Germán Ojeda Méndez-Casariego
POEMARIO
(O: El Tiempo de la Desmesura según las Crónicas)


"Y produjo la tierra hierba verde, hierba con semilla, y árboles de fruto con semilla cada uno. Vio Dios que esto era muy bueno, y hubo una tarde y una mañana, y este fue el día tercero. "

(Génesis, 1,12/13)

 

Una mañana, de repente, brotó una flor en una esquina del escritorio.

El programador se asombró al principio, pero no le dio demasiada importancia. Al fin y al cabo, cosas más extrañas suceden, se dijo, día a día en la pantalla. Programas que cascan, mensajes ininteligibles, números indescifrables, fórmulas maravillosas que saltan a la luz, sistemas expertos que tanto predicen el tiempo del último día del siglo como desentrañan el oscuro metabolismo de las libélulas.

 

Así que una flor más o menos no debe extrañar a nadie. Seguramente, pensó, la madera estaba un poco verde todavía, y con la humedad ambiente y el calor de las respiraciones decidió que había llegado su particular primavera. La toleró un rato, pero luego pensó que por seguridad sería mejor acabar con el absurdo. Y, sin mayor pena, la mató con una leve presión del pulgar.

 

Pero la madera, evidentemente, estaba muy verde. Un chorrillo de savia le humedeció la mano, y creyó sentir incluso que una gota le saltaba hasta los ojos. Aj, dijo, casi con asco. Se frotó el ojo derecho, hasta enrojecerlo levemente. Bah, será el aire, tan sucio.

 

Pero entre pestañeo y pestañeo, alcanzó a ver que junto a la herida de la madera había dos brotes pequeñísimos, capullos que parecían temblar en el trance de nacer.

 

Dos o tres días después, la mesa era un jardín rebosante de plantas, flores de todos los colores y tamaños, hojas verdes enormes y fragantes, y un evanescente arco iris se tendía desde el centro del espacio florido hacia los pasillos.

 

El programador, cuyo sitio de trabajo se había reducido al breve espacio donde apoyaba las manos, contemplaba ensimismado el incansable rumor del mundo vegetal. Toda su pantalla estaba cubierta por la hiedra, y cada tecla era el profundo cáliz de una flor diferente.

La mesa hervía en una crepitación de tallos en crecimiento, la sombra se extendía con una fresca maternidad envolvente, y en fondo más oscuro, el programador., casi un troncó añoso enredado en lianas, creyó percibir el nacimiento de un arroyo, saltando entre las piedras y el musgo.

 

Al principio, los demás empleados de la compañía miraban al programador con compasiva ironía, no exenta de un poquito de envidia. Al fin y al cabo, mientras le crecían los crisantemos y las buganvillas, el antedicho sujeto trabajaba cada vez menos, ensimismado ante el prodigio y arrinconado por la potencia del microcosmos.

 

Pero poco a poco, fueron apareciendo las contradicciones:

 

• ;Una secretaria cortó una ramita para ver si florecía en su propia mesa, pero no hubo forma. Guando se pudrió, la arrojó al water.

 

•El jefe de mantenimiento probó .de bajar la temperatura de la calefacción, pero el sol matutino que se colaba por la ventana se encargó de continuar la tarea.

 

•La señora de la limpieza regó las plantas con lejía, pero sólo consiguió que el olor de las rosas se semejara a los pomelos.

 

•El analista de sistemas logró que la pantalla enmudeciera entre estornudos, pero la propia pantalla inservible se convirtió entonces en cocotero, y comenzó a derramar leche cuando la herían.

 

Finalmente, el director tomó una decisión: No se puede consentir esta burrada, nadie querrá ya comprar nuestros productos si permanentemente huelen a jazmín y a rododendro. Los expedientes se pudren, los mamotretos heroicos se reblandecen, y las letras saltan como semillas de diente de león. No, señor.

Y así fue. Ordenó y se cumplió. Al día siguiente una patrulla del servicio de esterilización procedió a regar mesa, plantas, pantalla y programador con el temido Agente Naranja.

La agonía duró poco. La última, una abeja que alzó lentamente el vuelo desde un pensamiento violáceo, justo cuando empezaba a marchitarse con el último sol de la tarde.

Enterramos al programador sin pompa funeraria. Por las dudas, nadie quiso llevarle flores. Una simple lápida dice:

AQUÍ YACE XXXX
MUERTO EL VERDOR,
PARA QUÉ VIVIR?

Su novia, después de algunas lagrimitas, se casó con el hijo del panadero, que al fin y al cabo la cortejaba desde los primeros sonrojos. Tuvieron cuatro hijos.

Sus padres se fueron a América para olvidar la pena, y no creyeron necesario volver.

Nadie, por lo tanto, visita su tumba. Sólo algún pájaro, de vez en cuando, le deja una mancha marrón sobre el mármol.

Pero el otro día* él jardinero tuvo que cortar, una vez más, una insidiosa ramita de hinojo que pugnaba por asomarse en una esquina, junto al barro original.

 

15/4/93

(2° premio Grupo Literario Encuentros, 1993)




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