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El poema que el hijo menor de Félix
leyó el día de la despedida.
El día que me muera
El día que me muera,
no quiero el llanto al uso,
ni las flores cortadas al efecto
ni los cirios de lento gotear en
los
sufragios.
No quiero el luto inútil de
las
ropas,
ni las miradas tristes, ni el
silencio,
ni el ramo de laurel
correspondiente.
No quiero que la vida se detenga
cual si algo extraño
hubiera
sucedido
y el mundo ya no fuera como antes.
El día que me muera,
quiero que todo viva y
continúe,
que broten flores en los mismos
sitios,
que corra el agua por la misma
acequia,
que los amantes trencen sus
abrazos,
que nazca un niño en el
portal
de enfrente,
que mi vecino vaya a la oficina,
que los obreros entren en la
fábrica,
que salgan a la mar los pescadores,
que las mujeres vuelvan de la
compra
con un ramo de acelgas en los
brazos,
que el labrador entierre la semilla
cuando amanezca el sol
y el estudiante cierre los libros
cuando el sol se ponga,
que se oigan las sirenas de los
buques,
los golpes del martillo, los
motores,
las voces de los niños en
el
patio,
los ruidos de la calle, los
jilgueros,
y quiero que, a la hora de
costumbre,
los míos se reúnan
en la
mesa,
partan el pan y cambien la sonrisa,
que mis amigos beban unos chatos
y escriban un poema por la noche.
Ángela Figuera
Aymerich.
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