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Del bosque
José Aceituno
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Del bosque
Del bosque, niña, yo te traigo la quietud sentida y el silencio largo. De sus entrañas mismas la sombra fresca del arroyo limpio, el musgo nuevo de la senda antigua, el olor a boj de los troncos rotos, el perfume dulce de la savia nueva.
Por la mañana, niña, las hayas sueñan con ser tu cabello sobre la almohada. Entre sus hojas doradas un herrerillo salta como mi mirada sobre tu ventana.
Es mediodía cuando el sol se para. Desde lo alto como por encanto los rayos se funden en verde soflama, todo es destello en el agua clara. Sol, no me ciegues aún que no he visto nada.
Al atardecer el viento sopla, crujen las ramas a su pasar, bajo los árboles es solo brisa, que arrulla los helechos, mece los troncos, y agitando las hojas se hace melodía.
Mis pasos son cortos, casi de puntillas, no quiero asustar al bosque, no quiero que el bosque calle. Abedules, hayas y serbales cantadle una nana al viento para que no pare.
Ya todo está en calma. La bruma blanca arropa al arroyo en esta tarde fría, pero por milagro bajo las hayas una nueva luz renace entre sus ramas, la niebla se extiende adormecida, pero estos colores son un canto de alegría.
En el otoño, a la luz el bosque viste de vivos colores, para no estar triste. El bosque se duerme, niña, y necesita que tú lo mires.
El sol se esconde, cae la noche. Dos ojos observan en la encrucijada, un aullido sale por entre las ramas. No temas, mi niña, que el autillo canta a su luna hermana.
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