Alejandra Pizarnik:
Poesía, Locura, Muerte…
Si
el sábado pasado, en el momento preciso en el que el jugador del
Real
Madrid Zidane empujaba el balón a la mallas del F.C.
Barcelona, y los
comentaristas de media España gritaban como energúmenos
informándonos
de la hazaña madridista, alguien hubiera gritado: “¿Apaguen
esa radio, la puta que los parió!”, probablemente las
personas que estuvieran a su alrededor hubieran exclamado: “¡Qué
grosera! ¡Con lo educada que es la madre!”;
y volviendo la cara habrían pensado para si mismos que
aquella mujer
estaba loca, delirando o a punto de morir. Esto fue exactamente lo que
le ocurrió a la poeta argentina Alejandra Pizarnik el día
de su muerte
al despertarse en el hospital tras varios días de coma y un
lavado de
estómago.
Alejandra Pizarnik,
Flora Pizarnik, nació el 29 de abril de 1936 en Avellaneda,
Argentina.
Era hija de inmigrante judíos rusos. Sus padres habían
llegado hacía
dos años procedentes de una ciudad llamada Rovne, y no hablaban
una
palabra de español. Su padre se dedicó a la venta a
domicilio de
artículos de joyería, y alcanzo una posición
estable. Ella después de
terminar secundaría, en 1954 se inscribió en la carrera
de Filosofía de
la Universidad de Buenos Aires, donde estudió
simultáneamente
Periodismo. Desde allí, se introdujo en los ambientes
intelectuales de
la ciudad, donde comienza a tener contacto con los pintores y poetas
surrealistas y a desarrollar su vocación poética. Su
primer lugar
propio dentro de la poesía lo encontró alrededor de la
revista Poesía Buenos Aires ,
donde se integró en el movimiento denominado invencionismo.
Viajó por
Estados Unidos y Europa, y en París hizo amistad con
Octavio Paz,
Julio Cortazar y Rosa Chacel.
Problemas
psicológicos
Fue
una persona con grandes problemas psicológicos que la obligaron
a
depender constantemente de somníferos y anfetaminas, y a ser una
asidua
del psicoanálisis. Tal vez su fealdad, su
inclinación sexual (era
lesbiana) o su amor por la vida nocturna la convirtieron en un
personaje desequilibrado en la vida pero tenaz en la poesía.
Esto hizo
que siempre buscara la perfección: seleccionaba
minuciosamente las
obras que realmente le interesaban y que influirían directamente
en sus
poemas, como es el caso del poeta argentino Antonio Porchia. Alejandra
trató de desnudar a la poesía, despojándola de
cualquier máscara que
distrajera la atención del lector y le apartase de la esencia
del alma
del poema y de su conexión con el mundo del poeta, que no es
más que
una parte más dentro del mismo. Nos muestra en sus poemas la
confrontación entre el amor y la muerte, jugando con la
duplicidad de
los sentidos y las imágenes contrapuestas. La falta de rima y de
ritmo
deja espacios vacíos que el lector ha de llenar con sus propios
sentimientos.
Entre
sus obras poéticas caben destacar: La tierra más ajena
(1955), La última inocencia (1956), Las aventuras
perdidas (1958), Árbol de Diana (1962), Los
trabajos y las noches (1965) y Extracción de la piedra
de locura (1968), todos ellos recogidos en el libro Poesía
Completa, editado por la Editorial Lumen. Entre sus obras en
prosa, La princesa sangrienta, basada en una
adaptación de la obra de Valentine Penrose, tuvo gran
aceptación.
Alejandra
Pizarnik falleció en Buenos Aires el 25 de septiembre de 1972
victima
de una sobredosis de somníferos a los pocos días de haber
abandonado el
hospital neuropsiquiátrico.
YO SOY
-
Pizarnik
Mis alas?
Dos pétalos podridos
Mi razón?
Copitas de vino agrio
Mi vida?
Vacio bien pensado
Mi cuerpo?
Un tajo en la silla
Mi vaivén?
Un gong infantil
Mi rostro?
Un cero disimulado?
Mis ojos?
Ah! Trozos de infinito
|
HAIKU
El
haiku es un poema tradicional japonés que intenta cristalizar un
instante en toda su plenitud. Es una pieza de tres versos (5-7-5) sin
rima. En Occidente numerosos autores (Benedetti, Machado, Borges, etc.)
han intentado con mayor o peor fortuna elaborar haiku.
En
Japón, su país de origen, el autor más importante
es Basho (S. XVII),
monje zen, que compuso algunos de los haiku más bellos; este
haiyin
(maestro) sigue siendo un referente para todas las generaciones de
poetas posteriores.
En
mi composición de Haiku he intentado mantenerme fiel a la
definición
que el propio Basho hizo del mismo: esencia concentrada de la
poesía
pura.
| Buscando el mar |
Se
abre el jazmín
|
| navegas por el
río |
en el canto de un
grillo |
| brizna de
hierba |
posa
su aroma.
|
| Porque es invierno |
Pared de cal |
| no hay flor en los
cerezos |
quieta la salamandra |
| el campo
calla |
mira a la mosca |
| Oscuridad
|
Frágiles
pétalos |
| la llama de la vela |
que abandona la flor |
|
rompe
el silencio
|
|
El Encuentro con Tim O’brien
Dicen
de la actual guerra de Irak, que es la guerra sobre la que mejor nos
mantienen informados: a cada minuto podemos conocer las
posiciones de
los distintos bandos, sus avances, las imágenes de los
bombardeos, de
los edificios destrozados, el estado de los hospitales y las ayudas
humanitarias, las opiniones de los dirigentes políticos, los
muertos
conocidos y los que nos quedan por conocer. Pero cuando tratamos de
asimilar toda esta información, nos asaltan siempre las
preguntas sobre
qué es lo que sienten todas estas personas que están
directamente o
indirectamente implicadas en la batalla, cúal es el motivo que
les ha
llevado allí, qué les hace seguir en la lucha, qué
sienten cuando
pierden a uno de los suyos, qué les deparará el futuro.
Pocos
escritores han sabido hacernos llegar el verdadero sentir de la guerra
tan bien como el norteamericano Tim O’Brien.
Cuando
comenzó la Guerra de Vietnam, el escritor Tim O´brien era
uno de los
miles de personas que estaba en contra de la actuación
norteamericana
en la contienda. Nacido en Worthington, Minnesota, en 1946, hijo de un
vendedor de seguros y de una profesora de escuela, se graduó en
Ciencias Políticas en 1968 en el Macalester Collage de St.
Paul. Al
llegar a la universidad se convirtió en un activista que
asistía y
promovía actos en favor de la paz y el desarme.
Una
vez terminada la carrera, pensó que debía poner en
práctica todo lo
aprendido, y que la mejor manera de hacerlo era intentar entrar a
trabajar en el Departamento de Estado para reformar su política
desde
dentro. Según sus palabras: "Pensaba que Estado Unidos
necesitaba gente
más progresista, que tuviera la paciencia suficiente
para tratar los
asuntos con diplomacia, en vez de arreglarlo todo arrojando bombas
sobre sus enemigos."
Sin
embargo, nunca imaginó que nada más graduarse le
enviarían a Vietnam.
Cuando le llegó la citación en la que le informaban
de que debía
incorporarse a filas como simple soldado de a pie, pensó
seriamente en
desertar a Canadá. Pero temió que su familia, sus amigos
y sus vecinos
del pueblo le reprocharan su cobardía, por lo que no tuvo
más remedio
que marchar a Vietnam, donde odió cada minuto de su
estancia. Según
O´brien, para aquellas personas que viven este tipo de
conflictos, el
recuerdo de lo vivido se convierte en un tipo de parásito
que se
alimenta de sus víctimas durante el resto de sus vidas.
Cuando
volvió a los Estados Unidos, le condecoraron con una medalla por
haber
sido herido en el campo de batalla por una granada. Debajo del brazo,
traía escritos informes personales sobre la guerra, que fueron
publicados en algunos periódicos de Minnesota. Mientras
llevaba a cabo
los estudios de doctorado en Ciencias Políticas en Harvard,
O’brien
creó algunos bocetos de lo que sería su primer libro
publicado: Si Muero en el Combate, metedme en una caja
y enviadme a casa, que vio la luz en 1973, justo cuando
había sido contratado como reportero de asuntos nacionales en
el Washington Post.
Después
de trabajar casi a destajo durante un año en el
periódico, decidió
retirarse del periodismo y dedicarse la literatura. En 1975,
publicó Luces Norteñas; en 1979,
consiguió el National Book Award por su libro Persiguiendo
a Cacciato; En el lago de los bosques ganó el
premio James
Fenimore Cooper de la sociedad de Historiadores Norteamericana y fue
seleccionado como la mejor novela de 1994 por el periódico Time.
Su
última novela, Tomcat enamorado, publicad en 1998 fue
seleccionada como uno de los libros más importantes del
año por el periódico New York Times.
En
sus obras, O’brien elabora todo tipo asociaciones complejas sobre
el
amor y la locura que pueden surgir durante una guerra, y trata de
buscar un paralelismo entre la culpabilidad, la depresión, el
terror y
la vergüenza, sentimientos que le infectaron durante
su experiencia
de Vietnam.
Su relato, Las cosas que ellos llevaban,
se ha convertido con el tiempo en una de las historias que nos sirve
como testamento de lo sucedido en Vietnam. Considerada un trabajo
clásico de la literatura Estadounidense, es un estudio profundo
del
sentimiento de los hombres en la guerra, que ilumina la capacidad y los
límites del alma y del corazón humano. Richard Ford lo
incluye en su
reciente antología de los mejores relatos cortos de la
literatura
americana publicada en España por la editorial Galaxia
Gutenberg.
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