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El descubrimiento.
Desde lo alto, desde el mirador de la
Centinela, todo se veía
diferente: los barrancos serpenteando sinuosos hacia el mar, el cielo
azul intenso y el mar un plato gris plata sereno, infinito en el
horizonte.
- “Allí, allí, ¿ves aquella charca? Bueno, pues al
lado
está. Te lo voy a enseñar todo, Clara. Será como
si lo hubiéramos
descubierto los dos. Pero me tienes que dar un beso en la boca. Y
además, me tienes que dejar verte las bragas.”
- “Oye, todos sois iguales”.
- “No, no, yo soy distinto. Yo te voy a llevar a un sitio donde hay un
tesoro. Lo he encontrado yo solito. Y nadie sabe nada. Tú vas a
ser la
primera. Dime, ¿algún otro chico de mi edad te ha contado
cosas tan
bonitas? Además, ¿alguno te ha dicho, como yo, que eres
muy guapa?
Entonces, ¿qué hay de malo en que te quiera ver las
bragas?”
- “Ay, qué pesado. Primero me llevas a ese sitio, y luego
veremos.”
Caminaron por senderos de cabras, sorteando lavas, por barrancos donde
sólo crecían aulagas, tabaibas y cardones. Soplaba una
brisa agradable
que engañaba al sol fuerte y luminoso de la mañana. Los
dos estaban muy
acostumbrados a aquellos terrenos desde pequeños, pero
él, solícito,
hacía que la ayudaba. Tenían toda la vida por delante y
toda la tierra
a sus pies. Allí no había nadie. El pueblo más
cercano, donde vivían,
se divisaba allá arriba a lo lejos. Unas casitas eran blancas,
otras
más feas mostraban los bloques al desnudo.
Sus padres trabajaban en la zafra del tomate y ellos iban a la escuela
alguna vez, otras veces trabajaban también en el tomate y las
más
soñaban futuros entre la mar, las piedras y los lagartos.
Un lagarto bellísimo, de gran cabeza azulada, parecía una
figura de
porcelana sobre las piedras. Ella se asustó al verle tan cerca.
- “Es Tini”, dijo él, “mi buen amigo; a éste no le tiro
piedras. Lo
conozco bien, ¿sabes? Siempre aparece para señalarme el
camino.”
El lagarto dirigía su cabecita hacia una oquedad del
pequeño barranco.
- “Allí es”, dijo él con seguridad, “ya estamos
llegando”, y le cogió a
ella la mano apretándosela emocionado. “Ya verás, te va a
gustar.”
Estaban sobre una pequeña llanura frente a un abrigo amplio y
alargado.
La llanura se extendía más allá del cauce de un
amplio barranco sobre
el que los derrubios de las avenidas se habían ido depositando a
lo
largo de miles de años. Allí llovía poco, pero
cuando llovía, lo hacía
intensamente. La corriente arrastraba piedras y lodos y era peligroso
estar en un barranco cuando se producían esas lluvias tan
intensas, que
tenían lugar cada veinte años más o menos.
- “Mira aquí”, le dijo él a ella mientras apartaba un
montón de
piedras. Quedó al descubierto un prisma octogonal perfecto.
Iluminada
la pieza por un sol intenso, refulgía bellísima,
parecía querer hablar.
Ella se quedó sorprendida. No esperaba una cosa así.
Creía que era una
broma más de las tantas que solía gastarle él.
Pero no, esto parecía
otra cosa. Se trataba de un descubrimiento serio. Aquella pieza tan
perfecta allí, anclada en el suelo sin que pudiera moverse,
allí en
aquel secarral donde sólo se veían lagartos, lavas y una
vegetación
subdesértica.
- “Estaba escondida, ¿sabes? Y hay más, ahora te las
enseñaré. Es algo
impresionante. Yo creo que es de los guanches.”
- “¡Tú estás loco! ¿Qué iban a hacer
los guanches por aquí? El maestro
nos dijo el otro día que los guanches eran pastores y que no
sabían
hacer casi nada.”
- “Te voy a demostrar que esto lo debieron hacer los guanches. Ven
aquí.” Él la condujo a otro sitio, distante unos tres
metros del
anterior. Apartó piedras de nuevo y surgió otro prisma
octogonal
perfecto, liso, pulido y muy bonito. Cogió a continuación
una piedra
larga y afilada, una obsidiana cortante. Escarbó a un lado del
prisma y
sacó unas cuentas de cerámica y el cuenco de una vasija
ahumada.
- “Julián, que va al instituto, me ha dicho que estas cuentas de
cerámica son guanches.”
- “¿Le has contado a Julián, que has descubierto todo
esto?”
- “No, no te preocupes, sólo le dije que había encontrado
unas cuentas
en una covacha lejos de aquí. Se las enseñé y me
dijo que se han
encontrado muchas en bastantes lugares, sobre todo abrigos y cuevas. Y
que eran guanches. Él las ha visto en el Museo
Arqueológico. Fueron
allí hace poco con los profesores.”
- “¿Y qué vas a hacer? Tarde o temprano tendrás
que decirlo en la Escuela o en el Ayuntamiento.”
- “Bueno, pero más adelante. Por ahora voy a seguir buscando. A
lo
mejor aparece alguna joya, Clara, y esa te la voy a regalar.”
Se sintió halagada. Empezaba a mirarle con otros ojos. Le dio el
beso
prometido, en la boca. Suavemente y con timidez. Él
sonrió triunfante y
lleno de gozo.
- “Clara, las promesas hay que cumplirlas completas.”
Se levantó las faldas y él pudo contemplar una bragas de
color rosa pálido, desgastadas de tantos lavados.
- “Y ahora nos vamos, Yeray. No sé, no me da buena espina todo
esto.”
- “¿Por qué? ¿Qué hay de malo en hacer un
descubrimiento? Clara,
seremos famosos tú y yo. Quiero compartir todo esto contigo.
Diremos
que lo hemos descubierto los dos.”
- “Yeray, debemos decirlo pronto en el Ayuntamiento. Es mejor.”
Al día siguiente, cuando salieron de la Escuela, se dirigieron
al
Ayuntamiento. Allí notaron un revuelo especial. Algo
extraño se palpaba
en el ambiente. Una inquietud que no era normal. Antes de decir nada,
antes de ver a quién le hablaban de su descubrimiento,
prefirieron
escuchar, enterarse del porqué de tanto nerviosismo. Les
llamó además
la atención oir hablar tanto del “Tengacho”.
- “Clara, la zona donde está lo de los guanches es el Tengacho.
Se llama así.”
- “Ya lo sé. Mi padre me lo dijo una vez. Qué eso se
llama el Tengacho.”
- “Qué raro que anden hablando tanto de ese lugar ahora”.
- “Mira Yeray, estoy cambiando de opinión. Debemos esperar antes
de
decir nada. Por lo menos debemos enterarnos qué es lo que pasa
con el
Tengacho.”
Se enteraron pronto. Todo el pueblo andaba revuelto, no sólo el
Ayuntamiento. Una empresa turística se había interesado
por el lugar.
Lo habían encontrado muy apropiado para levantar apartamentos.
La playa
no estaba lejos. Había sol todo el año.
La gente del pueblo estaba contenta con la noticia. Quién
más, quién
menos, soñaba con trabajar en la construcción, y
más tarde como
asistenta, cocinera, camarero. Soñaban con huir de la
esclavitud, con
liberarse de las zafras de sol a sol por míseros sueldos.
Un primo de Yeray que vivía en la capital, mayor que él y
de familia
más acomodada, vino con sus padres a pasar unos días en
el pueblo.
Yeray se llevaba muy bien con él a pesar de todas las
diferencias. Su
primo iba a entrar pronto en la Universidad. Yeray se confió a
él.
Clara y él le llevaron al Tengacho y le enseñaron el
descubrimiento.
- “Romen, confiamos en ti. Sólo lo sabemos nosotros tres.”
- “Creo que debemos decirlo en el Museo Arqueológico. Es el
mejor sitio
para contarlo. Ellos saben lo que hay que hacer para que se conserve
bien todo esto y para que se estudie a fondo. El mérito es de
ustedes
dos. Por tanto, hay que procurar que los nombres de Yeray y Clara sean
los que aparezcan en los periódicos y salgan por la radio, y
figuren en
todas partes como los descubridores. Pero hay que comunicarlo para que
se estudie y se proteja.”
Clara y Yeray figuraron en el periódico más importante de
la provincia
como los descubridores. También les hicieron una entrevista por
la
radio. Estaban emocionados. Y sus padres orgullosos, aunque
entendían
poco de estas cosas.
Al cabo de unos días, las cosas comenzaron a complicarse un
poco. La
gente se sentía inquieta con el descubrimiento. Pensaba que
podría
paralizar los proyectos turísticos y todas las expectativas
laborales
se irían al traste.
Todo el asunto se complicó mucho más cuando dos
arqueólogos jóvenes muy
animosos comenzaron a explorar toda la zona en compañía
de Yeray y
Clara. Aparecieron nada menos que cinco prismas octogonales más,
todos
relucientes y perfectos. Los siete prismas se podían ver ahora
al
descubierto formando un arco más pequeño que un
semicírculo de cinco
metros de radio. Componían un sistema que había sido
concebido para
algo, pero ese algo se les escapaba. Preguntaron a los
arqueólogos y la
respuesta llegó rápida:
- “Son aras de sacrificio. Sin lugar a dudas. Esto es extraordinario.
Estamos ante un santuario neolítico tardío. El
único hallado en las
islas hasta ahora. Sospechábamos que pudiera haberlos, pero
hasta ahora
no habíamos tenido rastro de ninguno.”
Yeray y Clara no entendían nada, pero todo les sonaba
maravilloso.
- “Mañana traeremos al Director del Museo Arqueológico y
a un
Catedrático de Arqueología de la Universidad. Es bueno
que valoren el
yacimiento antes de comenzar con las catas y la triangulación de
la
zona a excavar. También habrá que hacer antes que nada un
levantamiento
topográfico. ¡Clara, Yeray: van a ser ustedes famosos,
figurarán en las
enciclopedias mis niños!”
A unos cuantos kilómetros de
allí aterrizaba un avión privado
procedente de Sicilia. En el aeropuerto esperaba a los viajeros un
caballero impecablemente vestido. Estaba en una zona reservada muy
discreta. Desde allí se dirigió a la pista. Situados en
sendos puntos
estratégicos, dos “gorilas” vigilaban con mucho disimulo en
todas las
direcciones. Una vez el avión hubo parado los motores, se
abrió una
puerta y descendió una escalerilla. Bajaron dos hombres bien
trajeados
y con sombrero blanco. Uno de ellos llevaba dos maletines. Tras saludar
al banquero, le hicieron entrega de los dos maletines e intercambiaron
algunas palabras. Pocos minutos después, despegaba el
avión rumbo a
Sicilia. Todo fue muy rápido. La Aduana tenía
órdenes estrictas de no
molestar ni a los viajeros ni al piloto de este avión. El
banquero,
escoltado, retornó a la capital inmediatamente, tan pronto como
despegara el avión, en su lujoso Mercedes.
Prehistoriadores, topógrafos y
arqueólogos vallaron el yacimiento y
trabajaron afanosamente durante dos semanas. Además de las aras
de
sacrificio aparecieron pozos crematorios, hogares, cerámicas,
piezas
líticas, ornamentos y toda suerte de restos neolíticos.
El Museo y la
Universidad elaboraron un cuidadoso informe y lo enviaron a las
autoridades solicitando que el lugar fuera declarado Monumento
Nacional, que se edificase allí un Centro de Visitantes y un
pequeño
Museo con gran parte de las piezas encontradas. Ya se estaba elaborando
también una publicación detallada de todo el yacimiento,
que en un mes
a lo sumo estaría a la venta en el Museo y en librerías
especializadas.
En la empresa
“Turismo-Construcción-Contratas” llevaban ya una hora reunidos.
Y la preocupación era enorme.
- “¡Hay que parar esto como sea! Ni aras de sacrificio ni leches.
Hay
que decir que es mentira. ¿No se puede contratar a algún
arqueólogo sin
escrúpulos? Se le paga lo que pida y se desmonta todo este
tomate. No
podemos consentir que se joda todo este proyecto por cuatro piedras de
mierda. ¿Qué le decimos a Luchiani?”
- “¡Calma! Es absurdo entrar en disputas arqueológicas.
Los profesores
que ya han inspeccionado el yacimiento y han elaborado sus informes son
grandes expertos. A estas alturas es imposible desmentir nada.
Habrá
que pensar en otras alternativas.”
- “Aún no hay autorización oficial alguna. La han
solicitado. Pero eso
lleva tiempo. Hay que actuar sobre las autoridades para que no la
concedan. Por otra parte, la divulgación de esto en la prensa
internacional es nula por ahora. ¿A quién le interesan
estas cosas? A
nadie. Tenemos que incidir sobre las autoridades, decirles los puestos
de trabajo que se van a crear y las expectativas económicas y
financieras, insisto financieras de futuro para la zona y para toda la
región.”
- “Bien, otra cosa. Los maletines venían bien llenos. Se puede
usar una
pequeña parte para ... ya sabéis. En fin, así todo
iría más de prisa.”
Clara y Yeray disfrutaban colaborando
con los arqueólogos. En pocos
días habían hecho grandes progresos. Ya sabían
diferenciar unas épocas
de otras por los estilos cerámicos y por los distintos tipos de
tallas
en los instrumentos líticos. También habían
aprendido a distinguir un
nivel arqueológico de otro dentro de una cata. Sus amigos les
respetaban. Pero en el pueblo, a la gente, en general, no les
hacía
mucha gracia este descubrimiento arqueológico. A los padres de
Clara y
de Yeray algunas personas les esquivaban. Se creó una
situación muy
incómoda. El pueblo se dividió en dos grupos: uno
mayoritario contrario
al yacimiento y partidario de las urbanizaciones turísticas, y
otro muy
minoritario que valoraba la cultura como algo positivo que le daba al
pueblo una identidad fuerte y que a la larga sería buena.
En la sede del Departamento de Cultura
alguien hacía una visita y
sugería que se podrían trasladar todos los materiales a
otra parte, a
un Museo o a una exposición permanente, o bien construir una
réplica en
cualquier otro lugar y ahí situar los materiales. Le contestaron
inmediatamente:
- “Bueno, realmente casi todos los materiales ya se
han sacado de allí y están inventariándose en el
Museo Arqueológico.
Además, las catas más importantes ya se han hecho,
así como los
levantamientos topográficos, las fotos y los estudios más
urgentes.”
El representante de la empresa entregó discretamente un sobre al
Director General.
Era un día gris y triste, lleno
de nubes bajas y con la mar revuelta,
cuando a las seis de la mañana, al alba, las excavadoras
comenzaron su
trabajo. Cuando Clara y Yeray llegaron, todo estaba arrasado.
Ningún
arqueólogo se encontraba allí. Era muy temprano. Las
vallas habían sido
quitadas. Las aras octogonales y los pozos crematorios, que eran las
únicas piezas que no habían sido llevadas al museo,
debían estar entre
los escombros. Buscaron y buscaron, a pesar de que los operarios les
gritaban para que se alejasen. Encontraron trozos. Con dificultad los
fueron apartando. Agotados, sudorosos y sucios, preguntaban
inútilmente
a los trabajadores por qué hacían eso. No contestaron.
Nadie del
Museo ni de la Universidad apareció por allí. Ni aquel
día ni ningún
otro. Era como si todo hubiera sido un sueño, como si en aquel
llano
jamás hubieran aparecido restos arqueológicos.
Veinte
años después leyeron en un panel de un museo que no se
sabía muy bien
si la cultura guanche llegó a tener centros ceremoniales de
sacrificio.
Se sospechaba que sí, por algunos indicios aislados, por algunas
piezas
redondas y por otras que parecían partes de prismas octogonales
aparecidas misteriosamente en un vertedero de un barranco del sur de la
isla.
Andrés Acosta González.
Tres Cantos, marzo 2006.

LA PAMELA ROSA
Aquel hombretón alto y desgarbado, de tez cetrina y abundante
pelo
color negro azabache, vestía el uniforme de capitán con
una muy apurada
elegancia. Julián Bencomo, joven, ungido por la suerte, no
disimulaba
su orgullo por pilotar él, antes que ningún otro marino,
el primer
barco de vapor que unía las islas con el continente. Sólo
su amor por
la navegación y la mar superaba, y además con creces, esa
autoestima.
En las largas travesías solía relacionarse con los
pasajeros, haciendo
en ocasiones buenos amigos, con quienes mantenía luego una
correspondencia fecunda y permanente. Buen parlanchín, en las
sobremesas narraba historias en las que, al decir de sus oyentes,
mezclaba aspectos de su vida con la fantasía más
desbordante. Se
extendió su fama de buen cuentista por círculos
culturales del país y
hubo más de uno que alteró su salida por viajar en su
compañía y
disfrutar así de sus relatos y sus tertulias.
Del abundante repertorio elegiré hoy la más apasionada de
sus
narraciones, un cuento que refleja, como ningún otro, ese
ambiente
tardorromántico y decadente, esa atmósfera densa de una
ciudad isleña
pegada al mar y a la distancia.
Para este relato, Julián contó con la ayuda de un mar
algo agitado. Los
pasajeros que permanecieron a su lado tras la cena podían con
todo
derecho presumir de navegantes. La luna llena, semiescondida entre las
nubes, iluminaba el agua con ese encanto propio de lo intangible.
Así
que valía la pena no marearse. Ayudado de una hermosa copa azul
bien
cargada de coñac y de un habano interminable, el marino
fabulador miró
seriamente a los pocos amigos que valientemente habían rehusado
bajar a
sus respectivos camarotes. Era el momento adecuado. Se había
hecho el
silencio. Respiró hondo, y sin más preámbulo dio
comienzo a la
narración:
Sí, no tengo por qué negar, haciendo gala de falsa
modestia, que
siempre fui un gran observador. Siempre anduve de un lado para otro a
la caza de acontecimientos. Pero, ¿qué otra cosa
podía hacer un chico
de doce años, despierto y avispado, en una población
pequeña a orillas
del mar? Escrutaba con avidez los muelles, las calles, los jardines,
barrancos y playas desde tempranas horas de la mañana. Era
verano. Mis
padres no me obligaban aún a estudiar mucho ni a trabajar.
Aquel día, nunca olvidaré ese aroma, soplaba una brisa
especial que
echaba tierra adentro una fragancia de algas y de sal. El intenso olor
a océano me atrajo hacia el mar. En lugar de ir a jugar a la
pelota, a
cazar lagartos (con una buena tiradera de goma, a diez metros acertaba
siete de diez) o a pescar y coger lapas, opté por dirigirme al
muelle.
Mis expectativas no se vieron defraudadas. En medio de la bahía
estaba
recogiendo velas un hermoso velero inglés. Yo lo observaba cual
si se
tratase de un enorme ser vivo, un bicho antediluviano lleno de misterio.
Después de permanecer un buen rato cautivo de aquella imagen,
atrapado
en su perfección, me dediqué a estudiar la maniobra de
fondeo, el
zafarrancho en cubierta y la recogida de gavias. Deduje,
alegrándome yo
mucho por ello, que se trataba del nuevo tipo de velero rápido
de tres
palos y gran velamen, a la que habían bautizado con el nombre de
clípper. Toda esta terminología la iba aprendiendo de mi
padre, el
cual, no sé por qué, deseaba inculcarme grandes
conocimientos de
ingeniería naval. Nunca podré agradecérselo
suficientemente.
Había oído yo hablar de algunos veleros rápidos
que ya disfrutaban de
cierta fama. ¿Cuál sería éste? ¿El
"Flying Cloud"? ¿El "Black Ball"? ¿O
quizá el "Champion of the Seas"? Resultaba difícil
distinguir su nombre
desde el muelle. <<Bah, eso no tiene importancia>>, me
dije, <<ya me enteraré>>. Lo que más me
atraía ahora era el
desembarco de los pasajeros.
La barcaza con las personas y los equipajes ya se iba acercando. Los
hábiles remeros la conducían bien por el movido mar de
aquella costa.
Oí decir que este velero, tras hacer aguada y cargar alimentos,
seguiría rumbo al Sur o al Oeste con la mayor parte del pasaje.
Muy
pocos desembarcaron. Otras veces bajaban muchos más.
Debía tratarse de
una escala algo excepcional.
Entre todos los viajeros destacaba un caballero de porte elegante y
expresión jovial. Era delgado e iba impecablemente vestido de
blanco.
Llamaba la atención su curioso sombrero color crema adornado con
una
cinta roja. Sólo cuando saltó al pescante pude comprobar
cuán alto era.
Con exquisita cortesía, no exenta de un protocolo que yo ya iba
conociendo, saludó a un matrimonio que le esperaba en el muelle.
Todos
hablaban en inglés. A mí, escuchar otros idiomas me
fascinaba. Y ya
alcanzaba a distinguir si se trataba de inglés, francés o
alemán. De
esos tres idiomas había aprendido algunas palabras de uso
frecuente y
las cazaba al vuelo.
La colonia inglesa aumentaba día a día. Oía yo a
mi padre decir que se
reactivaba la industria vinícola y que un futuro estupendo con
trabajo
y beneficios para todos se atisbaba ya en el horizonte. Mi padre era un
idealista, un pensador bonachón que no veía el mal en
ningún sitio. Yo
sin embargo, tan pequeño aún, captaba que de ese futuro
parecían
hacerse dueños los extranjeros antes que nosotros. Ellos
tenían el
dinero y las plantaciones, y suyos eran también los barcos.
De los demás viajeros sólo me interesaba una guapa
señora, alta y
morena. Su rostro me resultaba conocido. Recuerdo vagamente el vestido
vaporoso, el andar delicado, cierta mirada displicente, pero lo que
más
ha permanecido grabado en mi memoria es la imagen de una inmensa, una
descomunal pamela rosa. No sé por qué, pero cuando
rememoro la escena,
aparece siempre esa enorme pamela de color rosa ocupándolo todo.
El
caballero inglés saludó a la bella dama de la pamela rosa
con el
ceremonial de costumbre, aunque en esta ocasión
permaneció más tiempo
en el besamanos. Sonreía con un rictus entre tierno y
suplicante. La
guapa damisela debía pertenecer a alguna destacada familia de la
aristocracia isleña. Dos sirvientes colocaron sus cofres en el
techo de
una calesa, en cuyo interior se alejó la hermosa viajera camino
de
alguna villa tierra adentro.
Aquella noche soñé con barcos a todo trapo, aventuras
amorosas,
abordajes de piratas, puertos exóticos llenos de personajes
únicos,
irrepetibles. Yo era el timonel de un clíper como el que
permanecía
fondeado en nuestra bahía. La misión que teníamos
encomendada consistía
en rescatar a una jovencísima y bella damisela de un
navío pirata en el
que se hallaba secuestrada. Durante el abordaje abandoné el
timón para
poder transportarla a mi barco, no sin antes haber dado su merecido a
cuantos se interponían en mi camino. Y cuando el combate estaba
alcanzando su clímax, me desperté sudoroso y noté
cómo la cariñosa mano
de mi madre secaba mi frente al tiempo que me decía:
<<¿Qué te
pasa, Julianito? ¡Tienes pesadillas!>>.
Con las primeras luces del día corrí muy rápido
hacia el muelle. Tuve
suerte. Llegué a tiempo de contemplar al gran velero con todas
sus
gavias, foques y mesanas desplegadas. Soplaba una brisa fuerte, ideal
para la navegación. Siempre que sabía de una llegada o
salida de
barcos, me sentaba en unas rocas altas, desde las que avistaba durante
horas cómo el navío iba apareciendo o se perdía
por el horizonte. Esas
imágenes de mi niñez encierran aún hoy para
mí el significado
misterioso de la felicidad.
Pasaron días en los que seguí alimentando mi
fantasía con veleros,
barcazas, guapas damas con pamelas rosas, jóvenes apuestos entre
los
que figuraba yo, así como la permanente estampa de las velas
henchidas.
Una tarde, cuando me dirigía animado a volar una rudimentaria
cometa
que mi padre me había ayudado a fabricar, escuché hablar
inglés. Esto
no habría tenido nada de extraordinario si no hubiera sido
porque la
voz en cuestión me sonaba conocida. El sonido partía de
un amplio
jardín perteneciente a una gran mansión colonial. Toda la
mansión se
hallaba cercada por un bien podado brezo que hacía las veces de
muro.
No pude reprimir la curiosidad y metí la cabeza en el matorral.
El elegante inglés de la fragata charlaba con otros
señores, los cuales
le hacían entrega de una respetable suma de dinero. Eran muchas
las
libras que pasaban de unas manos a otras. Nunca había visto yo
tanto
dinero junto. Sin lugar a dudas, debían estar saldando un
negocio
importante.
No pasó mucho tiempo sin que cambiara la decoración.
Finalizado y
ajustado el acuerdo, de cuyos detalles únicamente debían
estar al tanto
el viajero inglés y los dos señores que negociaban con
él, se acercó
una sirvienta. Les debió indicar que llegaban invitados, pues al
cabo
de unos minutos todo el jardín fue llenándose, y sobre
las mesas los
criados dispusieron abundantes viandas y bebidas.
Personajes isleños de las clases sociales mejor situadas
charlaban
distendidos con los ingleses. Yo no perdía detalle de cuanto
ocurría.
Inquieto comprobé de pronto que el inglés de la fragata
se acercaba,
acompañado de un caballero isleño, hacia donde yo me
encontraba.
<<Mejor será ni pestañear>>, me dije,
<<que no se me
note ni la respiración>>.
El inglés dominaba perfectamente la lengua española.
Oí claramente lo
que le contaba a su joven amigo: <<Estoy desolado. Creo que
Nísida, con su silencio tan prolongado, está
negándome toda
esperanza>>. <<¿Quién sería
Nísida?>>, me preguntaba
yo, <<¿la bella damisela de la pamela rosa?>>. Casi
entre
sollozos prosiguió el inglés sus confidencias: <<No
soporto más
su desdén. He llegado a pensar hasta en el suicidio>>. Su
amigo
le tranquilizaba, diciéndole que las mujeres eran así,
que no debía
perder las esperanzas, y que si manifestase hacia ella un aparente
desprecio, conseguiría mucho más. Y cogiéndole por
el brazo, le acercó
a la mesa para tomar algún aperitivo.
Permanecí un buen rato ensimismado, sin dar todavía mucho
crédito a
todo lo que contemplaba y oía. Casi me parecía imposible
estar
asistiendo a tan íntimas confesiones, y precisamente de este
personaje
misterioso, por el que empecé a sentir admiración desde
el mismo
momento que le vi bajar tan elegantemente de la barcaza. De tan
placenteras disquisiciones vino a despertarme de manera súbita
el ruido
cercano de unas hojas secas pisadas. Un individuo joven, mal vestido y
con aspecto de vagabundo, no perdía detalle de todo lo que
ocurría en
la fiesta, al igual que lo hacía yo. Distinguí con
claridad sus
facciones y su expresión entre astuta e interesada. Sentí
miedo y salí
corriendo del lugar sin percatarme bien si él se había
quedado con mi
rostro.
Esa noche volví a tener pesadillas. Pero no debí hacer
mucho ruido,
pues mi madre no hizo acto de presencia. De madrugada desperté
con la
garganta sequísima. Casi no podía tragar. Sigiloso fui al
patio y tomé
un buen vaso de agua fresca del bernegal. No tenía sueño
y subí a la
azotea. Contemplé extasiado el cielo pleno de estrellas en
aquella
noche de verano. Pasó algún tiempo antes de que pudiese
relajarme y
volver a la cama.
Pasaron algunos días, tres o cuatro, no recuerdo bien, sin que
sucediesen hechos que me pudiesen resultar excepcionales. Todo
aparentaba haber vuelto a la normalidad. Hasta que por fin una
mañana
mi madre se decidió a contarme algo. Yo le notaba nerviosa,
agitada.
<<Ramón, el de la molienda, nos lo ha contado esta
mañana a tu
padre y a mí: un inglés, un comerciante que llegó
hace unos días en el
barco que va a las Antillas, ha desaparecido. La gente está
preocupada,
porque la policía, a instancias del consulado británico,
está haciendo
pesquisas.>>
<<¿Qué pasa? ¿Sospechan de alguien?>>
<<Por lo visto, sí. Aunque también se habla de un
posible
suicidio. Un amigo suyo ha contado a la policía, que estaba muy
abatido
por no corresponderle en amores una joven bella y rica de por
aquí. En
fin, parece que se trataba de una persona importante que venía a
realizar acuerdos comerciales o no sé qué - yo de eso,
hijo mío,
entiendo poco -, y está todo el mundo muy preocupado.>>
Al igual que todos los días a las doce en punto de la
mañana, Bernardo
el ciego iba dando golpes con su bastón camino del cementerio.
Eran
inconfundibles sus pasos vacilantes y su toc,toc acompasado.
También
impresionaban su gesto serio y una expresión, a veces triste. La
mujer
de Bernardo, que también era ciega, había muerto dos
años atrás. Y él
no se había recuperado aún. No olvidaba su
compañía dulce y
comprensiva. Con terca fidelidad asistía, sin olvidar un solo
día del
año, a la vera de su tumba, donde depositaba unas florecillas,
rezaba
una oración y hablaba con ella.
<<¡Don Bernardo! ¿Le acompaño al cementerio?
¡Déjeme que haga de Lazarillo!>>
<<Bueno, Julianito, hijo, así me ayudas a cruzar las
calles. Cada
día estoy más torpe. Y me pongo muy nervioso cuando noto
que hay algún
carromato o gente a caballo.>>
Se quejaba el bueno de Don Bernardo, pero caminaba a un ritmo
endiablado. No sé si es que yo le infundía confianza,
pero no tardamos
sino unos pocos minutos en llegar al cementerio. La tumba de
Doña
Elvira -Dios la tenga en su gloria- no se encontraba muy lejos de la
entrada. Me gustaba a mí aquel cementerio pequeño, lleno
de parterres
con flores y situado frente al mar.
<<Cuando me muera, que me entierren aquí, así
estaré siempre viendo el mar>>.
<<Claro, hijo, ¿adónde si no iremos a parar todos
los del pueblo?>>.
Me llamó la atención el descuido tan lastimoso en que se
encontraba la
tumba de Doña Elvira. Aquello no parecía normal. No quise
decirle nada
al pobre ciego. Pensé que los alguaciles del ayuntamiento, o los
sepultureros o quien sea, teniendo en cuenta la minusvalía de
Don
Bernardo, debieran preocuparse un poco por el estado de la sepultura.
Fue inútil que no le dijera nada. Los ciegos tienen muy
desarrollados
los restantes sentidos. No pasó mucho tiempo sin que detectara
algo, y
me dijo:
<<¡Aquí huele mal! ¿No notas tú una
extraña pestilencia, Julianito?>>
<<Yo no huelo nada, Don Bernardo>>.
<<Sí, hijo, sí,
acércate a la lápida y huele>>.
Efectivamente, alguien debía haber profanado la tumba, pues
acercando
la nariz a los bordes sí que se captaba un olor insoportable.
<<Don Bernardo, me duele mucho tener que decírselo, pero
esta lápida está fuera de su sitio>>.
<<¡Dios mío, qué barbaridad! En qué
tiempos vivimos. ¿Cómo puede
haber gente tan salvaje capaz de hacer una cosa así?>>.
<<Si Vd. quiere, vamos rápidamente al ayuntamiento y damos
parte para que la arreglen>>.
<<Bueno Julianito, muchas gracias, a ver si ponen pronto en orden
la sepultura de mi pobre Elvira. ¿Pero, qué ha podido
ocurrir? ¡Si esta
lápida pesa una barbaridad!>>.
En la casa consistorial tardaron en responder a nuestras peticiones.
¿Cuál era el crédito que un pobre ciego y un
niño podían merecer?
Finalmente accedieron a que un alguacil inspeccionase la sepultura,
más
por nuestra denodada insistencia que por la importancia atribuida por
ellos a estos desmanes.
Dado el deterioro que la sepultura había sufrido, los
sepultureros
explicaron al alguacil que parecía conveniente retirar la
lápida y
proceder a una inspección y arreglo general de la tumba.
Yo me encontraba algo excitado. Nunca había visto una sepultura
por
dentro. Don Bernardo también estaba nervioso, pero satisfecho
por la
decisión de los sepultureros.
Para poder mover la pesada placa de mármol, los funcionarios del
cementerio tuvieron que ayudarse de unas palanquetas. Mientras el
mármol se iba desplazando, nuestra incredulidad no dejaba de
crecer: un
larguísimo saco teñido de rojo por todas partes se
encontraba
depositado encima del ataúd de Doña Elvira.
<<Habrá que avisar al juez >>, dijo nervioso el
alguacil, y
dirigiéndose a los sepultureros les ordenó no tocar
absolutamente nada
y turnarse vigilando el lugar hasta que se personase el juez>>.
La noticia, no se sabe cómo, corrió veloz de boca en
boca. Pronto nos
vimos rodeados de curiosos que emitían las más diversas y
variopintas
opiniones.
El juez dio la orden de que abriesen el saco. Yo tenía el
corazón a
punto de salírseme por la boca, pero ahora sí que ya no
podía echarme
atrás. Tenía que seguir allí. Las cuerdas que
cerraban el saco se
encontraban anudadas con tal complicación, que se optó
por rajar la
tela. Un cuerpo con signos de incipiente descomposición
quedó allí
expuesto en toda su crudeza. Dirigí temeroso mi vista a las
facciones
del fallecido. Se le distinguía bien, a pesar de su horroroso
aspecto:
¡Era el inglés! A su lado había rodado fuera del
saco su fiel e
inconfundible sombrero con la cinta roja.
Durante todas las averiguaciones, ni el juez ni la policía
repararon en
él, por lo que no me fue difícil cogerlo. Hoy lo conservo
entre mis
recuerdos más preciados.
Ahora sí, ahora ya se podía acometer la búsqueda
de los presuntos
asesinos. Los estúpidos delincuentes habíanse dejado
dentro del saco un
papel en el que figuraba un nombre, el total de kilos y el precio. El
dueño de la finca dio pelos y señales de toda la gente
que trabajaba
con él, tanto de manera fija como ocasional.
Por otra parte, los comerciantes ingleses de la localidad tenían
la
numeración de los billetes que debían obrar en poder del
asesinado
cuando los delincuentes le asaltaron.....
La carreta se balanceaba sobre el empedrado irregular y carcomido. En
su interior los dos reos parecían muñecos de trapo. Con
la manos atadas
chocaban violentamente contra los bordes del carro a cada movimiento
brusco de éste. Ya les conducían al poste. Y les paseaban
para
vergüenza y escarmiento. En la Plaza del Penitente, así
llamada por un
martirio que al parecer tuvo lugar allí hace siglos, se
encontraba
levantado el cadalso. Serían ejecutados a garrote vil,
recomendándose
la mayor asistencia posible de público.
La gente les insultaba a lo largo del trayecto. Algunos les
escupían.
Los chiquillos les tiraban piedras. Yo temblaba pensando que aquellos
dos seres, por muy ruin que fuera su acción, expirarían
dentro de
breves momentos a manos de un verdugo que les comprimiría la
garganta
contra un poste hasta asfixiarles. A pesar de mi congoja, el morbo pudo
más y fui hacia la carreta. Uno de ellos, al verme, abrió
los ojos
asombrado, y tocando al otro condenado con el hombro, le hizo
señas
para que mirase hacia mí. Al principio no entendí bien el
porqué de
este asombro, pero pronto distinguí en el rostro demacrado de
aquel reo
al personaje harapiento que un día vi espiando a través
del muro de
brezo. Los dos condenados me miraban ahora con rabia. Olvidaron
repentinamente todo lo que sucedía a su alrededor. Sólo
se concentraban
en su rabia.
<<¡Dios mío! Creen que yo les delaté>>
Ese convencimiento
aumentó mi pena. Y moví la cara dándoles a
entender que yo no tenía
nada que ver con lo suyo. Pero ellos no creían en mí. Se
llevaban al
fin y al cabo una explicación hacia la muerte, y eso
parecía ayudarles
algo en su penitencia. A mí sin embargo, me dejaba abatido.
Antes de
que la gente, embrutecida insultando, apedreando y escupiendo a los
reos, pudiese sospechar de mí alguna complicidad con los
condenados,
salí corriendo.
Sentí alivio lejos del macabro espectáculo. En cuanto
llegué al muelle,
subí a la roca desde donde habitualmente avistaba la salida y
llegada
de los veleros. Muchas horas permanecí pensativo contemplando el
mar.
¡Cómo refulgían los azules en las luces amarillas
del atardecer! ¡Y
cómo bailaban las espumas con las algas y las piedras!
Bajé a las arenas. Quise tener el mar muy cerca, sentir el batir
de las
olas. Por la superficie del agua bailaba un objeto brillante. El mar lo
empujaba hacia tierra. Esperé intrigado. Ya era noche cuando
recogí de
la arena una gran pamela rosa. Conservaba intacta toda su belleza.
Un silencio profundo siguió a las palabras del capitán.
Duró poco.
Todos los asistentes aplaudieron con fuerza. El marino sonrió y
saludó
agradecido mientras estrujaba en el cenicero lo poco que restaba del
inmenso veguero que se había fumado. Afuera la mar aumentaba su
bravura. Los chasquidos de las cuadernas daban la impresión de
que el
barco podría romperse en dos en cualquier momento. A nadie se le
ocurrió subir a cubierta por ver si con la luz de la luna se
avistaba
alguna pamela flotando sobre las aguas. Andrés Acosta
González (Madrid,
1992).
Búho.
Los búhos escriben la noche
con llamaradas en los ojos
y quietud infinita en las plumas.
Tendido en la tierra callada y solemne
veo búhos diminutos espolvoreando el cielo.
Tendido soñando,
tendido esperándote,
escrutando paciente tu mirada mágica,
almacenándola en la espera impaciente,
los búhos cantores de la noche me traen tu voz y tus llamas,
tus llamas que me abrasan aún en la distancia.
Avizoro tu piel entre los fuegos de la
noche,
los fuegos que encienden de blanco fulgor el cenit y el nadir.
Soy así hermano de las sombras y los sueños.
No te querré así siempre, ¿sabes?
Te querré adherida, raptada, huída conmigo hacia los
márgenes
del espacio y del tiempo.
Pero ahora, cuando menos, hay un ropaje
de lechuzas y de estrellas
que me deja abrazarte por el cosmos viajero de la magia.
Andrés Acosta González
Madrid, febrero 1992.

¿Y
cómo así, no me fue dado encontrarte?
Es tarde ya, y los últimos rayos
juguetean,
tintineantes,
con alguna nube traviesa y coqueta.
Misteriosas insinuantes siluetas
acarician las aguas.
Dejamos andar al velero a su suerte,
le oímos con su quilla ir gimiendo,
ir tejiendo sus encajes en el tiempo.
Es el instante preciso,
ahora,
ahora cuando la noche trenza sombras
en las espesas oquedades de las formas.
Escuchamos embelesados
la imponente polifonía nocturnal de charcas y barrancos.
¿Y cómo así, desde
esa inmensa,
cósmica y telúrica circunstancia,
no me fue dado encontrarte?
Es el momento oportuno,
¿ves?, la esfera negra dispara sus ojos blancos.
El fascinador antifaz rutilante
es una dolorosa orquesta de silencios infinitos.
A la palmera, ligera,
ingrávida en su fino talle,
le corteja la brisa, que le silba y le besa,
le susurra secretas melodías que me son reveladas lentamente.
Pero, ¿y cómo así,
envuelta el alma
en el todo mineral evanescente,
no me fue dado encontrarte?
Es la hora sagrada,
Es ahora cuando las harimaguadas transportan,
delicadamente,
el blanquísimo tapiz de algodones monte arriba.
El espeso verdor de las alturas
cierra poco a poco sus párpados,
guarda sus secretos,
y se despide con un beso vaporoso e intangible.
¿Y cómo así, sumido
en la espesura geológica y vegetal,
no me fue dado encontrarte?
¿Qué extraños
senderos
pudieron torcer tu largo viaje?
¿Cómo habiendo traspasado
los muros ciclópeos de lo cotidiano,
no te fue dado encontrarme?
Andrés Acosta González (Madrid, 1984).
Soneto titulado El
Cosmos matemático y el número
(por encargo de mi amigo Manuel Guadarrama Guillén).
La esfera celeste brillaba entera
aquella noche mágica entre las olas
que batían la orilla como amapolas.
En la arena el sabio griego espera
poder trazar circunferencias perfectas.
Al salir la Luna redonda y moruna,
dibuja con su compás las mil y una
redondeces todas cruzadas por rectas.
En el cenit el Cisne aguarda callado
mientras el sabio divide y divide.
Todas sus anotaciones van cuadrando.
Siempre obtiene el mismo exacto
resultado.
Y así un grito exultante la noche mide:
¡Es ! ¡El número! Y alegre huye saltando.
Andrés Acosta González.
(Madrid, marzo 2004).

SONETO
CALEIDOSCÓPICO.
La vida es una brizna entre dos olvidos,
un soplo de tiempo al trasluz cazado,
estúpido esperpento de un azar callado,
con émbolos y paños en espacio herido.
La luz taladra el vacío maniatado,
huecos del aire, palabra sin boca,
canto sin guitarra y viento que toca
las teclas de un instrumento desbocado.
La infinita quietud se desvanece
y se deshace al instante en un suspiro
en un baile que grita a las estrellas.
Es un canto dolido que estremece;
jeroglífico extraño en un papiro,
tu desnudo gozoso: la imagen bella.
Andrés Acosta González.
Tres Cantos, octubre 2005.

LA DAMA IMPLACABLE.
Apenas cuando empiezas a darte cuenta,
las goteras de la edad te van diciendo:
esto se está terminando; vete haciendo
maletas con monedas para la venta
en la Laguna Estigia. ¡Qué
el remero
ha subido muchísimo la cuota!
Somos cada vez más gente en la derrota.
Atesorar esa fortuna espero,
sí, y no quiero que el
ánimo me falle,
no deseo que el cansancio me destroce
ni que a destiempo la paciencia estalle.
Sólo ir notando lentamente el roce
de las monedas del tiempo hasta que encalle
este barco lleno de sombras y de goces.
Andrés Acosta González.
Tres Cantos, marzo 2003.
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