Análisis histórico de LA BIBLIA – Datos arqueológicos actuales
José Aceituno -   


Hoy es


La realidad histórica sobre los relatos bíblicos

     Basado en el libro “LA BIBLIA DESENTERRADA

     De Israel Finkelstein & Neil Asher Silberman

     Y consultas al libro “MÁS ALLÁ DE LA BIBLIA”

     De  Mario Liverani

Introducción

     Cuando se habla de la Biblia entendemos lo que en el cristianismo se denomina Antiguo Testamento1 y para los estudiosos Biblia hebrea o Tanaj. Es un conjunto de textos legendarios, legales, poéticos, proféticos, filosóficos e históricos escritos en su mayor parte en hebreo y alguna parte en arameo, y que constituye la escritura fundamental del judaísmo, la primera parte del canon cristiano y una abundante fuente de alusiones y enseñanzas éticas del Islam transmitidas a través del Corán.

     Tradicionalmente la Biblia se ha dividido en tres partes:

    • La Torá (La ley)– conocida también como Pentateuco (en griego, “cinco libros”) o Cinco Libros de Moisés – que incluye: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Cuenta la historia del pueblo de Israel desde la creación del mundo, el diluvio, los patriarcas, el éxodo de Egipto y la travesía del desierto con la entrega de las Tablas de la Ley en el Sinaí. La Torá concluye con el adiós de Moisés al pueblo de Israel antes de la conquista de Canaán.
    • Los Profetas (o Nevi´im). Está dividido en dos grupos principales de escritos, el de los profetas antiguos: Josué, Jueces, Samuel (1 y 2) y Reyes (1 y 2), que nos cuentan la historia del pueblo de Israel desde el paso del Jordán y la conquista de Canaán hasta su derrota y exilio a manos de asirios y babilonios, pasando por el auge y caída de los reinos israelitas, y el de los profetas recientes: Isaías, Jeremías, Ezequiel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías, que contienen oráculos, doctrinas sociales, condenas acerbas y expectativas mesiánicas de un grupo de individuos inspirados que abarcan el periodo de unos trescientos cincuenta años, desde mediados del siglo VIII a.C. hasta el final del siglo V a.C.
    • Los Escritos (Ketuvim) son una colección de homilías, poemas, oraciones, proverbios y salmos. Son expresiones de devoción del pueblo israelita a lo largo de cientos de años. Son los siguientes: Poesía: Salmos, Proverbios y Job. Los cinco rollos: Cantar de los Cantares, Rut, Lamentaciones, Eclesiastés y Ester. Profecía: Daniel. Historia: Crónicas (1 y 2), Esdras y Nehemías.
 

     Este estudio analiza la verdad o falsedad histórica de los relatos que constituyen la Tora y Profetas antiguos y que narran la epopeya del pueblo de Israel desde sus comienzos hasta la destrucción del Templo de Jerusalén y exilio (586 a.C.).

     Durante siglos se consideró la Biblia como resultado de una revelación divina y una historia exacta transmitida por Dios a un gran número de sabios, profetas y sacerdotes. Sin embargo ya desde el siglo XVII se plantean dudas sobre la fiabilidad histórica de los datos así como de las autorías de los libros. Por ejemplo el autor del Pentateuco no podía ser Moisés, como siempre se había considerado, ya que en el último de sus libros, el Deuteronomio, se narra la muerte de Moisés. También aparecen diferentes versiones de un mismo relato: dos versiones contrapuestas de la creación en el Génesis, dos genealogías distintas para los descendientes de Adán, dos relatos del diluvio y lo mismo en la historia de los patriarcas y del éxodo de Egipto. En estos duplicados de relatos se observa que si en uno se nombra a Dios como YHWH (Yahvé) en el otro se nombra como Elohim o El . En el primer caso los relatos parecen interesarse más por la tribu o territorio de Judá y en el segundo por las tribus o territorios del norte (Israel). Con el tiempo se vio que se trataban de fuentes distintas, escritas en diferente tiempo y lugar y luego refundidas, la  fuente yahvista denominada “J” procedía de Jerusalén de tiempos del rey Salomón (970-930 a.C.) y representaba el punto de vista de la monarquía unificada de Judá y la fuente Elohista denominada “E” representaba el punto de vista del reino de Israel y habría sido compuesta durante el periodo de independencia del reino de Israel (930-720 a.C.).  El Deuteronomio tiene un estilo propio y su fuente se denomina “D”, en realidad hay una estrecha relación lingüística y teológica entre el Deuteronomio y el relato histórico de los libros de los profetas antiguos: Josué, Jueces, Samuel y Reyes, de forma que a ese conjunto se denomina “historia Deuteronomista”. La cuarta fuente es la fuente sacerdotal o “P” (priestly) que trata sobre asuntos rituales.

     La tesis de Finkelstein, basándose en las pruebas arqueológicas, es que el núcleo histórico del Pentateuco y la Historia Deuteronomista tomó forma en el siglo VII a.C., en concreto durante el reinado del rey Josías de Judá con el propósito de dar refrendo ideológico a unas ambiciones políticas y a unas reformas religiosas concretas.

     En ese momento histórico el prospero y rico reino del norte, Israel, acaba de ser desmantelado por el imperio asirio. Sargón II en el año 722 a.C. ha arrasado las principales ciudades y deportado a  parte de su población hacia el norte de Mesopotamia.  Judá el reino pobre y escasamente poblado del pasado experimenta en ese momento un fuerte desarrollo y aumento demográfico, sobre todo en la capital Jerusalén, en parte debido a las emigraciones desde el norte. Tras esta destrucción del norte el reino del sur, Judá, experimenta periodos alternativos de sometimiento al poder asirio, reinado de Acaz (743-727 a.C.) y de Manasés (698-642 a.C.), y de fervor nacionalista como el reinado de Ezequías (727-698 a.C.)  cuya rebelión contra Asiria acabó en desastre con la destrucción  que el rey asirio Senaquerib llevó a cabo en el reino de Judá. Las dificultades por las que atraviesa el imperio asirio en el último tercio del siglo VII y que acabarán con su destrucción a manos de medos y babilonios permite un respiro al reino de Judá y su rey Josías (639-609) se siente con fuerzas para asumir el protagonismo político y religioso en la región. Las repentina y supuesta aparición de un antiguo códice, el libro de la Ley (antecedente del Deuteronomio), en el año 622 a.C. por las obras de reforma del templo de Jerusalén da pie a una profunda reforma religiosa. El libro contenía las características esenciales de la religión judía: la adoración exclusiva a un solo Dios, un único lugar de culto: el templo de Jerusalén, la observancia centralizada y nacional de las principales fiestas judías: la pascua y los Tabernáculos, y un conjunto de leyes que trataban del bienestar social, la justicia y la moralidad personal. Es entonces cuando se redactan los principales escritos de la Biblia con una característica muy concreta: la predominancia de Judá frente a Israel en cuanto a su liderazgo espiritual considerándole el genuino representante del pueblo hebreo y a su líder Josías  el digno heredero de la tradición de la monarquía unificada del rey David. La historia del pueblo hebreo que se plasma en la Biblia es una interpretación sesgada de su historia favoreciendo siempre la  imagen de Judá frente a la de  Israel. Para el éxito de la difusión y aceptación de esta reforma religiosa fueron determinantes dos factores, por un lado el reino de Judá es entonces un estado verdaderamente centralizado y por otro ha alcanzado el grado de alfabetización necesario.

     En los siguientes apartados se realizará una revisión de la historia bíblica según los conocimientos que la moderna arqueología ha proporcionado.

Los patriarcas

 

     El relato de los patriarcas bíblicos Abraham, Isaac y Jacob contenido en el Génesis tiene indudablemente una gran fuerza literaria o espiritual, pero ¿existieron realmente? Dado que  los primeros arqueólogos bíblicos tenían una formación clerical o teológica buscaban una comprobación histórica literal de la vida de estos personajes. Por otra parte la Biblia invita a realizar esta comprobación histórica dado que contiene una información cronológica precisa: En 1 Reyes 6,1 se indica que el éxodo se inicia 480 antes de iniciarse la construcción del templo de Jerusalén en el cuarto año del reinado de Salomón. En  Éxodo 12, 40 se indica que los israelitas soportaron 430 años de esclavitud en Egipto antes de iniciarse el éxodo. Calculando unos 200 años de la vida de los patriarcas llegamos a la fecha aproximada de 2100 a.C. para el momento en que Abraham y su familia se trasladaron de Ur en Caldea hacia Jarán (o Jarrán) en el norte de Siria. Hay que mencionar algunas discrepancias internas del relato que son importantes como por ejemplo el que se indique que Moisés y Aarón son descendientes de Leví, hijo de Jacob, en la cuarta generación y en cambio Josué contemporáneo de los anteriores sea descendiente de José, hijo de Jacob, en duodécima generación.

     En los comienzos del siglo XX William Foxwell Albright, el decano de la arqueología bíblica propuso la teoría de la emigración amorrea para justificar el relato de Abraham. La arqueología moderna mostraba que la vida de Canaán del tercer milenio (periodo Bronce Antiguo) tenía una urbanización plenamente desarrollada con grandes ciudades de varios miles de habitantes y fuertemente amuralladas. Esto contrasta con el relato bíblico en que los patriarcas llevan una vida de pastoreo y no encuentran estas zonas urbanas. También muestra la arqueología que a finales del tercer milenio se produce una crisis urbana para volver a resurgir pasados unos siglos, llamándose a este periodo Bronce Intermedio. Albright aprovechó este descubrimiento para indicar que esta crisis urbana se produjo por la irrupción de pueblos invasores que destruyeron las ciudades e identificó estos invasores con los amorreos a los que pertenecería Abraham. Esta tesis no tuvo mucha vida, ya que al aportar más datos la arqueología se demostró que la crisis del Bronce Intermedio de finales del tercer milenio y comienzos del siguiente no fue debida a invasiones sino a problemas internos de índole social o económica, y por otra parte tampoco la vida sedentaria desapareció. También se demostró que no hubo una emigración amorrea hacia el oeste. No hubo invasión, fueron los propios indígenas del país de Canaán los que restablecieron plenamente la vida urbana pasado ese periodo intermedio. Además algunos de los lugares mencionados como Siquén, Hebrón y Berseba no han proporcionado hallazgos arqueológicos en el Bronce Intermedio. Sencillamente no estaban habitados en esa época. El retrasar el momento histórico de Abraham al Bronce Medio (2000-1550) tampoco mejora la situación ya que es el momento culminante de vida urbana  y grandes ciudades como Jasor, Megiddo o Guézer con descomunales murallas, palacios y templos deberían haber sido mencionadas en el relato y no fue así.

     Hay que mencionar también algunos anacronismos existentes en el texto. El primero es la mención a camellos, bien como rebaño o como en el relato de José utilizados para el comercio caravanero. Los camellos no fueron domesticados antes del año 1000 a.C. y su utilización profusa como animales de carga no sucedió hasta bastante después (anteriormente se utilizaba el burro como animal de carga en las caravanas comerciales). La mención a los productos que transporta la caravana de camellos a la que José es vendido como esclavo por sus hermanos - goma, bálsamo y mirra – revela una evidente familiaridad con los productos típicos del floreciente comercio caravanero del siglo VIII-VII que llevaban a cabo los árabes bajo supervisión del imperio asirio. Esto nos da una pista del momento de redacción del texto. Otro anacronismo es el encuentro de Isaac con “Abimelec rey de los filisteos” en la ciudad de Guerar (situada al noroeste de Berseba). Los filisteos no se asentaron en la costa de Canaán hasta después del 1200 a.C. El hecho de que se nombre a la ciudad de Guerar tanto en este pasaje como en otros de Abraham indica que esta ciudad era importante en el momento de la compilación del texto, pues bien en el momento de los patriarcas era un pueblo insignificante y sin embargo se convierte en un bastión poderosamente fortificado de la administración asiria en el sur de Canaán a finales del siglo VIII. Por lo tanto estos anacronismos sugieren un momento de redacción del texto en los siglo VIII y VII A.C.

     En los relatos de los patriarcas aparecen reflejados los conflictos de los reinos de Israel y Judá con sus vecinos pero de una época posterior, precisamente la de los siglos VIII y VII a.C. En la relación entre Jacob y su tío Labán (de Jarán al norte de Siria) con cuyas hijas Raquel y Lía se casa y de las tensiones que luego surgen llegando a erigirse un mojón para marcar la frontera entre ambos pueblos podemos ver las relaciones tumultuosas entre el reino hebreo del norte, Israel, y su vecino reino arameo Aram-Damasco, durante los siglos IX y VIII. El libro Deuteronomio llega incluso a calificar a Jacob como un arameo errante. Los arameos no aparecen históricamente mencionados antes del 1100 a.C. Ambos reinos Israel y Aram-Damasco formaron coaliciones contra enemigos comunes como Asiria y compitieron en otras ocasiones por la posesión de los fértiles valles entre el alto Jordán y Galilea. Esta parte del relato es una fuente “E”, por lo tanto del norte. Las tensiones entre los dos reinos hebreos, Israel y Judá, durante los siglos VIII y VII a.C. y sus vecinos orientales, los reinos de Amón y Moab, se ve reflejada en el menosprecio con el que el Génesis se refiere al origen de estos pueblos surgidos de la unión incestuosa de las hijas de Lot con su padre, al que emborracharon para conseguir descendencia después de huir de Sodoma. Lo mismo ocurre con el otro reino en conflicto con Judá, Edom, formado por los descendientes de Esaú; mientras Esaú se presenta como un hombre rudo su hermano menor Jacob es sensible y cultivado, el preferido de su madre Rebeca. Las pruebas arqueológicas indican que Edóm estuvo escasamente poblado y no se constituyó en reino hasta final del siglo VII a.C.  Y otro ejemplo más de que a través de la metáfora de las relaciones familiares de los patriarcas vemos reflejada la situación de los siglo VIII y VII: Ismael, el hijo menospreciado de Abraham y su esclava  Hagar retratado en el Génesis como “un potro salvaje: él contra todos y todos contra él” es el antepasado de los pueblos árabes situados al sur de Judá y que en el periodo mencionado realizaban un lucrativo comercio caravanero en la región.

     La historia de Isaac se desarrolla fundamentalmente en el sur de Judá, en concreto en la región de Berseba, en cambio la de Jacob se desarrolla en las colinas del norte y en Trasjordania , zonas que siempre habían sido de interés para el reino del norte Isarel. Para el historiador Martín Noth esto indica que el origen de los antepasados hebreos estaba en regiones muy distintas y que luego en un intento de  unificación se creó una genealogía común para crear una historia unificada. Pero en esta historia unificada es el reino del sur Judá el que obtiene la primacía mostrada en la estrecha relación de Abraham con Hebrón, la primera ciudad real de Judá (es allí en la cueva de Macpela donde se entierran los patriarcas) y es la tribu de Judá la elegida por Dios entre todas las demás según la última bendición de Jacob a sus hijos antes de morir.

     Todo lo indicado anteriormente encaja perfectamente si ahora nos trasladamos a la época del rey Josías, en el último tercio del siglo VII. Israel, el rico reino del norte, el que había construido grandes ciudades y suntuosos palacios, el que verdaderamente había alcanzado una cierta importancia histórica ha sucumbido arrasado por Asiria a finales del siglo VIII a.C. Judá se consideró el heredero material de todos los territorios israelitas, su mera supervivencia era una prueba de que había sido el elegido por Dios. Y así surgió una idea panisraelita con Judá como centro de la misma.

     El éxodo

     La constitución de una nación hebrea dentro de Egipto, su esclavitud y liberación frente al estado más poderoso de la tierra en se momento, Egipto, el peregrinaje por el desierto del Sinaí y la alianza de Dios con su pueblo elegido constituye un núcleo fundamental de la historiografía bíblica, al que se dedican cuatro libros: Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.

     La narración del libro Éxodo está llena de referencias geográficas concretas, mucho más que el libro Génesis, de modo que podemos hacer un rastreo más preciso para comprobar la veracidad histórica.

     El delta de Egipto siempre fue la meta para los pueblos circundante en momentos de crisis climáticas ya que al no depender la agricultura egipcia de los ciclos de lluvias, sino de las crecidas del Nilo, se constituyó como un refugio seguro al que acudir en épocas de malas cosechas. Arqueológicamente está atestiguada la presencia de cananeos en el delta durante el periodo del Bronce Medio II (1800-1600). En las excavaciones realizadas en Tel ed-Daba , la antigua Ávaris, en las tumbas de dignatarios aparece cerámica y armas cananeas, así como esqueletos de asnos u onagros, animal asociado a la realeza o a la élite nobiliaria de esa zona. Alguna escultura encontrada muestra la figura de un personaje con pose egipcia pero peinado tipo champiñón, según los usos cananeos o sirios. Las ciudades muestran también recintos amurallados inusuales en otras zonas y periodos históricos de Egipto. Históricamente es la época del segundo periodo intermedio, entre el Reino Medio y el Nuevo, y Manetón, el historiador egipcio de la época Ptolemaica (reinados de Ptolomeo I Ptolomeo II, siglos IV-III a.C.), nos lo presenta como un periodo oscuro y desgraciado en la historia de Egipto en el que fue invadido por un pueblo extranjero, al que denomina los “hicsos”, forma griega de una palabra egipcia que él traduce como “reyes pastores”, que en realidad significa “reyes de países extranjeros, y que se hicieron con el poder en el delta constituyendo las dinastías XV y XVI con capital en la ciudad de Ávaris.

     Esta denominación despectiva de reyes pastores que hace Manetón no se corresponde con la realidad histórica. En primer lugar no hubo tal invasión sino un progresivo y pacífico asentamiento hasta que en un momento de debilidad de la administración estatal toman el poder en el delta. En los años precedentes a estos hechos numerosos asiáticos ocupaban cargos en la administración. Por otra parte tampoco es cierto que un puñado de desarrapados asiáticos se hiciesen con el poder. Por el contrario es este el momento de mayor desarrollo urbanístico de la franja siria-cananea. Ciudades sirias como Mari, Alepo o Qatna mantienen un floreciente comercio con todo el área mediterránea, tanto de la costa como de larga distancia, Creta o Chipre y resto del mundo egeo. Y lo mismo ocurre en Canaán donde ciudades como Jasor, Megiddo, Guezer o Siquén construyen grandes palacios, fortalezas amuralladas y concentran a poblaciones de miles de habitantes. Este es el momento álgido del desarrollo urbano que no alcanzará cotas tan altas en épocas posteriores. La presencia cananea en Egipto modernizó a este país incorporándolo al floreciente comercio que se desarrolla por todo el mediterráneo oriental. Atraído por la riqueza del delta, el reino del sur, Tebas que ha quedado aislada de estos suculentos negocios, iniciará al final de este periodo la denominada guerra de “liberación” hasta unificar de nuevo todo Egipto con la dinastía XVIII del Reino Nuevo.

     Ahora bien, ¿podemos asociar este periodo histórico al relato bíblico del pueblo hebreo asentado en Egipto, que prospera, que luego es esclavizado y tiene que huir perseguido por el faraón? Analicemos los datos:

  • Según 1 Reyes 6,1 El templo de Jerusalén se comenzó a construir en el cuarto año del reinado de Salomón y 480 años después del comienzo del éxodo, lo que nos da una fecha de 1440 a.C. Las fuentes históricas nos dicen que la expulsión de los hicsos tuvo lugar en torno a 1570 a.C., o sea un siglo antes.
  • En Éxodo 1, 11 se menciona que los israelitas, sometidos a trabajos forzados, tuvieron que construir la ciudad de Ramses. Efectivamente durante el reinado de Ramses II se construyó en el delta la ciudad de Pi-Ramsés y se utilizaron para ello trabajadores semitas, pero el reinado de este faraón de la dinastía XIX ocurrió entre 1279-1213 a.C. por lo tanto casi dos siglos después.
  • La presencia en Egipto de un pueblo semita diferenciado con nombre de Israel tenía que haber aparecido en la documentación egipcia especialmente en el detallado archivo encontrado en Tell-el-Amarna correspondiente al reinado de Akenatón en el siglo XIV a.C. y no es así. La primera mención a Israel es de una época muy posterior, hay una breve mención en la estela del faraón Merneptah (1213-1203) que se encuentra en el templo de Seti I en Abido. En la estela que data de 1208-1207 se narra la victoria del faraón contra los libios y los primeros pueblos del mar y en ella se menciona brevemente a Israel: “... Israel está derribado y yermo, no tiene semilla...”, no obstante hay que indicar que el signo jeroglífico que precede al nombre de Israel indica población pero no estado, ni región ni ciudad.
  • A partir de la política expansiva del faraón Tutmosis III (1490-1436 a.C.) Egipto controla toda la franja de Canaán y Siria. Se crea entonces el llamado  “Camino de Horus”, una serie de fortines regularmente emplazados para aprovisionamiento de tropas en caso de desplazamiento del ejército para sofocar cualquier rebelión y al mismo tiempo como puestos de control para el movimiento de los grupos nómadas entre el desierto del Sinaí y el delta. Un movimiento de un grupo tan numerosos de personas (600.000 según el texto)                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     no hubiese pasado desapercibido, máxime si estaban siendo perseguidas por el faraón, y se habrían generado informes. El nombre de Israel no aparece por ningún lado, ni como posible enemigo, ni como amigo, ni como nación esclavizada en Egipto.
  • Según el relato bíblico los israelitas vagaron por el interior de la península del Sinaí durante cuarenta años acampando en diferentes lugares, en algunos de ellos durante largos periodos de tiempo hecho que debiera haber dejado alguna huella arqueológica. Uno de estos lugares es Cades Barne cuyo emplazamiento aparece claramente detallado en Números 34. Los arqueólogos lo han localizado en el oasis Ein el-Qudeirat, en el Sinaí oriental, en la frontera actual entre Egipto e Israel. A pesar de las prospecciones realizadas no se ha encontrado ningún resto de la Edad del Bronce. Otro lugar mencionado y claramente identificado es Esión Gueber situado junto al golfo de Aqaba en el que tampoco se ha encontrado ningún resto del Bronce Reciente. La narración bíblica cuenta también cómo los israelitas se enfrentaron al rey cananeo Arad, “que habitaba en el Negueb”, y con los reinos de Edom, Moab y Amón en la transjordania. Las excavaciones llevadas a cabo en Tell Arad, al este de Berseba, indican ocupación en la Edad de Bronce Antiguo y en la Edad del Hierro pero desocupación durante el Bronce Reciente (1550-1150). Igualmente podemos decir de los reinos de Edom, Moab y Amón escasamente poblados en este periodo y que no existieron como estados centralizados con un rey hasta mucho después.

     En resumen, aunque los nombres de algunos lugares del peregrinaje están localizados o tienen una etimología egipcia, no parece que correspondan a lugares habitados en el periodo de referencia y por otra parte no se hace ninguna mención a algún faraón en concreto que pudiera esclarecer mejor la fecha del éxodo, mientras que en relatos bíblicos de una historia más reciente de Israel sí se mencionan a faraones como Sisac (Sesonquis I de la dinastía  XXII, 945-924) y Necó (Necao II, dinastía Saíta) .

     Todo encaja mejor si nos situamos en el siglo VII a.C. y pensamos que el texto se redactó en ese momento. En la segunda parte del siglo VII los faraones Psamético I y Necao II de la recién inaugurada dinastía Saíta (dinastías XXVI) se proponen recuperar la antigua gloria de Egipto, aprovechando el respiro que les da el decaimiento del imperio asirio. Los asirios años atrás habían acosado las ciudades del delta e incluso el rey Asurbanipal había subido hasta Tebas arrasando la ciudad en el año 663. Ambos faraones emprenden una intensa labor constructiva de ciudades en el delta, o de recuperación de las anteriores, y de obras públicas de gran envergadura como la construcción de un canal en el istmo de Suez para comunicar el Mar Rojo con el Mediterráneo (a través del Nilo) llevada a cabo por Necao II. Está constatado que en estas obras intervinieron pueblos semitas, de hecho el profeta Jeremías (finales del siglo VII a.C.) nos habla de una colonia de emigrantes de Judá instalada en el delta del Nilo. A medida que los asirios van dejando libre la zona de Canaán los egipcios comienzan a ocuparla tratando de emular la gloria de los antiguos faraones. Es también el momento en que el rey Josías vive un momento de exaltación nacionalista y quiere hacerse con los territorios del reino del Norte, Israel, conquistado anteriormente por Asiria, y por lo tanto sus intereses se ven enfrentados a los de Egipto, el cual es visto ahora como un feroz enemigo. De hecho Josías fue muerto en un enfrentamiento con  los ejércitos egipcios del faraón Necao cuando este atravesaba Judá en auxilio de loa asirios ahora acosados por Medos y Babilonios.

     Los lugares del éxodo antes mencionados sí fueron ocupados en este periodo del siglo VII, algunos exclusivamente en este periodo. Aunque el relato del éxodo fuese redactado en esta época tampoco puede decirse que fuese una historia enteramente inventada. El recuerdo de los hicsos y su expulsión de Egipto seguido de la dominación egipcia en toda la zona de Canaán en los siglos siguientes tuvo que dejar una huella imborrable en la memoria de todos los pueblos cananeos y que en este momento es resucitada y plasmada en un relato justo cuando el reino de Judá alcanza una cierta prosperidad y necesita del fervor nacionalista para su posible expansión.

     La conquista de Canaán

 

     El libro de Josué cuenta la campaña militar de las doce tribus de Israel contra los poderosos reyes cananeos hasta hacerse con el control de Canaán, su tierra prometida por Ywhw. Tras vagar cuarenta años por el desierto Moisés, antes de morir en el monte Nebo en el país de Moab, transmite a su lugarteniente Josué las instrucciones recibidas de Dios: limpiar el país de idolatría lo que significaba realizar un exterminio completo de los cananeos. Algunos de sus pasajes más famosos son  la caída de las murallas de Jericó, la detención del sol sobre Gabaón o el incendio de la gran ciudad cananea de Jasor.

     Casi todas las ciudades mencionadas en la conquista, Jericó, Ay, Gabaón, Laquis, Jasor, etc. han sido localizadas y excavadas pero no ha aparecido ninguna prueba contundente de tal conquista.

     Según la cronología bíblica la conquista se produciría entre 1230 y 1220 a.C. Según se comentó en el apartado anterior en esta fase final del Bronce Reciente el panorama de las ciudades cananeas es muy diferente al de la etapa anterior. Muchas ciudades habían sido abandonadas, otras se habían reducido y la población que había disminuido y ruralizado no alcanzaría más de cien mil habitantes, nada por lo tanto parecido a las poderosas ciudades cananeas que los israelitas decían haber conquistado. Egipto controlaba toda la zona según muestra la numerosa correspondencia recogida en los archivos de Tell-el-Amarna. Estos archivos se corresponden a los reinados de los faraones Amenofis III y Akenatón, es decir al siglo XIV a.C. La arqueología también muestra la presencia egipcia, con restos de residencias de gobernadores egipcios y dependencias para la guarnición. Canaán era una provincia o colonia de Egipto, con capital en Gaza. En el siglo siguiente, en el que supuestamente se produce la conquista por los israelitas, no se dispone de tanta información sobre la correspondencia entre Egipto y Canaán pero es evidente que durante el reinado del poderoso faraón Ramses II (1279-1213 a.C.) el control sobre la zona continuó. Por lo tanto Egipto no hubiese permitido tal conquista y en cualquier caso se tendrían informaciones de tal hecho. Tan sólo tenemos la mención de la estela del faraón Mirneptah (hijo de Ramses II) en 1207 en la que aparece mencionado Israel como una población no muy importante y que acaba de ser destruida.

     Los hallazgos iniciales de la arqueología impulsada por el omnipresente William Foxwell Albright y fervoroso defensor de la autenticidad histórica de la Biblia  en el primer tercio del siglo XX parecían confirmar los relatos bíblicos de la conquista al encontrar algunas ciudades o localizaciones con restos de destrucción e incendios, pero un análisis más riguroso desmontó pronto esa teoría. En el caso de Jericó, la ciudad destruida al son de las trompetas y el paso del arca de la alianza alrededor de sus murallas, resultó que no tuvo poblamiento en el siglo XIII y el del siglo XIV fue pobre y sin restos de muralla. En el caso de Ay, la siguiente ciudad conquistada por Josué, ocurrió algo parecido, fue una monumental ciudad en el Bronce Antiguo pero sin restos arqueológicos en el Bronce Reciente. Gabaón la ciudad arrasada por Josué ante la cual Josué pidió a Yahvé que se detuviera el sol para completar la destrucción tampoco ha mostrado restos del Bronce Reciente, aunque sí en el Bronce Antiguo o Edad del Hierro. En el caso de las grandes ciudades cananeas Betel, Laquis, Jasor, Megiddo, Asdod, etc. su destrucción comprobada responde a otras causas. Alrededor del 1200 a.C. en la frontera entre el Bronce Reciente y la Edad del Hierro se produce una convulsión generalizada en todo el Mediterráneo Oriental. Es la época conocida como la de las invasiones de “Los pueblos del mar”. Esta visión tradicional de invasiones externas ha quedado hoy día descartada. En este periodo se viene abajo la sociedad micénica, el imperio hitita y Egipto está en decadencia. Las causas pueden ser varias desde agotamiento de un determinado modelo económico, hasta un brusco cambio climático. Lo cierto es que se producen hambrunas, migraciones de poblaciones desarraigadas, revueltas sociales, desórdenes y caos social. Se ha comprobado que muchos de los pueblos del mar mencionados por las inscripciones del faraón Ramses III provienen del área del Egeo, del sur de Anatolia o del área siria, no hay pues invasiones externas. Uno de estos pueblos desplazados que ejercen la piratería, los filisteos, de procedencia micénica se asientan en el  sur de Canaán destruyen sus ciudades y sobre los restos fundan otras nuevas. Las cerámicas de estilo micénico que aparecen sobre el nivel de destrucción en ciudades como Asdod lo atestiguan. En esta convulsión social y ante el vacío de poder exterior otras  ciudades aprovecharían también para saldar cuentas y dar rienda suelta a su rivalidad. Los momentos de destrucción de las ciudades son diferentes y abarcan todo el siglo XI a.C.

     En resumen las causas de destrucción de ciudades fueron varias, una invasión procedente del mar, una crisis social, luchas civiles o rivalidades entre ciudades, pero desde luego no una única campaña militar.

     En la época de Josías, siglo VII, unificar antiguas leyendas bajo un único relato de conquista de todos los israelitas, en el que se podían ver identificados tanto los hebreos del norte como los del sur, apoyaba los deseos expansionistas del reino de Judá que deseaba anexionarse los territorio de Israel, reino del norte, conquistado y convertido en provincia asiria. Hay un paralelismo claro entre la figura de Josué que conduce a su pueblo hasta la victoria y el papel que quiere representar el rey Josías. Como también lo hay entre las normas que Josué dicta a su pueblo para no casarse con mujeres cananeas y el problema con el que se ha de enfrentar Josías en los territorios del norte a donde los asirios han trasladado poblaciones extranjeras en sustitución de la población israelita deportada a Asiria, y donde se estaban produciendo numerosos matrimonios mixtos.

     Nota de Mario Liberani: La historia de la conquista es una proyección de una solución utópica para los problemas que se les planteaban a los repatriados que volvían del exilio babilónico entre los siglos VI y V. Este retorno se produjo de forma escalonada a lo largo de casi un siglo (de 538 a 446), durante los reinados de los reyes persas Ciro, Darío y Artajerjes. No todos volvieron sino que muchos prefirieron seguir en la diáspora. La Biblia habla de unos 40.000 repatriados pero esta cifra parece excesiva. Sólo una parte de la población judía había sido exiliada: familia real, personal administrativo del palacio o templo, sacerdotes, en general las clases dirigentes o con peso específico en la sociedad hebrea. Las tierras y posesiones abandonadas habían sido ocupadas o apropiadas por los campesinos del pueblo hebreo que se quedaron o del pueblo cananeo que también ocuparon el vacío dejado. Ante el problema que suponía la recuperación de las propiedades perdidas cabían diferentes soluciones. Una pacífica mediante acuerdos con la población residente y otra que suponía una nueva conquista por la fuerza. La primera línea  es la que ha prevalecido en el relato de los patriarcas y la segunda línea dura es la que está presente en la historia de la conquista y que sería redactada por una facción extremista de la “escuela deuteromista”. Desde luego en el retorno de los exiliados éstos no actuaron de esta manera, de forma que la historia contada en el libro de Josué no sólo no es fiable por la reconstrucción que hace de una “conquista mítica” del siglo XII, sino que ni siquiera es fiable por la reconstrucción que hace de la peripecia del retorno del siglo VI-V. Es un manifiesto utópico que pretende dar fuerza a un proyecto de regreso que no se verificó nunca en esos términos.

     Resulta por otra parte infantil la argucia del redactor al presentar como pueblos exterminados en la conquista a aquellos que realmente no existieron nunca en Palestina, si acaso exclusivamente en las leyendas populares. La utilización de los términos hititas y amorreos está tomada de la costumbre babilónica de designar como Hatti o Amurru a toda la región de su occidente es decir Siria y Palestina. Otros nombres como refaítas, jebuseos, jevesos, etc. están tomados de leyendas locales. El único término no anacrónico para el siglo XII es el de cananeos. En contraste aparecen como no exterminados los pueblos que sí seguían existiendo en el siglo VI: filisteos, amalecitas, moabitas, etc. Fin nota 

     ¿Quiénes eran los israelitas? 

     Si los israelitas no conquistaron Canaán, ¿de donde procedían?

     A la teoría de la invasión unitaria, defendida por William Foxwell Albrihgt, que defiende la exactitud del libro de Josué y que ya descartamos en el apartado anterior le sucedieron dos nuevas teorías. La primera de ellas denominada de “infiltración pacífica” fue defendida por primera vez en la década de 1920 por el biblista alemán Albrecht Alt. Según su teoría los primitivos israelitas eran pastores trashumantes que recorrían con sus rebaños los márgenes del desierto jordano y los pastos de las tierras altas en migraciones estacionales. En un momento determinado, en torno al comienzo de la edad del Hierro (1200), esta población comenzó a asentarse en las tierras altas poco pobladas y empezó a practicar una agricultura, en principio de subsistencia, junto con la ganadería. A medida que los poblados fueron creciendo y las necesidades de tierras y agua también, empezarían los conflictos con las ciudades cananeas, y estas escaramuzas territoriales serían el trasfondo de la posterior narración bíblica del libro de los Jueces. A partir de 1960 esta tesis fue adquiriendo credibilidad gracias a los hallazgos del arqueólogo israelita Yohanan Aharoni, defensor de la teoría de Alt, que parecían confirmar la hipótesis de una infiltración paulatina y pacífica.

     La otra teoría propuesta alrededor de 1970 por el biblista norteamericano George Mendenhall y desarrollada después por el biblista y sociólogo Norman Gottwald indica que los primitivos israelitas no fueron ni un pueblo invasor ni nómadas infiltrados sino campesinos cananeos que se rebelaron y huyeron hacia las tierras altas. El motivo sería el progresivo deterioro de las ciudades cananeas, donde el aumento de impuestos en periodo de crisis, las desigualdades sociales y el mal trato y abusos recibidos tanto de la elite territorial como de las autoridades egipcias provocaron una revolución social. Una parte de esta población desarraigada se convirtió en bandoleros o mercenarios y otra se asentaría en las montañas donde constituyeron una sociedad más igualitaria. Los primeros podrían ser los “apiru” mencionados en fuentes egipcias y los segundos el grupo israelita. Gottwald proponía además que la llegada de algún grupo procedente de Egipto habría aportado las ideas monoteístas surgidas en la revolución religiosa del faraón Akenatón. Esta visión tan romántica no tuvo ningún respaldo arqueológico ya que el estilo de arquitectura y cerámica de los asentamientos en las tierras altas no tenía nada que ver con el de las ciudades cananeas de donde se suponía que procedían estos pobladores.

     Los estudios arqueológicos realizados en extensión en todas las tierras altas de Judea y Samaria desde 1940 y sobre todo a partir de 1967 han revelado que en torno al 1200 a.C. se produce una espectacular transformación social con la aparición de unas 250 comunidades, sin señales de invasión violenta. Dado que muchas de estas comunidades continuaron estando pobladas hasta bien entrado el periodo de las monarquías de Judá e Israel podemos suponer que sus habitantes fueron los primeros israelitas.

     Estas aldeas se encontraban situadas en las colinas y orientadas hacia los estrechos valles que suben desde los desiertos del este, es decir muy alejados de las ciudades cananeas de la franja litoral o de los fértiles valles del oeste.

     Las excavaciones realizadas en profundidad en algunos de estos asentamientos nos indican que existía un patrón uniforme en la forma de vida. Se trata de pequeñas aldeas de unos 150 adultos y unos 50 niños. El conjunto de población en torno al año 1000 a.C. no sobrepasaría los 45.000 habitantes. El tamaño de las casas es semejante, la cerámica es tosca, no existen objetos de lujo ni de importación, no existen edificios públicos ni palacios o almacenes. Tampoco han aparecido huellas de culto. Es decir se trata de una sociedad igualitaria que practicaría una agricultura de subsistencia y también ganadería. En la fase más antigua del asentamiento aparecen edificios en forma oval con habitaciones que rodean un patio central probablemente para el ganado, lo que recuerda mucho a los campamentos de beduinos que sitúan sus tiendas rodeando al aprisco. Todo indica que los primeros israelitas eran pastores nómadas que se transformaron en agricultores. Con el paso del tiempo y a medida que se fueron desplazando hacia el oeste la agricultura de subsistencia se transformó en un cultivo más especializado de vid y olivo mejor adaptado a las abruptas tierras del oeste y que proporcionaba un comercio más lucrativo.

     Esta transformación de pastoreo nómada a agricultura sedentaria no es nada infrecuente entre las poblaciones que viven en los márgenes del desierto en esta zona de Palestina y Siria. En la zona de Siria a comienzos del siglo XX muchos agricultores se transformaban en nómadas para huir del reclutamiento del ejército otomano o evitar los impuestos crecientes. Agricultores y pastores nómadas siempre han mantenido una relación de interdependencia: los habitantes de los poblados agrícolas necesitan de la carne, leche y pieles que les proporcionan los pastores y éstos necesitan los cereales para equilibrar su dieta demasiado rica en grasas. Sin embargo mientras que los agricultores pueden sobrevivir, si es necesario, de forma autosuficiente los pastores nómadas no. De forma que durante el periodo de crisis urbana generalizada que se produjo en torno al 1200 dejarían de existir excedentes de grano con los que comerciar y las poblaciones nómadas se verían obligadas a practicar ellas mismas la agricultura. Las excavaciones que en tiempos recientes se han realizado en estratos más profundos han revelado que este proceso de sedentarización del 1200 a.C. no ha sido el único sino que se han producido otras dos oleadas colonizadoras, la primera en el Bronce Antiguo entre el 3500 al 2000 con 100 asentamientos y la segunda en el Bronce Medio entre el 2000 al 1550 con 220 asentamientos. Entre estas oleadas hay periodos de crisis en los cuales se abandonan la mayoría de los asentamientos aunque estos no llegan nunca a desaparecer. Los huesos animales desenterrados en los periodos de crisis indican una disminución notable de ganado vacuno y un gran aumento de huesos de cabras y ovejas lo que indica una disminución de las tareas agrícolas para las que se usaba el ganado vacuno y un aumento del pastoreo.

     En la región transjordana donde luego aparecieron los reinos de Amón, Moab y Edón se registra arqueológicamente un proceso similar. Sin embargo hay al menos una característica que diferencia a los pobladores de las tierras altas centrales de Judea y Samaria de los de los tierras de la margen este del Jordán o a los pobladores de épocas anteriores al comienzo de la Edad del Hierro y es que entre los restos de huesos de animales nunca aparecen los del cerdo. Por algún motivo esos antiguos pobladores se diferenciaron étnicamente, al menos en sus hábitos alimenticios, del resto de poblaciones de Canaán.

     En conclusión los primeros israelitas fueron también cananeos. La aparición del primitivo Israel no se debe a la conquista, fue el resultado del colapso de la cultura cananea, no su causa. La mayoría de las personas que formaron el primitivo Israel eran gentes del lugar.

     La legendaria monarquía unificada

 

     El periodo de la monarquía unificada de los reyes David y Salomón (c.1005-c.930 a.C.) es representado en la Biblia como la edad de oro en la historia de Israel. Según el relato David realizó una arrolladora expansión del reino derrotando definitivamente a los filisteos de la costa, en la Transjordania a amonitas, moabitas y edomitas, e incluso en remotas regiones del norte a los arameos de Siria. Estableció la capital en Jerusalén y desde allí reino sobre un territorio mucho más extenso que el de la primitiva conquista de Canaán. Su sucesor Salomón desplegó una gran actividad constructora, edificando el templo y palacio de Jerusalén, reconstruyendo las grandes ciudades cananeas destruidas por la conquista como Jasor, Megiddo y Guézer, y creando un gran imperio comercial asociado al rey Jirán de Tiro. La fama del rey llegó hasta todos los confines de la tierra y hasta la exótica reina de Saba fue a visitarlo.

     Siempre se había considerado esta época como la primera verdaderamente histórica en el relato bíblico ya que la arqueología parecía hasta hace poco corroborar los hechos, los signos de destrucción en los restos de las ciudades filisteas podía atribuirse perfectamente a las conquistas de David y el hallazgo de los restos de grandes palacios en las ciudades de Jasor, Megiddo y Guézer a la actividad constructora de Salomón.

     Sin embargo estudios más recientes con una mejor datación de fechas y nuevas excavaciones arqueológicas han dado al traste con la impresión inicial.

     En primer lugar resulta extraño que un imperio tan floreciente en Palestina no sea mencionado ni en las crónicas egipcias ni mesopotámicas de la época. No obstante la figura del rey David sí debe ser histórica ya que en 1993 se encontró en el norte de Israel una inscripción en arameo que narra la campaña de un rey sirio, probablemente Jazael rey de Damasco, contra los reyes de Israel y Judá en torno a 835 a.C. en la que se menciona al rey de Judá como rey de la casa de David. La inscripción dice así:

     [maté a Jo]rán, hijo de [Ajab] rey de Israel, y maté a [Ocoz]ías hijo de [Jorán, re]y de la casa de David. Y [arruiné sus ciudades y convertí] su país en una tierra [desolada].

     Las excavaciones que se han hecho en la parte antigua de Jerusalén no muestran datos significativos de ocupación en esta época y mucho menos de grandes construcciones como el templo y el palacio de Salomón. Parece como si la Jerusalén del siglo X no hubiese existido. Los defensores de la exactitud histórica de la Biblia aducen que los restos han desaparecido debido a los movimientos de tierras que provocó la actividad constructora posterior en tiempos del rey Herodes, sin embargo sí se encuentran restos de épocas anteriores y posteriores: Edad del Bronce Medio y últimos siglos de la del Hierro. En cualquier caso todo parece indicar que la población debió ser bastante reducida, Jerusalén era una aldea con menos de mil habitantes. Parece poco creíble que desde esta aldea se gobernase un imperio tan extenso que llegaba desde el mar Rojo hasta el Eúfrates en Siria.

     Las prospecciones arqueológicas en el resto del territorio que ocupaba el antiguo reino de Judá también nos indican que en la época de los reyes Saúl, David y Salomón siguió siendo un país relativamente despoblado, con unos pocos miles de habitantes, y muy aislado por su orografía, con un terreno pedregoso poco apto para agricultura extensiva y sin centros urbanos de importancia. En las tierras altas sigue el proceso de colonización iniciado en la Edad del Hierro mientras en los valles y litoral la cultura cananea prosigue sin interrupción.

     En contraste con las tierras altas del norte, territorio del reino independiente de Israel, con sus valles más abiertos y mejor comunicados con las regiones vecinas, Judá siempre fue una zona marginal para la agricultura, tan solo hoy día después de la labor de limpieza del terreno pedregoso realizada durante tantos siglos se puede practicar una agricultura extensiva. Por el este y sur Judá está rodeado por los desiertos de Judea y Neguev y por el oeste en dirección a las fértiles estribaciones de la Sefela y la llanura costera la cordillera se hunde bruscamente y hace difícil también las comunicaciones. Parece poco creíble que desde este territorio tan pobre, abrupto y aislado se crease una monarquía que unificase también los más prósperos territorios del norte y que además tuviese la capacidad militar para realizar las conquistas de las que nos habla la Biblia. La realidad nos lleva a suponer que en las tierras altas existieron siempre dos entidades distintas, de las que la del sur era la más pobre y menos influyente, hasta que adquirió un repentina preeminencia tras la caída del reino del norte Israel. Ambos territorios compartían muchas leyendas de un pasado antiguo y común, hablaban la misma lengua o dialectos parecidos y ambos adoraban a YHWH (entre otros dioses), pero Judá era poco más que el interior rural de Israel.

     En cuanto a la datación obtenida inicialmente de los yacimientos donde se vinculaban niveles de destrucción de ciudades filisteas a las conquistas del rey David y la de los palacios de Jasor, Megiddo y Guézer a la actividad constructiva del rey Salomón, se ha demostrado posteriormente que contenía un error de varias décadas. La mayor precisión de los métodos actuales de datación por Carbono 14 lo atestigua. En el caso de los restos davídicos se estaba utilizando una argumentación circular. Basándose en el relato bíblico se suponía que la cerámica de estilo filisteo desaparecía al llegar el año 1000 por las conquistas judías, de modo que al primer estrato en el que no aparecía esta cerámica se le atribuía esta antigüedad. Hoy día ya no podemos estar seguro que el estilo de cerámica filistea no se siguió utilizando hasta bien entrado el siglo X. En cuanto a los restos palacianos de las ciudades de Jasor, Megiddo y Guézer se ha comprobado que por su estilo arquitectónico y cerámica contenida su origen se remonta a principios del siglo IX, varias décadas después de la muerte de Salomón. Fueron construidos por monarcas posteriores del reino independiente de Israel.

     Una vez más puede decirse que el relato bíblico, aún cuando puede recoger recuerdos o leyendas populares mantenidos por la tradición, sirve a los intereses políticos y religiosos del rey Josías del Judá del siglo VII. La fascinante historia de  la monarquía unificada bajo el rey David con su corte instalada en Jerusalén y el esplendor de su reinado fruto de la alianza y el beneplácito de su Dios Yahwé, aportaba legitimidad a las pretensiones de Josías para hacerse con los territorios del destruido reino del norte.

     Del mismo modo podemos ver trasplantadas al pasado la visión y realidades del Judá del siglo VII. La visita de la reina de Saba, socia comercial de Salomón, y el comercio de productos exóticos traídos de lejanas tierras tiene mucho que ver con el lucrativo comercio árabe en el que estaba implicado el reino de Judá del siglo VII.

     Nota de Mario Liberani: Según Mario Liberani se crearon en paralelo dos miniestados el de Saúl y el de David. El de Saúl abarcaría el pequeño escenario geográfico de las tribus Efraím y Benjamín (por encima de Jerusalén al sur y por debajo de Siquem al norte, al este llegaría hasta el Jordán frontera con el reino de Amón que también se está formando en ese momento y al oeste con la llanura costera en manos de los filisteos). Saúl muere precisamente en enfrentamiento con los filisteos y a la muerte de su hijo Isbaal el consejo de ancianos decide unirse al reino de David que se había formado al sur en el territorio de la tribu de Judá. El territorio del reino de David también es muy restringido. El liderazgo de éste comienza como jefe de una partida de bandoleros, que acoge a su lado a miembros de su clan y a proscritos (hebreos en el sentido de habiru), y se convierte en rey de Judá e Israel a partir de dos hechos: la unión del reino de Saúl y la toma de la ciudad de Jerusalén que aún era una ciudad cananea.

     Siguiendo con opiniones de Mario Liberani, la fama del rey Salomón está ligada sobre todo a la construcción del templo de Yavé y del palacio real. Estos edificios con las dimensiones referidas en la Biblia superan con mucho es espacio disponible en la pequeña ciudad de Jerusalén que la arqueología permite atribuir al siglo X. Estas grandes construcciones son de la época persa (posterior a la cautividad) y su construcción se proyectó al pasado en el relato bíblico para darles un mayor valor fundacional. En cuanto al episodio de la reina de Saba también resulta muy novelesco. En primer lugar las reinas no viajaban en las caravanas y en segundo lugar el pequeño reino de Salomón quedaba fuera del tráfico caravanero: en el siglo X la ruta caravanera procedente del Yemen se dirigía a Transjordania y desde allí doblaba hacia el norte para ir a Damasco, Palmira y los centros de la cuenca media del Eúfrates. Será el interés por participar de este rico comercio por el que los reyes de la dinastía Omrita entrarán en conflicto con los arameos de Aram-Damasco.

     La historia posterior

 

     Al comenzar el siglo IX Israel estaba preparado para convertirse en un estado plenamente desarrollado, con estratificación social, maquinaria burocrática y una actividad económica próspera que le proporcionaba el cultivo especializado de vid y olivo. Ello le permitía un lucrativo comercio con las ciudades cananeas del litoral e incluso con Egipto. En Israel se crearon varios centros regionales como Megiddo, Yezrael y Samaria que estaban fortificados y disponían de complejos palacianos construidos con sillares de piedra. Nada de esto ocurría en Judá donde sólo se alcanzaría este desarrollo al llegar el siglo VII.

     Sospechosamente la Historia Deuteronómica redactada en el siglo VII ofrece una visión muy negativa tanto de las diez tribus del norte a las que acusa de pusilánimes y fracasadas por no cumplir con el mandato divino de aniquilar a las ciudades cananeas de su zona, como de idolatría y perversión a todos los reyes de la monarquía independiente del norte.  Esta acusación de idolatría y perversión se centra especialmente en los reyes de las dinastía omrita Omri, Ajab, Ococías y Jorán que reinaron en Israel entre 884 y 842 a.C.

     A pesar del desprecio del relato bíblico es el periodo histórico más brillante de ambos reinos hebreos. Por primera vez Israel es una estado importante en la zona de Oriente Próximo y es mencionado en varias fuentes históricas. Omri construye una nueva capital del reino en Samaria, su hijo Ajab casa con la princesa fenicia Jezabel, lo que da una idea de la importancia alcanzada por Israel, y que da pie al redactor bíblico para lanzar diatribas contra el rey por permitir levantar ídolos a Baal, el dios fenicio de su esposa, y perseguir a los sacerdotes de Yahwé. El reino de Israel se extiende desde las proximidades de Damasco por el norte donde entra en conflicto con el reino de Aram-Damasco hasta muy al sur del Jordán  donde realiza incursiones en el reino de Moab. También controlaría las ciudades cananeas de las llanuras como Jasor, Megiddo o Guézer, debilitadas o destruidas al final del siglo X por las incursiones del faraón egipcio Sisac (Sesonquis, de la dinastía libia). Disponemos de tres inscripciones que muestran la importancia militar alcanzada por el reino. La primera es del rey asirio Salmanasar III quien en el año 853 a.C. lanzó hacia el oeste una campaña con el fin de conquistar toda la zona de Siria, Palestina y la costa fenicia, en su relación de fuerzas adversarias es la israelita del rey Ajab la más poderosa especialmente en carros de guerra (2000). Aunque el rey asirio se arroga la victoria de la batalla de Karkar, no debió ser así exactamente ya que los asirios se retiraron y tardaron algún tiempo en volver a intentarlo. La segunda inscripción se encuentra en la ciudad bíblica de Dan y se corresponde a la campaña del rey de Damasco Jazael contra Jorán de Israel y Ocozías de Judá, ya mencionada anteriormente y en la que aparece la primera mención histórica a la casa de David, de Judá. Jazael menciona que el rey de Israel había entrado previamente en el territorio de su padre, lo que muestra la actividad expansionista de la dinastía omrita. La tercera mención es la inscripción del rey Mesá de Moab, al este del mar Muerto, que narra las incursiones del rey Omrí y su hijo Ajab en su territorio.

     Los reyes omritas desarrollaron una amplia actividad constructora. A ellos se deben los palacios de Samaria, Megiddo, Jasor y Yezrael realizados con técnicas constructivas innovadoras en la zona. Algunos de estos palacios se habían atribuido inicialmente a la época salomónica, un siglo anterior, pero la similitud de estilos, la cerámica encontrada y el paralelismo con otros palacios del norte de Siria de esta época no dejan lugar a dudas sobre la datación correcta. Desaparece de esta manera todo vestigio real del supuesto esplendor de una monarquía unificada bajo David y Salomón.

     Nota de Mario Liberani: Durante esta fase (siglos X-IX) Israel sigue el proceso de estabilización y crecimiento que tiene lugar en todo el levante: reinos arameos de Hamat y Damasco, reino unido de Tiro y Sidón  y toma forma también en el este el reino de Moab. El reino de Judá en este periodo actúa como vasallo del de Israel: en la expedición para la conquista de Ramot Galaad, Acab ( o Ajab) de Israel va acompañado de Josafat rey de Judá; en la revuelta de Jehú que acaba con la dinastía Omrita, Joram de Israel también está acompañado de Ocozías de Judá hijo de la princesa israelita Atalía, hija de Omri, y así mismo en la expedición contra el rey Mesa (o Mesá) de Moab, Jorán está acompañado de los reyes de Judá y Edom, ambos vasallos suyos. La casa de David a la que tradiciones posteriores atribuyeron una gloria absoluta en realidad sobrevivió de mala manera durante una centuria en una situación de subordinación (primero de Egipto y después de Israel) dilapidando sus modestas riquezas y sucumbiendo en un baño de sangre con el exterminio llevado a cabo por  Atalía de todos los herederos de su hijo Ocozías a la muerte de éste y de Jorán de Israel a manos de Jehú. Fin de la nota

     La desaparición de la dinastía omrita con la muerte en batalla o asesinato del rey Jorán tiene que ver con la reacción aramea de desde Damasco inicia su rey Jazael. Éste lanza una ofensiva en el año 835, recupera los territorios perdidos y ocupa algunas ciudades del norte de Israel (recuérdese la estela de Dan). Después la poderosa máquina militar del imperio asirio se pone en marcha y se dirige contra  el reino más poderoso de la franja mediterránea, el de Aram-Damasco, sitiando y conquistando la ciudad. Esto da un respiro a los israelitas quienes tras declararse vasallos de Asiria viven un periodo de paz y prosperidad durante los 41 años del reinado de Jeroboan II. El relato bíblico nos habla de las críticas que los profetas Amós y Oseas lanzan contra el rey Joroboán II y su aristocracia, por su opulencia, por las desigualdades sociales y por su alianza con Asiria. Una parte de las construcciones con aspecto de ser caballerizas encontradas en el yacimiento de Megiddo, atribuidas inicialmente a Salomón y posteriormente al rey Ajab, pueden ser de esta época. La fama alcanzada por Israel en la cría de caballos y su utilización en los carros de guerra pudo ser tenida en cuenta por los asirios para aprovisionar su ejército.

     Tras la caída de Damasco ahora le toca el turno a Israel. Un nuevo rey sube al trono del imperio asirio, Tiglatpiléser (Teglatfalasar) III, y da paso a un periodo de brutalidad en el trato a sus pueblos vasallos. En Israel coincide con una etapa de decaimiento de la monarquía en la que varios reyes se suceden tras cortos reinados y final cruento. En el año 732 a.C. Tiglatpiléser realiza una campaña contra Israel conquistando las tierras fértiles de los valles del norte y Galilea, destruyendo las principales ciudades y dejando en pie tan sólo aquello que le interesa para su propio beneficio. Una parte de la población, unos 13.500 habitantes según las crónicas, son deportados a Mesopotamia y al mismo tiempo se repuebla el medio rural con población traída de otras parte del imperio asirio con el fin de potenciar la agricultura. La campaña deja sin conquistar el núcleo de las tierras altas en torno a Samaria.  Este núcleo que permanece independiente será finalmente objeto de conquista por el rey asirio Salmanasar V en una nueva campaña, acabada por el rey Sargón II en 720. Nuevas poblaciones serán deportadas hasta un total aproximado de 40.000 lo que supone un quinto de la población de Israel. En general se deportó a la aristocracia y a los habitantes más belicosos respetándose en general a la población rural ya que a Asiria le interesaba mantener el cultivo de vid y olivo que tan útil le resultaba ya que carecía de estos productos en su país.

     De esta forma desaparece el reino del norte, Israel, como entidad independiente. La Biblia escrita desde Judá nos representa estos dos siglos de historia como un periodo negro de la historia del pueblo hebreo y su final trágico como una consecuencia de su separación de la monarquía unificada de David y de la idolatría y depravación de sus reyes. Se trata de una interpretación teológica de los hechos más que de una descripción objetiva.  La realidad es que Israel sucumbió ante la presión de la gran potencia militar del momento, Asiria, y precisamente porque la prosperidad alcanzada por Israel representaba un objetivo apetitoso para una potencia extranjera. El reino de Judá aislado y ruralizado seguía siendo ignorado para los países circundantes.

     En cuanto a Judá, la Biblia nos presenta la lista de sus reyes como una alternancia entre buenos y malos según su grado de idolatría en comparación con el perfecto monoteísmo practicado en tiempos de David y Salomón. La realidad es otra, el paso al monoteísmo y la centralización del culto a Yahwé en el templo de Jerusalén es una novedad alcanzada con las reformas religiosas del rey Ezequías (727-698) y no una restauración de un pasado anterior idealizado. Hasta el siglo VIII las costumbres religiosas son politeístas. Junto con los ritos tradicionales practicados en las áreas rurales encaminados a conseguir la fertilidad de la tierra o la bendición de los antepasados familiares también se adora junto a Yahwé a otros dioses de países extranjeros, sobre todo fenicios, como Baal, Astarté (el rito de la prostitución sagrada se realizó en el templo de Jerusalén), Asera que se asimiló como consorte divina de Yahwé, etc. La propia Biblia reconoce que el culto “en los altozanos” no desapareció.

     A partir del 720 a.C. con la destrucción de Samaría y la caída de Israel  Judá estaba rodeado de provincias o vasallos asirios. Miles de refugiados llegaron a Judá procedentes del norte y la insignificante monarquía asentada en la ciudadela de Jerusalén se convirtió en el centro de una potencia regional. En una generación Jerusalén experimenta una explosión demográfica sin precedentes pasando de ser una modesta ciudad montañesa con una superficie de 40.000 m2 a tener 60 Ha. y pasar de tener 1000 habitantes a 15.000. En el resto del reino de Judá también se advierte este cambio pasando de unas decenas de miles de habitantes a 120.000. Los cultivos y la riqueza aumentan, surge una clase aristocrática o acomodada. El reino se convierte por primera vez en un verdadero estado centralizado y dan prueba de ello los restos arqueológicos pertenecientes a finales del siglo VIII a.C., con inscripciones monumentales, aparición de sellos, utilización de sillares y capiteles en la arquitectura monumental y la producción masiva de alfarería. En este momento se forma una élite de nobles y funcionarios como demuestran las tumbas laboriosamente excavadas en los promontorios rocosos de los alrededores de Jerusalén.

      La razón de este progreso se debe a la decisión del rey Acaz (743-727) de declararse vasallo del imperio asirio e integrarse por tanto en su economía. Naturalmente la visión que la Biblia nos ofrece de este rey es muy negativa.

     Para varios investigadores es en este momento de finales del siglo VIII, en el que se desarrolla súbitamente el estado centralizado de Judá, cuando aparece la escuela ideológica que propugna el culto exclusivo a Yahwé, considerando pecaminosos los cultos rurales tradicionales, y que debe ser el templo de Jerusalén su único lugar para ese culto (hasta ese momento Jerusalén era uno más de los varios lugares sagrados israelitas para rendir culto a Yahwé), algo nada extraño teniendo en cuenta  el momento de centralización y fortalecimiento del poder político y el deseo de éste de alzarse con la hegemonía panisrelita.

     La muerte de Sargón II en el 705 a.C. al que sucedió su hijo Senaquerib en el trono asirio y los problemas que aparecieron al este de Asiria llevaron al rey Ezequias a cometer un trágico error de cálculo pensando que había llegado el momento de la grandeza nacional del pueblo israelí. Su rebelión contra Asiria, incorporándose a una coalición antiasiria sustentada por Egipto, sería uno de los errores más trágicos del reino de Judá. La respuesta asiria llegó en el año 701 con la campaña de castigo contra los rebeldes  organizada por el rey Senaquerib. El libro 2 de Reyes alude brevemente a la destrucción de ciudades de Judea pero resalta que Jerusalén se salvó gracias al favor de Yahwé que premió así la fidelidad del rey Ezequías. La realidad histórica es que la campaña de castigo asiria devastó la región de la Sefela de donde el reino de Judá obtenía la mayor parte de su producción cerealística, las principales ciudades fueron saqueadas y destruidas y parte de sus tierras entregadas a las ciudades cananeas de la costa. Tan sólo se salvó Jerusalén y las tierras altas del sur y este (las menos productivas). El arqueólogo inglés  Henry Layard descubrió en 1840 un relieve de unos 20 mts. en el palacio de Nínive que narra la conquista y destrucción de la ciudad de Laquis, la más importante de la región de la Sefela, y las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo por la Universidad de Tel Aviv en la región corroboran el nivel de destrucción. La región nunca se recuperó completamente y el reino de Judá tuvo que habilitar nuevos nichos de cultivo incluso en zonas próximas al desierto de Judá. A pesar de la valoración optimista del libro de los Reyes 2 otras fuentes bíblicas como las narraciones de los profetas de ese época, Isaías y Miqueas, nos hablan del terror sufrido por los habitantes de Judea.

     El sucesor de Ezequias, Manasés tuvo que llevar a cabo un política realista y declararse vasallo del Imperio Asirio pagando el correspondiente tributo. Para recuperar las zonas agrícolas tuvo que permitir de nuevo los cultos tradicionales de los altozanos  (a los antepasados, a Yahwé y Asera, al sol, la luna, etc) lo que indica que el monoteísmo aún no había calado en el pueblo y estaba siendo  impuesto desde Jerusalén. El reinado de Manasés fue largo, 45 años, y permitió una recuperación del estado judío. Consiguió una reducción de los tributos a Asiria y un cierto trato de favor frente a otros reinos vasallos. Asiria también necesitaba aliados frente a su principal enemigo: Egipto, y por otra parte también necesitaba de la colaboración de Judá para el sostenimiento de dos de sus principales intereses estratégicos en la región como era el cultivo y comercialización del aceite y el comercio caravanero  de productos exóticos mantenido con Arabia. Probablemente de esta época sea la construcción de los fuertes de Haseva y Cades Barne al norte y suroeste de las tierras altas del Neguev y que protegerían las rutas caravaneras hacia el golfo de  Acaba y de allí a Arabia. Ambos habrían sido construidos bajo los auspicios de Asiria y la colaboración de Judá y Edom que en esta época se constituye en estado centralizado.

     Y llegamos al reinado de Josías (639-609 a.C.) que es el punto culminante de la historia monárquica de Israel. Para la Biblia es casi tan importante como la alianza de Dios con Abraham, el éxodo de Egipto o la promesa divina al rey David. Es más, parece como si los personajes de Moisés, Josué o David hayan sido creados a semejanza de Josías. Éste era el ideal al que parecía tender toda la historia de Israel.

     Para los redactores bíblicos Josías era un rey puro, digno sucesor de David. Su rectitud le lleva a ordenar al sacerdote Jelcías una renovación del templo de Jerusalén. Es entonces cuando milagrosamente aparece en el templo un antiguo libro de la ley que indica que el culto a Yahwé no había sido realizado correctamente. Ello da pie a emprender una profunda reforma religiosa para acabar con los cultos rurales en los altozanos y para desterrar los cultos a los dioses extranjeros. Josías viaja hasta el norte para destruir el antiguo santuario de Betel y proclamar como lugar único de culto el templo de Jerusalén. Aquel libro de la ley sería probablemente escrito en ese momento y constituye una primera redacción del Deuteronomio. Contiene las características esenciales del judaísmo y también sienta las bases del cristianismo futuro. Establece el monoteísmo exclusivo, la forma correcta de culto y la observancia de las principales fiestas judías como es la Pascua y los Tabernáculos. Contiene además un conjunto de leyes que tratan sobre la justicia social y la moralidad personal que han de respetar todos, incluidos los reyes. En este momento de finales del siglo VII el grado de alfabetización del país ha alcanzado un nivel importante de madurez y el conocimiento y aceptación de estas reformas se extiende por todo él. El estilo de la alianza de Yahwé con su pueblo es curiosamente semejante a los tratados de vasallaje que se firmaban con Asiria.

     El rey Josías adquiere un carácter mesiánico. La coyuntura política de ese momento da esperanzas a los israelitas. El imperio asirio vive los últimos años del siglo VII acosado por problemas crecientes: la presión de los escitas al norte, la rebelión de Babilonia al sur, la amenaza de los pueblos de Irán, etc. Por el contrario Egipto parece recuperar su pasado esplendor con la dinastía Saíta inaugurada por el faraón Psamético I (664-610 a.C.). Los asirios se retiran de Egipto y de la costa cananea dejando vía libre a los egipcios, en una retirada pacífica que tal vez fuese pactada entre ambos. Egipto por el momento se olvida de las tierras altas de Judá y se interesa tan solo de las fértiles tierras del llano y por mantener controlado el corredor comercial de la franja costera. Judá puede soñar con su liberación. Desaparecido el reino de Israel en el norte el único obstáculo que ensombrece el horizonte del gran estado hebreo es Egipto, el nuevo amo dominante en la zona. Se crea entonces la leyenda de la epopeya de los judíos liberándose de un faraón dominante y emprendiendo el exilio; la narración tendrá forzosamente muchos puntos coincidentes y detalles geográficos del reino del faraón Psamético. La visión panisraelita con centro en Judá nos presentará al linaje de los reyes del norte, que crearon un estado próspero y floreciente a cuya sombra siempre estuvo Judá, como una dinastía aberrante e idólotra. Tan sólo estaban legitimados los descendientes del gran rey David. El resto de pueblos cananeos, no hebreos, también es despreciado y la ley Deuteronómica prohíbe los matrimonios mixtos con mujeres extranjeras en prevención de las situaciones que se plantearían al expandirse el reino de Judá hacia el norte donde el imperio asirio había colocado a numerosa población extranjera.

     Los sueños de gloria de los reformadores religiosos se vienen abajo con la súbita muerte del rey Josías ocurrida en el año 609 en un enfrentamiento en Megiddo contra una expedición del faraón Necao II, sucesor de Psamético I, que acudía en auxilio de los asirios en trance de perder su imperio por la rebelión y auge de Babilonia. No se conoce muy bien los motivos de este enfrentamiento ya que aparentemente la expedición de Necao no iba contra el reino de Judá y por otra parte no se comprende que en tan poco tiempo de independencia Josías hubiese podido formar un ejército poderoso capaz de realizar ese enfrentamiento. Los redactores de la historia Deuteronómica ofrecen un relato lacónico, parecen desconcertados y sin poder dar una explicación ante un golpe tan adverso del destino. Las reformas religiosas emprendidas también se ven truncadas ya que según el relato bíblico los siguientes cuatro reyes, y últimos de Israel antes de su total destrucción, fueron impíos y volvieron a las prácticas de idolatría. Tres de estos reyes eran los hijos de Josías.

     El imperio asirio también desaparece en los últimos años del siglo VII ante el nuevo poder emergente de la zona, Babilonia y su rey Nabucodonosor en alianza con los medos de Ciaxares. La ciudad de Assur capital del imperio asirio es destruida en el 614 a.C. y  Nínive en el año 612. Los egipcios nada pudieron hacer para evitarlo e incluso fueron derrotados por Nabucodonosor en Karquemish teniendo que huir precipitadamente a Egipto. El imperio neobabilónico se queda como dueño de Siria y Palestina. En una primera campaña en el año 597 a.C. Nabucodonosor arrasa las principales ciudades filisteas y del reino de Judá. Jerusalén es sitiada y rendida. Su rey Jeconías y su familia son  llevados deportados a Babilonia junto con otros 10.000 habitantes de la élite social. Nabucodonosor deja como rey a Sedecías, tío del rey deportado. Pocos años después en 587 a.C. Sedecías intenta una rebelión y el castigo de Nabucodonosor es definitivo. Los caldeos, como denominaban los judíos a los babilonios, someten al país a una destrucción total. Las ciudades caen una tras otra y Jerusalén es también destruida. El templo y palacio son incendiados, las murallas derribadas y nuevamente se producen deportaciones a Babilonia.

     Durante mucho tiempo se creyó que las tierras de Judá quedaron desiertas con la deportación. Hoy se sabe que ésta solo afectó a la cuarta parte de la población. La mayoría, los más pobres, quedaron en Judá. Los relatos de los profetas Jeremías y Ezequiel nos hablan de estos momentos históricos, el primero de la vida de los que se quedaron y el segundo de la situación en el exilio.  Al cabo de medio siglo los judíos fueron liberados. En el año 539 a.C. el poderoso imperio neobabilónico también se derrumba y es conquistado por el emperador persa Ciro el Grande. Los persas fueron tolerantes con las costumbres y religiones de cada uno de los pueblos conquistados. En el primer año de su reinado Ciro publica un decreto que permitirá la vuelta paulatina de todos los exiliados judíos e incluso presta su ayuda para la reconstrucción de los que sería el segundo templo de Jerusalén. Con la nueva administración persa el reino de Judá se convirtió en la provincia Yehud y sus habitantes, los judaitas, se conocerán como “Yehudim” de donde viene nuestra denominación de judíos. Tras el retorno del exilio la monarquía davídica no se restauró, el territorio fue gobernado por administradores persas y religiosamente por los sacerdotes. Al faltar la monarquía el templo se convirtió en el referente de identidad para el pueblo judío. La casta sacerdotal adquirió mucho poder. Al comenzarse los trabajos de construcción del segundo Templo muchos judíos del norte, de Samaría, quisieron contribuir pero fueron rechazados por los sacerdotes de Judá que consideraban que la ortodoxia era exclusivamente suya. Una de las principales funciones de esta élite sacerdotal fue la producción literaria para mantener unida a la comunidad, darles esperanzas de un futuro mejor y establecer las normas de comportamiento frente a los pueblos vecinos. Los estudiosos bíblicos piensan que la mayor parte de la fuente sacerdotal (P) del Pentateuco es de esta época posterior al exilio. En ese momento se efectúa la última redacción del núcleo básico de la Biblia de forma que el pueblo judío pueda identificarse con el relato, justificar los desastres anteriores y renovar su esperanza en la promesas de Yahwé. El relato del éxodo debió cobrar una enorme importancia para los que habían vivido el exilio y lo mismo la historia de Abraham que emigró desde Mesopotamia a Canaán para crear allí una gran nación. Las normas que Dios da su pueblo para que no se mezclen con los habitantes de la tierra prometida son las mismas que ahora les sirven para preservar su identidad. Tras la destrucción de Judá una parte del sur fue ocupada por el reino vecino Edom y con la nueva división territorial del imperio persa la frontera de Yehud dejaba fuera a la ciudad de Hebrón. Quizás por eso en el relato de los patriarcas éstos se hacían enterrar en la cueva de Macpela en Hebrón, de esta manera los judíos no olvidarían este territorio. Al mismo tiempo para dejar clara su superioridad sobre los edomitas el relato de Jacob y Esaú establecía esta diferencia. También es de fuente sacerdotal, o sea de este momento, una breve inclusión en el relato de Abraham haciéndole originario de la ciudad caldea de Ur, una ciudad que en ese momento gozaba de gran prestigio cultrural, cuando realmente la vida del patriarca se desenvolvía en Jarán, una ciudad aramea del norte de Siria. De esa manera el pasado remoto de los judíos adquiría una alcurnia diferenciadora de sus vecinos.

     Yehud permaneció bajo administración persa hasta la conquista de Alejandro Magno en 332 a.C. Yehud pasa a denominarse Judea. Los judeos o judíos llegaron a ser conocidos en todo el Mediterráneo como un pueblo muy devoto de su dios y la epopeya de su historia nacional relatada en la Biblia los mantuvo unidos a pesar de la diáspora. La Biblia se tradujo al griego en el siglo III y sirvió de guía a todos aquellos que vivieron lejos de Jerusalén.




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