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PatagoniaJosé Aceituno |
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Patagonia
Luz de alborada deslumbrante. Praderas y estepas infinitas hasta decir .. ¡Basta, ya estoy colmado!, donde la mirada henchida de libertad intenta poseer el horizonte para rendirse sin alcanzarlo. Grises lomas que se asoman sobre el cobalto de las aguas quietas. Desde el Neuquén, patria amada de los mapuches, hasta los confines de Tierra de Fuego siempre dos compañeros presentes: el viento que se apodera con lujuria de las estepas hasta enloquecer a veces y el agua que en su abundancia se derrocha en extensísimos lagos y en interminables ríos que atraviesen el continente de oriente a occidente. Mas allá de la antesala del paraíso, las montañas de los Andes orgullosos con sus crestas blancas. A sus pies los bosques de lengas y guindos que lentamente colonizan el corazón de esta tierra indómita. Y al borde mismo de sus lagos, junto a témpanos que flotan en las bahías de aguas gélidas las flores de notros y calafates que dan el contrapunto vital. Y allá, escondido, fraguado en el crisol lento y permanente de los siglos, el diamante más poderoso de la naturaleza: el glaciar. Con su fuerza de búfalo tozudo se abre paso entre las rocas, empujando los vientres de las montañas, arañando sus tripas, arrastrando las rocas que osan estorbarle, y sin embargo al final incapaz de resistir el reencuentro con el agua hermana. Allí el hielo sorprendido se despierta bruscamente, se resquebraja en caótica maraña de cuchillares y grietas. Los rayos del sol le dan el golpe de gracia y con un bramido ronco y profundo se desmorona, entregándose en abrazo final a la quietud del lago.
José Aceituno Noviembre 2006 |
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