Germán Ojeda Méndez-Casariego
COMO LA VIDA MISMA


 

-Lo siento. No quedan más entradas. Está el aforo completo.

-¿Cómo? ¡No puede ser! Llevo cinco horas de cola, bajo el viento, los truenos y la lluvia, esperando sin consuelo que escampe, y cuando por fin me toca el turno…

-Lo siento, de verdad. La señora rubia que acaba de entrar se llevó la última.

-¿Y no puede hacer alguna excepción? Aunque sea, de pie, o colgado de una cortina, o disfrazado de acomodador…

-Imposible.

-Es que… ¿sabe? Alguien me ha comentado ciertas cosas de esta obra: El hilo argumental, anécdotas, sucesos representados, que me resultan extrañamente familiares… Y claro, la curiosidad que siento es muy grande. Le pago el doble.

-No aceptamos sobornos.

-El quíntuple.

-Mire, si tanto interés tiene, se la cuento, más o menos: Es la historia de un tío que nace en un pueblo de Salamanca, estudia con los salesianos, hace la mili en Sidi Ifni, se casa con una rubia más o menos coqueta que hace teatro, ésta le es infiel con el acomodador, y…

-Justo. ¿En qué pueblo…?

-Villaromero de Tribulete. Allí su padre regentaba un prostíbulo en épocas de la República, reconvertido después en convento de clausura.

-¿Y su madre?

-Tenía dotes de adivinación que ejercía por módico precio.

-No puede ser. Mire, de mí no se va a reír ningún dramaturgo cantamañanas. Soy un ser anónimo, y sólo desde la voluntad de humillarme puede alguien escribir todo eso. Y sin pagar copyright. Dígame al menos cómo termina.

-Ah, no; eso no. Secreto profesional. Además, por lo que intuyo, sospecho que no le va a gustar.

-¡Déjeme entrar, por favor! ¡Pago cien veces el valor de la entrada!

-Hmm… Doscientas.

El hombre entró, sin hacer demasiado ruido. El patio de butacas parecía lleno de gente. Arriba, el escenario estaba vacío y gris.

Observando entre la multitud hierática, descubrió un asiento libre. Ah, no puede ser: Me dijo que estaba completo. Buscó con la vista una melena rubia, y nada.

Salió del recinto, y empezó a rebuscar entre los cortinajes, pesados y polvorientos. Al fin, detrás de terciopelos rojos con brocados de oro, encontró a la rubia con la camisa desabrochada y la falda recogida, aferrada en un abrazo compulsivo a la silueta oscura de un acomodador. Su repentina presencia, en lugar de afectarles, pareció enardecerles, y de las bocas se oía el hervor y la fruición.

Sacó la pistola y les encañonó: Pero era de utilería, y el disparo un petardillo de pólvora dulzona.

El otro, en cambio, desasiéndose de la mujer semidesnuda, se quitó la corbata negra y con ella estranguló al intruso hasta que los ojos saltaron como aceitunas y la lengua se encharcó en una baba verdosa y fétida.

El telón fue cayendo mientras utilleros y funebreros retiraban el cadáver.

Los espectadores aplaudieron sin muchas ganas, y luego se alejaron por la calle lluviosa y oscurecida.




Comentarios al autor sobre este escrito.
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