisadas. Un individuo joven, mal vestido y con aspecto de vagabundo, no perdía detalle de todo lo que ocurría en la fiesta, al igual que lo hacía yo. Distinguí con claridad sus facciones y su expresión entre astuta e interesada. Sentí miedo y salí corriendo del lugar sin percatarme bien si él se había quedado con mi rostro.


Esa noche volví a tener pesadillas. Pero no debí hacer mucho ruido, pues mi madre no hizo acto de presencia. De madrugada desperté con la garganta sequísima. Casi no podía tragar. Sigiloso fui al patio y tomé un buen vaso de agua fresca del bernegal. No tenía sueño y subí a la azotea. Contemplé extasiado el cielo pleno de estrellas en aquella noche de verano. Pasó algún tiempo antes de que pudiese relajarme y volver a la cama.


Pasaron algunos días, tres o cuatro, no recuerdo bien, sin que sucediesen hechos que me pudiesen resultar excepcionales. Todo aparentaba haber vuelto a la normalidad. Hasta que por fin una mañana mi madre se decidió a contarme algo. Yo le notaba nerviosa, agitada.


<<Ramón, el de la molienda, nos lo ha contado esta mañana a tu padre y a mí: un inglés, un comerciante que llegó hace unos días en el barco que va a las Antillas, ha desaparecido. La gente está preocupada, porque la policía, a instancias del consulado británico, está haciendo pesquisas.>>
<<¿Qué pasa? ¿Sospechan de alguien?>>
<<Por lo visto, sí. Aunque también se habla de un posible suicidio. Un amigo suyo ha contado a la policía, que estaba muy abatido por no corresponderle en amores una joven bella y rica de por aquí. En fin, parece que se trataba de una persona importante que venía a realizar acuerdos comerciales o no sé qué - yo de eso, hijo mío, entiendo poco -, y está todo el mundo muy preocupado.>>


Al igual que todos los días a las doce en punto de la mañana, Bernardo el ciego iba dando golpes con su bastón camino del cementerio. Eran inconfundibles sus pasos vacilantes y su toc,toc acompasado. También impresionaban su gesto serio y una expresión, a veces triste. La mujer de Bernardo, que también era ciega, había muerto dos años atrás. Y él no se había recuperado aún. No olvidaba su compañía dulce y comprensiva. Con terca fidelidad asistía, sin olvidar un solo día del año, a la vera de su tumba, donde depositaba unas florecillas, rezaba una oración y hablaba con ella.


<<¡Don Bernardo! ¿Le acompaño al cementerio? ¡Déjeme que haga de Lazarillo!>>
<<Bueno, Julianito, hijo, así me ayudas a cruzar las calles. Cada día estoy más torpe. Y me pongo muy nervioso cuando noto que hay algún carromato o gente a caballo.>>


Se quejaba el bueno de Don Bernardo, pero caminaba a un ritmo endiablado. No sé si es que yo le infundía confianza, pero no tardamos sino unos pocos minutos en llegar al cementerio. La tumba de Doña Elvira -Dios la tenga en su gloria- no se encontraba muy lejos de la entrada. Me gustaba a mí aquel cementerio pequeño, lleno de parterres con flores y situado frente al mar.


<<Cuando me muera, que me entierren aquí, así estaré siempre viendo el mar>>.
<<Claro, hijo, ¿adónde si no iremos a parar todos los del pueblo?>>.
Me llamó la atención el descuido tan lastimoso en que se encontraba la tumba de Doña Elvira. Aquello no parecía normal. No quise decirle nada al pobre ciego. Pensé que los alguaciles del ayuntamiento, o los sepultureros o quien sea, teniendo en cuenta la minusvalía de Don Bernardo, debieran preocuparse un poco por el estado de la sepultura.


Fue inútil que no le dijera nada. Los ciegos tienen muy desarrollados los restantes sentidos. No pasó mucho tiempo sin que detectara algo, y me dijo:
<<¡Aquí huele mal! ¿No notas tú una extraña pestilencia, Julianito?>>
<<Yo no huelo nada, Don Bernardo>>.

<<Sí, hijo, sí, acércate a la lápida y huele>>.
Efectivamente, alguien debía haber profanado la tumba, pues acercando la nariz a los bordes sí que se captaba un olor insoportable.


<<Don Bernardo, me duele mucho tener que decírselo, pero esta lápida está fuera de su sitio>>.
<<¡Dios mío, qué barbaridad! En qué tiempos vivimos. ¿Cómo puede haber gente tan salvaje capaz de hacer una cosa así?>>.
<<Si Vd. quiere, vamos rápidamente al ayuntamiento y damos parte para que la arreglen>>.
<<Bueno Julianito, muchas gracias, a ver si ponen pronto en orden la sepultura de mi pobre Elvira. ¿Pero, qué ha podido ocurrir? ¡Si esta lápida pesa una barbaridad!>>.
En la casa consistorial tardaron en responder a nuestras peticiones. ¿Cuál era el crédito que un pobre ciego y un niño podían merecer?
Finalmente accedieron a que un alguacil inspeccionase la sepultura, más por nuestra denodada insistencia que por la importancia atribuida por ellos a estos desmanes.


Dado el deterioro que la sepultura había sufrido, los sepultureros explicaron al alguacil que parecía conveniente retirar la lápida y proceder a una inspección y arreglo general de la tumba.
Yo me encontraba algo excitado. Nunca había visto una sepultura por dentro. Don Bernardo también estaba nervioso, pero satisfecho por la decisión de los sepultureros.
Para poder mover la pesada placa de mármol, los funcionarios del cementerio tuvieron que ayudarse de unas palanquetas. Mientras el mármol se iba desplazando, nuestra incredulidad no dejaba de crecer: un larguísimo saco teñido de rojo por todas partes se encontraba depositado encima del ataúd de Doña Elvira.


<<Habrá que avisar al juez >>, dijo nervioso el alguacil, y dirigiéndose a los sepultureros les ordenó no tocar absolutamente nada y turnarse vigilando el lugar hasta que se personase el juez>>.
La noticia, no se sabe cómo, corrió veloz de boca en boca. Pronto nos vimos rodeados de curiosos que emitían las más diversas y variopintas opiniones.
El juez dio la orden de que abriesen el saco. Yo tenía el corazón a punto de salírseme por la boca, pero ahora sí que ya no podía echarme atrás. Tenía que seguir allí. Las cuerdas que cerraban el saco se encontraban anudadas con tal complicación, que se optó por rajar la tela. Un cuerpo con signos de incipiente descomposición quedó allí expuesto en toda su crudeza. Dirigí temeroso mi vista a las facciones del fallecido. Se le distinguía bien, a pesar de su horroroso aspecto: ¡Era el inglés! A su lado había rodado fuera del saco su fiel e inconfundible sombrero con la cinta roja.


Durante todas las averiguaciones, ni el juez ni la policía repararon en él, por lo que no me fue difícil cogerlo. Hoy lo conservo entre mis recuerdos más preciados.
Ahora sí, ahora ya se podía acometer la búsqueda de los presuntos asesinos. Los estúpidos delincuentes habíanse dejado dentro del saco un papel en el que figuraba un nombre, el total de kilos y el precio. El dueño de la finca dio pelos y señales de toda la gente que trabajaba con él, tanto de manera fija como ocasional.
Por otra parte, los comerciantes ingleses de la localidad tenían la numeración de los billetes que debían obrar en poder del asesinado cuando los delincuentes le asaltaron.....
La carreta se balanceaba sobre el empedrado irregular y carcomido. En su interior los dos reos parecían muñecos de trapo. Con la manos atadas chocaban violentamente contra los bordes del carro a cada movimiento brusco de éste. Ya les conducían al poste. Y les paseaban para vergüenza y escarmiento. En la Plaza del Penitente, así llamada por un martirio que al parecer tuvo lugar allí hace siglos, se encontraba levantado el cadalso. Serían ejecutados a garrote vil, recomendándose la mayor asistencia posible de público.
La gente les insultaba a lo largo del trayecto. Algunos les escupían. Los chiquillos les tiraban piedras. Yo temblaba pensando que aquellos dos seres, por muy ruin que fuera su acción, expirarían dentro de breves momentos a manos de un verdugo que les comprimiría la garganta contra un poste hasta asfixiarles. A pesar de mi congoja, el morbo pudo más y fui hacia la carreta. Uno de ellos, al verme, abrió los ojos asombrado, y tocando al otro condenado con el hombro, le hizo señas para que mirase hacia mí. Al principio no entendí bien el porqué de este asombro, pero pronto distinguí en el rostro demacrado de aquel reo al personaje harapiento que un día vi espiando a través del muro de brezo. Los dos condenados me miraban ahora con rabia. Olvidaron repentinamente todo lo que sucedía a su alrededor. Sólo se concentraban en su rabia.


<<¡Dios mío! Creen que yo les delaté>> Ese convencimiento aumentó mi pena. Y moví la cara dándoles a entender que yo no tenía nada que ver con lo suyo. Pero ellos no creían en mí. Se llevaban al fin y al cabo una explicación hacia la muerte, y eso parecía ayudarles algo en su penitencia. A mí sin embargo, me dejaba abatido. Antes de que la gente, embrutecida insultando, apedreando y escupiendo a los reos, pudiese sospechar de mí alguna complicidad con los condenados, salí corriendo.


Sentí alivio lejos del macabro espectáculo. En cuanto llegué al muelle, subí a la roca desde donde habitualmente avistaba la salida y llegada de los veleros. Muchas horas permanecí pensativo contemplando el mar. ¡Cómo refulgían los azules en las luces amarillas del atardecer! ¡Y cómo bailaban las espumas con las algas y las piedras!


Bajé a las arenas. Quise tener el mar muy cerca, sentir el batir de las olas. Por la superficie del agua bailaba un objeto brillante. El mar lo empujaba hacia tierra. Esperé intrigado. Ya era noche cuando recogí de la arena una gran pamela rosa. Conservaba intacta toda su belleza.


Un silencio profundo siguió a las palabras del capitán. Duró poco. Todos los asistentes aplaudieron con fuerza. El marino sonrió y saludó agradecido mientras estrujaba en el cenicero lo poco que restaba del inmenso veguero que se había fumado. Afuera la mar aumentaba su bravura. Los chasquidos de las cuadernas daban la impresión de que el barco podría romperse en dos en cualquier momento. A nadie se le ocurrió subir a cubierta por ver si con la luz de la luna se avistaba alguna pamela flotando sobre las aguas. Andrés Acosta González (Madrid, 1992).

 

Búho.

Los búhos escriben la noche
con llamaradas en los ojos
y quietud infinita en las plumas.

Tendido en la tierra callada y solemne
veo búhos diminutos espolvoreando el cielo.

Tendido soñando,
tendido esperándote,
escrutando paciente tu mirada mágica,
almacenándola en la espera impaciente,
los búhos cantores de la noche me traen tu voz y tus llamas,
tus llamas que me abrasan aún en la distancia.

Avizoro tu piel entre los fuegos de la noche,
los fuegos que encienden de blanco fulgor el cenit y el nadir.
Soy así hermano de las sombras y los sueños.
No te querré así siempre, ¿sabes?
Te querré adherida, raptada, huída conmigo hacia los márgenes
del espacio y del tiempo.

Pero ahora, cuando menos, hay un ropaje de lechuzas y de estrellas
que me deja abrazarte por el cosmos viajero de la magia.

Andrés Acosta González
Madrid, febrero 1992.

 

 

¿Y cómo así, no me fue dado encontrarte?

Es tarde ya, y los últimos rayos juguetean,
tintineantes,
con alguna nube traviesa y coqueta.
Misteriosas insinuantes siluetas
acarician las aguas.
Dejamos andar al velero a su suerte,
le oímos con su quilla ir gimiendo,
ir tejiendo sus encajes en el tiempo.

Es el instante preciso,
ahora,
ahora cuando la noche trenza sombras
en las espesas oquedades de las formas.
Escuchamos embelesados
la imponente polifonía nocturnal de charcas y barrancos.

¿Y cómo así, desde esa inmensa,
cósmica y telúrica circunstancia,
no me fue dado encontrarte?

Es el momento oportuno,
¿ves?, la esfera negra dispara sus ojos blancos.
El fascinador antifaz rutilante
es una dolorosa orquesta de silencios infinitos.
A la palmera, ligera,
ingrávida en su fino talle,
le corteja la brisa, que le silba y le besa,
le susurra secretas melodías que me son reveladas lentamente.

Pero, ¿y cómo así, envuelta el alma
en el todo mineral evanescente,
no me fue dado encontrarte?

Es la hora sagrada,
Es ahora cuando las harimaguadas transportan,
delicadamente,
el blanquísimo tapiz de algodones monte arriba.
El espeso verdor de las alturas
cierra poco a poco sus párpados,
guarda sus secretos,
y se despide con un beso vaporoso e intangible.

¿Y cómo así, sumido en la espesura geológica y vegetal,
no me fue dado encontrarte?

¿Qué extraños senderos
pudieron torcer tu largo viaje?
¿Cómo habiendo traspasado
los muros ciclópeos de lo cotidiano,
no te fue dado encontrarme?
Andrés Acosta González (Madrid, 1984).


 

 

Soneto titulado El Cosmos matemático y el número 
(por encargo de mi amigo Manuel Guadarrama Guillén).

La esfera celeste brillaba entera
aquella noche mágica entre las olas
que batían la orilla como amapolas.
En la arena el sabio griego espera

poder trazar circunferencias perfectas.
Al salir la Luna redonda y moruna,
dibuja con su compás las mil y una
redondeces todas cruzadas por rectas.

En el cenit el Cisne aguarda callado
mientras el sabio divide y divide.
Todas sus anotaciones van cuadrando.

Siempre obtiene el mismo exacto resultado.
Y así un grito exultante la noche mide:
¡Es ! ¡El número! Y alegre huye saltando.

Andrés Acosta González.
(Madrid, marzo 2004).

 

SONETO CALEIDOSCÓPICO.

La vida es una brizna entre dos olvidos,
un soplo de tiempo al trasluz cazado,
estúpido esperpento de un azar callado,
con émbolos y paños en espacio herido.

La luz taladra el vacío maniatado,
huecos del aire, palabra sin boca,
canto sin guitarra y viento que toca
las teclas de un instrumento desbocado.

La infinita quietud se desvanece
y se deshace al instante en un suspiro
en un baile que grita a las estrellas.

Es un canto dolido que estremece;
jeroglífico extraño en un papiro,
tu desnudo gozoso: la imagen bella.

Andrés Acosta González.
Tres Cantos, octubre 2005.

 

 

LA DAMA IMPLACABLE.

Apenas cuando empiezas a darte cuenta,
las goteras de la edad te van diciendo:
esto se está terminando; vete haciendo
maletas con monedas para la venta

en la Laguna Estigia. ¡Qué el remero
ha subido muchísimo la cuota!
Somos cada vez más gente en la derrota.
Atesorar esa fortuna espero,

sí, y no quiero que el ánimo me falle,
no deseo que el cansancio me destroce
ni que a destiempo la paciencia estalle.

Sólo ir notando lentamente el roce
de las monedas del tiempo hasta que encalle
este barco lleno de sombras y de goces.

Andrés Acosta González.
Tres Cantos, marzo 2003.


Comentarios al autor sobre este escrito.
Grupo Literario Encuentros
Att. ANDRÉS ACOSTA GONZÁLEZ.
Casa de la Cultura de Tres Cantos
Pza. Ayuntamiento, 2
28760 Tres Cantos – Madrid - España



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