Maribel Orgaz

Encuentros I
EL ENCUENTRO CON JUAN SEBASTIAN BACH ENCUENTRO CON Marcel Proust
El Encuentro con Kenzaburo Oé El ENCUENTRO CON Beethoven
EL ENCUENTRO CON MALCOM LOWRY El Mercado editorial
EL ENCUENTRO CON J.D. Salinger Más Artículos




EL ENCUENTRO CON JUAN SEBASTIAN BACH

Cuenta Pablo Casals, el genial violonchelista, que un día, entró en una librería de segunda mano buscando las partituras de unas sonatas de Beethoven y entonces, se encontró con las de las Seis Suites para violonchelo de Juan Sebastián Bach (1685-1750). Casals tenía trece años y la conmoción que sintió cuando encontró aquella música le acompañó durante toda su vida.  “Ya en casa, empecé a tocarlas [las suites] con una gran agitación.

Durante veinte años estudié y trabajé diariamente con aquella música y hasta veinticinco años después no tuve el valor de tocarlas en público”. Nadie hasta entonces había interpretado esta música al completo en un concierto. La espera mereció la pena. La grabación de Casals de estas suites es una obra maestra absoluta. Otro músico, el pianista canadiense Glenn Gould, realizó una grabación memorable, perturbadora y personalísima de las Variaciones Goldberg. Podrían citarse, hasta la extenuación decenas de músicos e intérpretes que se confiesan fascinados por el músico alemán. Bach ha sido y es versionado por infinidad de autores de música clásica, pero también por rockeros, compositores de jazz, pop, etc., etc. Bach está en el mejor cine de Bergman, en el de Woody Allen. Es citado constantemente por Calatrava, se oyó en el funeral de Chillida, a quien fascinaba,  y aparece repetidamente en muchos de nuestros mejores poetas como Angel González, José Hierro o José Angel Valente. 

Bach rompe, además, todos los estereotipos del artista bohemio, marginal o antisocial. Los “no” de Bach son fascinantes: no viajó, no fue un niño prodigio, no se tenía por un genio, no fue un erudito o un hombre especialmente cultivado, no conoció éxito masivo en vida, no tuvo grandes recursos para dedicarse exclusivamente a la composición... Si echamos un vistazo a lo que Juan Sebastián nos legó encontramos que no existen adjetivos superlativos suficientes para calificarlo. De La Pasión según San Mateo la veneración es tal que es calificada siempre como obra cumbre de la cultura occidental. Del Clave bien temperado las admiraciones comienzan desde Mozart hasta hoy en día, Schumann decía que era su pan cotidiano. La obra habita, dicen los expertos, en el pensamiento puro. La Misa en si menor, uno de los últimos trabajos de Bach, es un ejemplo de punto de unión entre protestantes y católicos y de la Cantata de Bodas podría decirse que no existe mejor sonido para los enamorados. Para no hacerle de menos, La ofrenda musical, su mejor fuga, ha sido descrita como la obra para piano más significativa del milenio.   

Un emocionado articulista comentaba en un reciente artículo que la música de Bach podría ponerse en un cohete espacial y enviarse a los extraterrestres para que vieran lo que el hombre es capaz de hacer. Mucho antes Esther Meynell, una inglesa fascinada por él, escribía en 1925 una preciosa exaltación lírica del músico y su vida doméstica Crónica de Ana Magdalena Bach.  Gustav Leonhardt , premio Erasmo de Humanidades en 1980 y uno de los más prestigiosos intérpretes de la música de Bach de nuestros días, le define así: es serenidad, es emoción, es inteligencia, es arquitectura, es todo esto y mucho más. Bach es un milagro”.





El Encuentro con Kenzaburo Oé

Kenzaburo Oé, escritor japonés, fue premio Nóbel de Literatura en 1994. Al día siguiente, los titulares de los periódicos coincidían unánimemente en un aspecto, elogiar más al hombre que al escritor: “un buen hombre” fue el calificativo general de la prensa ante un Oé que se había dedicado con pasión a la literatura y a su hijo autista Pooh. En verdad es algo singular que un artista sea alabado por su calidad humana, porque lo habitual es lo contrario. De tantos creadores y tantos artistas hay que dejar de lado, obviar, un carácter bronco, un comportamiento público bochornoso o una incomprensible manía de dañar a las personas que en el día a día se relacionan con ellos. El ejemplo de Kenzaburo Oé es esperanzador: existen personas capaces de aunar bondad personal y creatividad. Oé nace en una pequeña aldea japonesa en la isla de Shikoku y la lectura fue desde muy pronto una gran afición. Cuando Oé tenía 10 años finalizó la guerra y el periodo que comenzó entonces fue una nueva era para Japón. Hasta el día de hoy, el escritor recuerda la impresión que le causó el discurso del emperador Hirohito para anunciar la rendición de su país. Como Gunther Grass tras el nazismo, Oé se ha preguntado siempre cómo es posible escribir después de Hiroshima. Cómo es posible vivir con un hijo autista. Y la respuesta que dio a ambos interrogantes es digna de un gran hombre.

Oé se acercó al dolor de los supervivientes de la bomba atómica, escribió un libro sobre ello y se ha comprometido profundamente con su época. En lo personal, se enfrentó a la horrible realidad de su hijo, del destino que como padre no podía cambiar. En Una cuestión personal, una de sus más conmovedoras novelas, un hombre que acaba de ser padre de un niño monstruoso imagina que huye, imagina el asesinato del recién nacido.

En la vida real Oé aceptó a su hijo con una cualidad humana extraordinaria: el amor filial. En palabras de su traductor John  Nathan: “con el paso de los años, conforme Pooh fue creciendo, se fue desarrollando entre padre e hijo un vínculo intenso, exclusivo y aislante. Poco después de que naciera Pooh, Oé encargó erigir dos tumbas contiguas en el cementerio de su aldea natal. Me ha dicho muchas veces que él morirá cuando muera Pooh

En Japón, el escritor es admirado por su vida austera y su compromiso; y en lo literario, por ser uno de los mejores novelistas de la generación posterior a Mishima. Si bien no milita en ningún partido tiene una clara orientación humanista y de izquierda. Oé es un activo crítico social de la vida japonesa. En su país era ya bastante popular antes del Nóbel, aunque apenas conocido fuera de él,  según el mismo autor ha comentado cuando se sienta a escribir lo hace pensando en los lectores japoneses: “especialmente para las mujeres que [según él] son las únicas que se preocupan seriamente por los problemas de Japón”. De entre todos los artículos elogiosos que se publicaron el día siguiente al premio merece la pena destacar unas líneas del periodista Peter Hamill:  “En una vida honorable, Kenzaburo Oé, hermano de Mark Twain y Norman Mailer, Philip Roth y Saul Bellow, Jack Kerouac y Henry Miller, ha aprendido que hay cosas más importantes que el Premio Nóbel. Al fin y al cabo nunca basta con ser un buen escritor. Es infinitamente más importante, y más dolorosamente difícil, ser un buen hombre”.





EL ENCUENTRO CON MALCOM LOWRY

Malcolm Lowry nació en Liverpool en 1909 y murió en Ripe, Sussex (Inglaterra), en 1957 como consecuencia de una última crisis etílica. En esos años vagabundeó bastante (México y Hong-Kong, entre otros lugares) y extravió algunos de los manuscritos de sus novelas. Si por algo es conocido y recordado este autor es por su novela Bajo el volcán  publicada diez años antes de que muriera. Su muerte tan prematura impidió que terminara su proyecto, una especie de novela vastísima compuesta de seis o siete novelas en las que se incluía Bajo el Volcán. También tenía pensado hacer una trilogía con ella, de tal forma que imitara la estructura de la Divina Comedia de Dante: Infierno, Purgatorio y Paraíso. Bajo el volcán sería el Infierno y vaya si lo es.

Fue un proyecto muy elaborado, Lowry la empezó a escribir cuando estuvo en México y retomó la idea y la terminó diez años después. Comenzó esta novela a los veintiseis años y la acabó casi con cuarenta. No vivió mucho más.

La novela tuvo graves dificultades para publicarse porque el editor quería que se hicieran muchas correcciones. Lowry se dedicó entonces a explicarme minuciosamente el significado de cada capítulo, cada situación, cada personaje. El problema es que sus explicaciones a veces eran aún más confusas que los propios hechos novelados.

Por ejemplo, Lowry afirma que su libro tiene doce capítulos porque el día tiene doce horas, doce meses tiene el año, etc. (Se incluyen explicaciones acerca de la relación entre el número doce en las creencias hebreas y la novela). El protagonista muere a las siete de la tarde, así que la partición en doce horas puede conducir al error de pensar que las horas corresponden a los números de los capítulos y no es así.
Existen también constantes alusiones a la Divina Comedia de Dante, como es la del significado del bosque. Dante se adentra en la selva o en el bosque en su camino hacia el infierno, exactamente igual que los protagonistas de Lowry.

Sin embargo, pese a lo ambicioso del proyecto y la importancia de esta novela en la literatura del S. XX, reducir la obra de Lowry a Bajo el volcán es  injusto. Cabe citar como ejemplo otro de sus textos,  La piedra de la locura.

Lowry escribía de forma un tan peculiar, comenzaba sus proyectos de forma corta, de hecho Bajo el Volcán era un relato corto en tres partes; después, podría decirse, se ramificaba y ampliaba hasta configurarse como lo conocemos en la actualidad. De tal forma, que el texto  iba incluyendo el paisaje natural y humano de México, ideas filosóficas sobre el tiempo y la bebida, y la Cábala. 

Como él mismo explica: “[...] quizás haya escrito este libro desde el "inconsciente" de Europa, por así decirlo. Ponle bozal a un perro y el ruido saldrá por el otro lado. Lo he escrito como si fuera el último grito de angustia de la conciencia de un continente moribundo, como una lechuza de Minerva volando en la noche, como el último libro en su género, escrito por alguien cuya especie ha muerto, incluso como una contribución final a la literatura inglesa, un relámpago postrero y un aullido”



EL ENCUENTRO CON J.D. Salinger

J.D. Salinger es un escritor americano, nacido en 1919. Ha publicado muy poco, cuatro volúmenes de cuentos y una novela: El guardian entre el centeno, Nueve cuentos, Franny  y Zoey, Levantad carpinteros, la viga del tejado  y Seymour: una introducción.  

A pesar de su escasa producción, publicada en el periodo 1951-1963 es considerado uno de los mejores escritores contemporáneos. En EE.UU. es un mito viviente. Su libro “El cazador entre el centeno” (1945) es lectura obligatoria en los institutos y en España se han vendido más de 800.000 ejemplares. Salinger vive retirado y no concede entrevistas ni asiste a actos públicos.

Toda su obra es una variación sobre un mismo tema, la inocencia como valor que se pierde en la edad adulta. Es difícil encontrar otro autor que refleje mejor cómo la inocencia de nuestra infancia que se pierde irremediablemente al crecer y cómo todos procuramos que se destruya cuanto antes en las personas que nos rodean y que quizá conserven aún algo de ella. Los protagonistas a menudo intentan parecer duros y adultos pero lo único que logran parecer son ridículos, tiernos y muy sensibles. A veces, incluso angustiados.

El segundo aspecto de esta forma de mirar el mundo “desde la inocencia” es que en ese instante nos quedamos sin referencias para juzgar las cosas y entonces, muchos aspectos de la vida de adultos son vistos sin sentido: las relaciones de pareja, la guerra, el trabajo, Hollywood...

Salinger maneja muy bien los diálogos, apenas hay descripciones  o explicaciones en sus textos. Utiliza un lenguaje sencillo, lo que incluye palabras soeces o “torpezas”: latiguillos, giros comunes, etc. Todo ello permite un acceso fácil a sus libros, que pueden ser leídos como historias más o menos estrambóticas sobre la familia Glass, los protagonistas de todos sus libros. Sin embargo, basta que se relea con atención para comprender las infinitas referencias de sus obras, el significado oculto en muchos de sus pequeños detalles, en sus frases dichas tan sencillamente.

Recientemente se han publicado dos libros sobre Salinger, uno por parte de una antigua amante Joyce Marnard (Mi verdad. Editorial Circe) y otro de su hija, Margaret A. Salinger (El guardián de los sueños. Editorial Debate). En realidad, ajustes de cuentas con el hombre y pocos datos sobre el escritor. Maynard llega incluso a reprocharle el uso de un detalle personal para uno de sus cuentos más hermosos (Para Esmé con amor y sordidez). Cuando se conocieron, el escritor se fijó en el reloj de pulsera demasiado grande que llevaba (recuerdo de su padre). Esmé regala su reloj (también de su padre) al soldado que se enamoró de ella durante la II Guerra Mundial. Qué cantidad de cosas se pueden reprochar a un examante escritor.




ENCUENTRO CON Marcel Proust

Los últimos quince años de su vida los pasó Marcel Proust (Francia, 1871-1922) encerrado en su dormitorio. Salió muy poco y siempre para excéntricas visitas nocturnas. Cenar en el Ritz a las cuatro de la madrugada o buscar jovencitos en algún antro. Hubo meses en los que no abandonó la habitación, escribía encima de la cama, apoyado en una mesita que llamaba su "chalupa", con un calor asfixiante y usando como cobertor el mismo abrigo de pieles que se echaba por encima para salir a la calle. El asma de Proust le obligó a este encierro, enfermedad de la que él insistió en no curarse, con unos hábitos de vida imposibles. Para superar las crisis asmáticas tomaba veronal, e incluso morfina y para resarcirse de los efectos de estas drogas, cafeína y adrenalina. Un par de veces, se pasó con las dosis y casi se muere. Su muerte, con poco más de cincuenta años, se debe en buena parte al abuso metódico de estas sustancias que le llevaron a padecer vértigos y mareos.

El creyó, sin embargo, que se debía al mal funcionamiento de su chimenea, perennemente encendida, y que sus pérdidas de equilibrio eran debidas a una intoxicación por monóxido de carbono. Se iba al Ritz y se le pasaba todo, así que ordenó que no encendieran el fuego. La habitación pasó así a estar gélida y eso tampoco le beneficiaba nada.  Es un auténtico misterio cómo un hombre pudo escribir los siete tomos de "A la Recherche" -y otros textos- en esas condiciones. Mantenía una intensa correspondencia con amigos y admiradores, corregía las pruebas de imprenta en la cama, vendía sus muebles desde allí... En realidad, bien pensado, es un alarde de eficacia.
En las noches de Proust hubo de todo, trabajo de escritor, prácticas sado-masoquistas extravagancias dignas de un libro...
Marcel vestía fatal, era un adulador empedernido, tenía siempre una palidez cadavérica fruto de sus escasas salidas a la calle y a su vida noctámbula. Además tenía grandes ojeras y temblaba de frío constantemente. Su abrigo de pieles le acompaña siempre y quienes le veían en algún acto social no podían creerlo, ¿ese era un genio de la literatura?

Sus excentricidades no tenían límite: tenía temporadas de monomatéricas comidas. Por ejemplo, raviolis traídos del Ritz o croisans con patatas fritas. También de no comer y mantenerse de cafés con leche. Por ejemplo, en una de sus salidas diurnas se mantuvo en pie gracias a ¡17 cafés! En las ocasiones en las que dio algunas cenas, él comía antes de llegar sus invitados y luego se iba sentando con cada uno de ellos para poder charlar con todos sin perder ni una palabra de las conversaciones.
Las discusiones acerca de su  impuntualidad son comprensibles con una forma de vida basada en la nocturnidad y que sólo puede permitirse alguien cuyo saldo bancario le dé, al menos, cierta seguridad.

En la biografía minuciosa de Painter sobre Proust, le atribuye su homosexualidad al fracaso de sus relaciones heterosexuales. Quizá hay que comprender que Painter escribió esta obra hacia los años cincuenta y ese enfoque es producto de su tiempo. En todo caso, creo más bien en una bisexualidad o una homosexualidad, simplemente. Algunos homosexuales "se enamoran" de mujeres, pero porque son bellas, de una belleza magnética y les atraen. Aunque de ahí a acostarse con ellas...





El ENCUENTRO CON Beethoven

En su peculiar autobiografía Errata. El Examen de una vida  (Editorial Siruela, 1997)  George Steiner dice que Beethoven fue uno de los más grandes genios de la historia. El musicólogo Peter Gammond publicó en 1988 una guía de compositores. Sobre Ludwig van Beethoven escribió algunas de las líneas más bellas: “en algunos movimientos lentos como los de la 9ª Sinfonía, el Cuarteto para cuerda en la menor y la Sonata para piano opus 111 alcanzó una tranquilidad tan trascendente que se sitúa en los límites de la experiencia humana”.  La infancia y juventud de Beethoven harían hoy, con toda probabilidad, que el niño estuviera bajo la tutela de servicios asistenciales. Su padre, Johann era un músico de la corte alcohólico que heredó de su propia madre la afición a la bebida. La escolarización de Ludwig y su formación musical fueron, cuanto menos, caóticas; y del papel del padre en su educación, por decirlo suavemente, indigno. A la escuela llevaban al niño sin asear y con mal aspecto y en lo que se refiere a su educación musical, una anécdota ilustra bien cómo era: su padre llegaba a veces con su amigo Tobias Pfeiffer borracho a altas horas de la noche y sacaban al niño de la cama para darle clase. Sin embargo, Pfeiffer era un buen pianista y Beethoven aprendió mucho con él. Para colmo de males, la madre de Beethoven, María Magdalena Keverich, a la que él quiso profundamente y que era una mujer bondadosa pero sumisa y débil de carácter le dejó huérfano a los 16 años.

De cómo el niño pudo atravesar una infancia como esa, fortalecerse, preservar y potenciar sus cualidades no parece haber una explicación sencilla. El acontecimiento más importante de su niñez fue el trato con el organista Christian Gottlob Neefe que respetó, enseñó y en cierta forma cuidó del chico, al que conoció a los 10 años. Neefe le enseñó a apreciar a Bach, le inició en literatura clásica y los autores alemanes contemporáneos; pero lo más importante sin duda fue el carácter del propio Neefe que no se tenía por el lacayo de un mecenas (como le ocurrió a Bach y Mozart o Haydn) sino por un artista cuyo valor estribaba en su propia libertad como creador. Esta idea arraigó fortísimamente en Ludwig y es una de sus singularidades más valiosas, hasta el punto de que abrió camino a todos los compositores posteriores. En la música de Beethoven no existe como en Bach la huella nítida y profunda de la creencia en Dios, tampoco la de la felicidad y la bondad radiante de Mozart porque el hombre, parece decirnos, transita por un mundo en el que la separación del sufrimiento ajeno y el propio es casi inexistente; en el que la capacidad de sentir dolor no parece hecha a nuestra medida. La culminación de sus sinfonías en el Himno de la Alegría de la Novena, es un sorprendente y esperanzador epílogo a esta idea: en la desesperación aún puede elevarse un canto. Quizá sea oportuno recordar ahora aquellos versos de José Angel Valente : “Hay una luz remota, sin embargo/ y sé que no estoy solo/ aunque después de tanto y tanto no haya / ni un solo pensamiento /capaz contra la muerte, / no estoy solo.


El Mercado editorial

"Hasta cuando sufro lo vivo como un desdoblamiento: el hombre está sufriendo y el escritor está pensando en cómo aprovechar este sufrimiento para su trabajo, afirmaba Antonio Lobo Antunes en un artículo reciente. Por su lado, Martín Amis, en Experiencia, comentaba acerca del lo que sintió en el entierro de su prima muerta a manos de un asesino en serie: “jamás había experimentado una aflicción e inspiración tan puramente combinadas”. Hay algo sombrío en afirmar (con un matiz de gozo) que uno vive una experiencia como la de Amis, sin una entrega absoluta a ella. Mientras Antunes o Amis se emocionan con algo, otra mitad de sí mismo permanece ajena pensando cómo transcribir eso en un papel. Estos dos autores son célebres en vida, publican y sus escritos tienen éxito; quizá ambos son presionados por editoriales y reclamados de forma constante por los medios de comunicación. Quizá esta forma de escribir no responda más que a la presión del mercado. Yo creía que un acto creativo era una necesidad de expresión y finalmente, de comunicación. Hace unos días, un amigo me comentaba que Rilke podría ser el último poeta que había vivido con una entrega y rigor máximos; con una voluntad inquebrantable, convencido de cuál era su tarea: escribir poesía, ¿vivir la poesía? Quizá nuestro mercado pervierta también muy sutilmente a algunos artistas, impidiéndoles vivir con sinceridad aquello que podrían expresar después de forma única y propia. Al hacer que alguien entierre a un ser querido, odie o ame sólo en la mitad de sí mismo, ¿qué honestidad, qué validez habrá en su testimonio, en su libro, cuadro o poema? Cuando el lector enciende su lámpara en medio de la noche y se dispone a vivir otras vidas, a sentirse Mme. Bovary o un tembloroso y arrebatado Humbert, qué podrían decirle en cambio, un Amis o un Antunes.




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