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CUENTO DE OTOÑOJosé Aceituno |
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José Aceituno
CUENTO DE OTOÑO
Aquel bosque era perfecto. Cientos, miles, de esbeltas hayas se extendían en aquella altiplanicie de la sierra y bajo sus ramas extendidas como brazos protectores un suelo tamizado de hojas doradas se prolongaba hasta donde mi vista podía alcanzar. Todo invitaba a pasear, el piso mullido por varias capas de hojas, la ausencia de brezos o retamas que son tan frecuentes en otros lugares y que hacen tan trabajoso el caminar, la perfecta separación entre los árboles cual si ellos mismos respetasen la intimidad del vecino mejor que la previsora planificación de un jardinero. Aquel día de otoño había comenzado un tanto desapacible pero ahora cruzando el bosque por aquella carretera secundaria apenas si se notaba el viento, seguramente detenido por aquella inmensa masa de árboles. La lluvia también había amainado hasta no ser mas que un débil chirimiri. No pude resistir la tentación, detuve mi vehículo, tomé la cámara fotográfica y placenteramente me dispuse a explorar aquel paraje. Al internarme bajo la espesa capa de ramas fue como si traspasase el telón que daba paso a un escenario infinito. La luz allí no bajaba del cielo plomizo sino que brotaba cálida y tenue del mismo suelo, del anaranjado tapiz de hojas caídas que ahora brillaban con la lluvia. Lentamente mis ojos se fueron acostumbrando a la suave penumbra, comencé a distinguir los detalles de cada tronco, las suaves ondulaciones del suelo, el acompasado vaivén de las hojas cuando el viento lograba escurrirse entre los árboles. De vez en cuando formas caprichosas de roca caliza emergían de la hojarasca y llenaban de misterio el horizonte, dividiendo el espacio en íntimos rincones. De entre la capa de suave musgo que las cubría quedaba a veces al descubierto la roca desnuda, con un blanco fantasmal que fosforescía bajo las sombras del ramaje. Me senté en una de aquellas piedras para sentir el silencio. No se escuchaban los pájaros en aquel día de lluvia. Antes sí los había visto en grandes bandadas sobre el asfalto de la carretera, muy excitados y peligrosamente remisos a levantar el vuelo al paso de mi vehículo, alborotados por el regalo de multitud de hayucos que el fuerte viento de la noche anterior había depositado sobre la carretera y a los las ruedas de los coches al pasar abrían como cascanueces. Tan sólo quedaba roto el silencio por el crujir esporádico de alguno de aquellos troncos tan rectos que seguían subiendo y subiendo hasta perderse de vista entre las espesas ramas. Quedé sorprendido al comprobar que no era un ruido sordo y monótono, como el del mástil de una embarcación que resiste los embates del viento, no, aquel crujido era el de alguien vivo, era más bien un chillido diferente en cada árbol. Pensé que las hayas se hablaban entre sí, o tal vez querían decirme algo. Su tronco, con el sudor de la humedad que lo impregnaba todo, parecía ahora mas plateado y hermoso. Toda la base de los troncos se cubría también de musgo como el de las rocas a las que se abrazaban sus poderosas raíces. Junto a mí el tocón de un antiguo árbol cortado varios años atrás servía de pequeño universo vital para toda una familia de musgos, diminutos plantones de nuevas hayas y un rosario de pequeñas setas. Acaricié con la mano las suaves campanillas anaranjadas de estas últimas procurando no romper sus delicados pies. Estaba eufórico y lleno de paz al mismo tiempo. Me levanté decidido a recorrer mi nueva casa, quería conocer todos sus secretos, estar en todas sus habitaciones, abrir cada ventana a un patio diferente y desde cada balcón volver la vista atrás sobre mis pasos anteriores. Sonreí al recordar cuando en mi infancia corría tras las mariposas para conseguir atrapar para siempre aquellos colores tan increíbles de sus alas. Aquello de mi niñez terminó con una insolación así que ahora iba a ser sensato, me dije a mí mismo. Consulté la brújula y sopesé la posibilidad de volver al coche para alejarme a lugares diferentes o quedarme allí y no perder el embrujo del momento mágico. Acababa de ver los indicios de una senda, ahora toda cubierta por las hojas, y al final pudo más la atracción de mi curiosidad que me empujaba a seguirla. Rápidamente tracé planes para el recorrido recordando la topografía del terreno que anteriormente había consultado en el plano “... Sí, seguiré la senda hasta llegar a la carretera principal que atraviesa el bosque de norte a sur, de modo que bastará seguir hacia el oeste para encontrarla, luego bastará retroceder hasta llegar a la intersección con la carretera secundaria y desde allí sólo es cuestión de andar hasta regresar al coche”. Todo está en orden y feliz me pongo a andar, ahora a paso más vivo para entrar en calor. El camino da vueltas y más vueltas de forma caprichosa y cuando se eleva por una ladera tras la que ya se atisba la claridad del cielo me supongo que al otro lado voy a encontrar esa maldita carretera que hace rato debería haber aparecido. Pero al otro lado nada, de nuevo el camino desciende sumergiéndose en el bosque tomando una nueva dirección de forma anárquica. Consulto mi reloj. Aún me queda tiempo suficiente para volver antes de que anochezca, pero la vuelta me parece ahora demasiado pesada. ¡Bah! Estoy tranquilo. No pasa nada. Pero noto que mi paso se acelera cada vez más y esa condenada carretera hacia la que me dirijo parece haber desaparecido tragada por una de esas misteriosas simas que antes había observado entre las rocas. Caigo en la cuenta que después de tantos cambios de dirección en este camino puedo estar dirigiéndome de forma paralela a la carretera de forma que nunca llegaré a ella. Pero aún no estoy dispuesto a perder la confianza y lanzarme a atravesar el bosque en línea recta, a la desesperada. Copiosas gotas de sudor descienden por mi frente hasta los ojos nublándome la visión. Me limpio la frente y los labios con la mano, sin dar tregua a lo que ya se ha convertido claramente en una apresurada carrera. Finalmente el camino desemboca en un enorme raso donde unas decenas de ovejas comen con prisa en medio del tintineo constante de sus esquilas. Miro a un lado y a otro y el bosque lo rodea todo. Me siento ya desanimado pero pienso que el camino ha de salir por algún sitio del raso para seguir hasta la carretera o algún otro camino principal, porque los pastores lo han de utilizar. Un poco más allá descubro unas rodadas sobre el barrizal de un charco y lo sigo hasta recobrar de nuevo la pista del camino. El rodal entre el bosque se hace ahora muy marcado y vuelvo a tranquilizarme. Descubro en la lejanía la silueta de otra persona que camina en la misma dirección que yo. Bueno, finalmente no estoy solo, me digo con alivio. Ya sabía yo que sucedería como otras veces, tarde o temprano acabo encontrando la senda que también recorren otras personas. Es curioso, la persona que me antecede también lleva un chubasquero del mismo color que el mío. Yo diría que su silueta me resulta familiar. Tonterías, ¡cómo voy a encontrar una persona conocida en estos parajes solitarios y tan alejados de mi ciudad! A estas horas de la tarde mi miopía me gasta ya bromas pesadas y sin gafas más que ver las cosas yo diría que las adivino. Esa persona parece ir al mismo ritmo que yo y cuando apresuro el paso para darle alcance parece también acelerar el suyo. A veces tras una cuesta me detengo para recuperar el aliento y observo con estupor que él también se detiene, yo diría que me espera. La situación cada vez es más extraña y una idea alucinante empieza a perforarme el cerebro. ¡Pero eso no puede ser! No me puede estar pasando a mí y justo en este momento tan inoportuno. Pero las sospechas son cada vez más evidentes. Creo que estoy teniendo una alucinación. Ahora recuerdo que antes acaricié con mi mano unas setas del bosque y después al limpiarme el sudor de la cara también las pasé por mis labios. He oído decir que algunos hongos aunque no llegan a ser mortales producen alucinaciones. Lo que yo creía estar viendo desde hacía un buen rato era tan sólo un espejismo, mi mente ayudada por el alucinógeno estaba proyectando mi propia imagen en el fondo del bosque, plasmando un deseo inconsciente de encontrar compañía. Así que había malgastado inútilmente mis energías tras una imagen inexistente. Me dejé desplomar sobre el lecho de hojas y recostado sobre el grueso tronco de un haya me sentí desfallecer. Ausente, mi vista comenzó a recorrer el bosque. La fina lluvia había terminado por transformarse en una suave neblina que ahora ocupaba todos los huecos del bosque haciéndolo si cabe más íntimo y acogedor. Tras la cortina de niebla de pronto surgió aquella figura. Pero ahora no podía ser un espejismo porque lentamente avanzaba hacia mí. Sí, no cabía duda, yo le reconocía, aquella figura me era algo más que familiar. Desde hacía algún tiempo, a menudo al afeitarme por las mañanas y mientras estudiaba mi cara tras el espejo, recordaba vivamente el rostro de mi padre y añoraba su figura risueña y pacífica. Ahora en la madurez nuestro rostro se parece cada vez más al que recordamos de nuestros padres. Sí, aquella figura que se acercaba hasta mí no podía ser otro que mi padre, ya adivinaba su pelo canoso que rodeaba su calva tan brillante. Pronto oiría su voz familiar: “Hijo mío, ¿Qué haces aquí?” El corazón me dio un vuelco y comenzó a latir aceleradamente. Porque aquel rostro que ya se inclinaba hacia mí para tenderme la mano no era el de mi padre. ¡Aquel rostro era YO!. Al cerrar los ojos sentí que un calor súbito ascendía hacia mi cabeza y que toda mi mente se hundía vertiginosamente en un hoyo sin forma y sin final. No puedo precisar el tiempo que duró mi desmayo pero sí recuerdo la placentera sensación de flotar sobre el suelo y cogido de mi propia mano sentirme arrastrado a través de los árboles, entre los troncos, saltando por encima de las rocas, deslizándome por entre las hermosas ramas de las hayas que se extendían paralelas al suelo hasta tocar las de sus vecinas, ascendiendo hasta las copas más altas para verlas mecerse y sentir la fuerza del viento que libre de ataduras se desplazaba por encima de ellas. El frescor de la brisa me despertó. Al abrir los ojos contemplé como esa misma brisa empujaba la niebla más y más lejos hasta hacerla desaparecer. Tras unos momentos de desconcierto acerté a ver el talud de la carretera. Sí, allí estaba mi tan ansiada carretera asfaltada. Me incorporé rápidamente y en unos cuantos pasos llegué hasta ella. Grande fue mi sorpresa al reconocer el lugar. Efectivamente a poco más de cien metros encontré mi coche aparcado en el lugar de donde había partido. Habían transcurrido casi cinco horas desde que me interné en el bosque. Pero..., ¿Realmente había estado deambulando por el bosque todo ese tiempo, o todo había sido un sueño?. Ha transcurrido bastante tiempo desde aquellos sucesos pero los recuerdos siguen aún muy vivos en mi mente. A veces cuando al despertar consigo recordar el sueño descubro que he estado de nuevo allí. Veo el bosque, pero no exactamente como entonces, sino que percibo como cambia su aspecto con el paso de las estaciones. Me veo entre las hayas desnudas sobre el suelo blanco de nieve y otras veces veo también como al llegar la primavera miles de brotes viran lentamente del color pardo hacia un verde esperanzador, disfruto del frescor de su sombra durante el calor del verano, para de nuevo ilusionarme con la explosión de color del otoño. Es como si alguien desde allí me narrase todos los sucesos desvelándome todos los secretos del bosque. Creo haber leído en alguna parte que los consumidores de drogas alucinógenas sufren un desdoblamiento de la personalidad que a veces persiste durante mucho tiempo. En cualquier caso es una tontería pensar que los sucesos de aquella tarde tan extraordinaria fuesen fruto de un leve roce con la mano sobre un hongo venenoso. Más bien supongo que fueron fruto del cansancio. Pero..., y si no fuese así, ¿cuál de mis dos yo se quedó para siempre en el bosque?. |
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