Gredos

José Aceituno   



Hoy es








Gredos

Con cariño para quien puso un estuche con lápiz y papel en mi mochila.


Imagina, mientras mantienes tus ojos cerrados, que desde tu butaca en un auditorio ahora vacío observas el inmenso escenario que te rodea. De la gigantesca cúpula que se ensancha sobre tu cabeza pende una fantástica lámpara de cristal desde la que se irradian miles de destellos. Abajo desde el escenario una orquesta interpreta la sinfonía que siempre te hizo vibrar. Pero tan solo vosotros, los músicos y tú, como únicos testigos de este soberbio espectáculo, solos tú y ellos para sentir esta honda emoción.

Ahora abre lentamente los ojos. La intensa luz del sol te cegará al principio, pero luego, cuando tu pupila se estreche y las imágenes comiencen a llegar a tu cerebro descubrirás que la realidad que te rodea es capaz de sobrecogerte aún más que tu imaginación y de colmar todos tus deseos.

Sobre una plataforma algo elevada sobre el fondo del valle glaciar y recostada en la roca desnuda observas la laguna que ocupa la cabecera del mismo. Las rocas grises se hunden en sus aguas. En algunos rincones de sus orillas la pradera con suaves tonalidades ocres y verdes se abre paso entre las moles de granito. Las aguas inquietas por el viento despiden nerviosos destellos en el continuo subir y bajar de sus crestas. Si alzas tu vista veras elevarse a las gigantescas masas de roca granítica por encima de los dos mil metros y desde los cuchillares de sus crestas, desde las plataformas colgantes, por toboganes y canchales, desparramarse la nieve que suaviza las duras aristas talladas por el hielo.

Y más arriba el cielo increíblemente azul, nítido y despejado bajo el sol de comienzo de primavera.

El valle no se cierra en sí mismo. Además de este descomunal túnel abierto por los hielos de antiguos glaciares, y por el que desagua la laguna entre regatos y cascadas, otras gargantas laterales se abren a pequeños valles más altos desde los que los neveros no dejan de aportar más y más agua. Basta fijar la vista en cualquier punto de la lejanía para descubrir allí, perdida entre la sombra de una grieta, cómo se desploman las aguas turbulentas del deshielo.

Es esta una realidad que no se puede abarcar con la vista. Es preferible cerrar los ojos y recorrer con la imaginación los miles de rincones que se esconden más allá. Sentir la suavidad de la hierba de los altos cervunales que se empapan lentamente con el derretir de los neveros. Escuchar el ruido ensordecedor de la cascada que desde decenas de metros se precipita al vacío para reventar sobre la roca. Adormecerse con el suave murmullo del agua tranquila que recobra el aliento antes de desplomarse de nuevo. Soñar con volar sobre estas cumbres inalcanzables. Y lentamente adormecerse con la tranquilidad del viento que acompaña siempre, que te habla, que te arrulla, que te acaricia sensualmente.

Y engolosinarte con el sol que te calienta los párpados, del que nunca te sacias. Como se engolosinan las cabras que me rodean con las almendras tostadas, pistachos y todo lo que pueda encontrar en mi mochila con algo de sal. Con cautela se acercan hasta ocupar un lugar privilegiado desde el que poder alcanzar los suculentos bocados que les ofrezco, dudando siempre entre su natural desconfianza y el premio a conseguir; a veces las más fuertes la emprenden a topetones, entrechocando los cuernos con las más jóvenes que pretenden disputarles su manjar.

Y poco a poco, mientras el tiempo parece detenerse ante este sol del mediodía, acabarás por quedarte profundamente dormida.


José Aceituno







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