Planeta Cumbre

José Aceituno   



Hoy es



Planeta Cumbre


En este planeta Cumbre no existen fronteras, cualquiera es libre de adentrarse en él, pero si todos acudiesen en tropel el planeta sería destruido. Es un planeta duro pero muy frágil. Nadie puede vigilar permanentemente ni obligar a que se ejerza el respeto; la conservación de su vida, de su belleza y en suma de todos sus valores están en manos de la absoluta libertad de cada uno de los hombres que llegan a él.

Este es planeta del silencio y sin embargo si faltase el sonido del viento el planeta habría muerto. Este es el planeta de la soledad y sin embargo la presencia de los amigos es más fuerte que nunca en el recuerdo, aquellos seres que conoces son invisibles pero no están ausentes, dialogas con ellos, te comunicas con ellos, de tu imaginación salen palabras y expresas sentimientos que muchas veces están inhibidos fuera de él.

En este planeta donde la presencia humana es una rareza, la figura del otro en la lejanía reconforta y se acoge sin recelo.

En este mundo el mantenimiento de la vida, de la propia vida, requiere una atención constante. Obligamos a la mente a estar presente en cada instante, cada detalle ha de ser analizado, nos obligamos a estar en otra dimensión temporal en nada semejante al mundo de lo cotidiano.

Viajar a este planeta se ha convertido ya para mí en una costumbre a la que no sé renunciar. ¿Por qué lo hago? ¡Qué sé yo! Los recuerdos de mis muchas travesías son los únicos que quedan firmemente anclados en mi memoria. Allí viví los momentos más intensos de mi vida y la posibilidad de reeditar estas sensaciones es como un talismán que me atrae y me lleva una y otra vez allí, pero sobre todo es la certeza de que cada día puede ser diferente, que descubriré algo nuevo en cada rincón por muchas veces que haya pasado por él: nada será igual, ni las nubes, ni el viento, ni la luz, ni mis ojos que observan todo esto serán los mismos.

Extraigo de mi cuaderno de bitácora las notas de mi última navegación al planeta Cumbre.


El sol

Es la estación del sol, su luz y su calor se adueñan de todo el planeta Cumbre. Abajo en el planeta Valle su presencia es dura y sus habitantes buscan el refugio de las sombras. Aquí arriba por el contrario, unido a la presencia constante del viento fresco, se muestra amable casi sensual.

Es la estación de la vida. Con la seguridad de las largas jornadas de luz las plantas, que han resistido el paso de un invierno interminable, aprovechan para desarrollarse rápidamente y mostrar sus pequeñas y extrañas flores. A cada paso cientos de saltamontes se elevan sobre el suelo, éstos desplegando sus alas interiores rosas, aquellos sus alas azules.

No me resisto a la tentación de tumbarme en este suelo de hierba rala y áspera para contemplar el cielo. Es extraño dejarse ahora adormecer por el suave calor que va penetrando a través de las ropas y soñar con el brillo del hielo que cubría todas estas rocas durante el invierno, con la magia de la niebla y la blancura cegadora de la nieve. Una mariposa vacilante atraviesa el espacio rozando casi mis ojos como si fuese una fortaleza volante. Las mariquitas comienzan a posarse sobre mis pies, sobre mis rodillas, ¿de donde vendrán?, ¿se dejarán arrastrar por el viento desde el valle hasta aquí? Observo una que acaba de posarse sobre mi mano, está inmóvil, ¡no!, ahora se mueve, pero vuelve a detenerse. Parece como si su pequeño sistema nervioso se hubiese paralizado con el fresco de la cumbre y sólo funcionase intermitentemente. El calor de mi piel parece reanimarla y reanuda su pasear curioso explorando mis dedos. Inesperadamente abra sus alas y de un salto se incorpora a la brisa que la aleja velozmente en su viaje de aventuras.


Las trincheras

Mudos testigos de aquellos tiempos de terror y brutalidad de la última guerra civil española. Me introduzco en los espacios demarcados por las piedras con respeto y con una irracional esperanza de que esas piedras me revelen algún secreto o me muestren algún detalle de las vidas de los hombre que vivieron aquella tragedia. Puedo imaginarme el sufrimiento de las noches heladas, la ansiedad ante un nuevo amanecer, la esperanza de vivir un día más con la caída de la tarde. Las piedras callan pero permanecen en su sitio después de 70 años; las piedras no olvidan.

Las trincheras abundan en esta parte de los Montes Carpetanos, siempre mirando hacia la extensa planicie segoviana para frenar el avance del ejército sublevado que acosaba a Madrid. Sin embargo en esta zona de la sierra próxima al pico del Nevero y Peña La Cabra las alturas fueron tomadas por el bando sublevado después de duros combates y se encuentran también las defensas orientadas hacia el valle de Lozoya.


Las cigarras

Avanzado el mes de Agosto es el tiempo en que las cigarras se aparean al unísono entre los piornos y enebros de las tierras altas. A punto estoy de pisar una pareja de ellas, la una enfundada en su traje verde brillante y la otra en un señorial negro con cinturón dorado al final de su tórax. Parecen enzarzadas en danza amorosa pero descubro que por el contrario luchan por algo que parece comida. La de funda oscura parece vencer en la disputa con su compañera. Me agacho para acercarme a u mundo y descubro con horror que lo que arrastra con sus mandíbulas es otra cigarra muerta y prácticamente seca, con la mitad de su espalda devorada. En silencio escucho el poderoso crujir de su máquina trituradora. No puedo evitar dar un respingo para apartarme de este mundo de los insectos, de ese mundo de seres autómatas cuyas claves nos son tan difíciles de asimilar.


Las vacas

En los veranos las cumbres se pueblan de pequeños grupos de vacas que suben hasta aquí para apurar los pequeños ronchales de pasto, que incluso ahora permanecen verdes gracias a algunos manantiales de los que inexplicablemente aún brota un débil hilillo de agua a pesar de la sequía.

Al pasar junto a ellas me observan con mirada atenta, no sé si por la curiosidad de ver a otro mamífero que se acerca a ellas o molestas por el incomodo que supone mi presencia y que rompe la apacible monotonía de sus días veraniegos. Me parece no tener nada que temer de las de color marrón, con sus cuernos cortos y su mirada que parece lánguida por la sombra clara que bordea sus ojos, pero de estas otras color negro zaíno de ojos también oscuros y poderosa cornamenta, tiesas como esfinges, la cabeza levantada y con esa mirada misteriosa que se supone sale de esos ojos tan negros, no sé qué debo esperar.

¿Qué pensarán de este ser extraño que, aparentemente decidido, se dispone a pasar entre ellas? Me impone su porte orgulloso. Yo bajo la vista para no mostrar ningún ademán de reto y tratando de aparentar una absoluta indiferencia, que no siento, continúo mi camino con normalidad, pero con el rabillo del ojo sin perder detalle de sus escasos movimientos, siempre listo para poner los pies en polvorosa si algún animal da muestras de irritación. Como cabe esperar de animales tan pacíficos todas se apartan discretamente para no estorbar mi paso y siguen observándome atentas, muy atentas, durante un buen rato. En realidad la presencia humana en estas cumbres tan solitarias debe ser todo un acontecimiento para ellas.


El mirador junto al barranco

En esta cumbre tan plana que desde el pico de El Nevero se extiende hasta el puerto de Malagosto los barrancos que se descuelgan hacia el valle de Lozoya pasan casi desapercibidos. Pero si nos acercamos al borde de la cumbre y nos encaramamos sobre las rocas que hacen de visera sobre los hoyos, descubriremos pequeños valles escondidos u hoyos de origen glaciar, algunos de los cuales son de singular belleza como este de Hoyo Cerrado.

Comienza esta cerrada, barranco o pequeño valle sobre una plataforma elevada por encima de Oteruelo del Valle y Pinilla del Valle, en el valle de Lozoya. Se adentra hacia la vertical de la cumbre por debajo de Peña La Cabra para luego girar en un ángulo de 90º a la izquierda para morir frente a los roquedos que vertiginosamente bajan desde la cumbre.

Me siento de espaldas a una roca que me protege del ardiente sol del mediodía y sobre otra que hace de balcón antes de las alturas se desplomen decididamente sobre el valle.

Desde este mirador privilegiado disfruto de la visión del pequeño paraíso escondido. Abajo como pequeñas motas negras e inmóviles las vacas pastan en el estrecho prado que desciende en escalones hasta romperse en un mar de rocas abandonadas por la pequeña lengua del glaciar que en un pasado remoto ocupaba este hoyo.

Un pequeño pajarillo, un roquero rojo, se posa muy cerca de mí y nervioso salta de roca en roca siempre balanceando su llamativa cola rojiza. Los pajarillos que pueblan estas alturas, como roqueros y collalbas, son silenciosos y solitarios. Todos los que nos encontramos aquí arriba parecemos respetar la misma consigna: no quebrar el silencio, no romper la magia de la quietud. Lejos del bullicio de los arroyos lejanos aquí es el viento el único amo del silencio. Las rocas que como largos cuchillos se clavan sobre las partes más altas del valle dan al lugar un aspecto entre fiero y sagrado. Sin embargo para desmentir esta primera impresión de frialdad y aspereza, entre los canchales de rocas grises y ahora tan secas surgen las pequeñas matas de criptograma crispa con sus delicadas hojas de refulgente verde, un autentico milagro en este desierto pétreo.

Apetece tumbarse frente a este cielo azul sin manchas y dejar que la vista quede en suspenso a la espera de que pequeños jirones de nubes atraviesen la cordillera. Desde muy alto una pareja de buitres describen grandes círculos con vuelo elegante y sin esfuerzo aparente. Es seguro que observan mis movimientos.


La liebre

Emprendo ya el camino de regreso ensimismado en los recuerdos del día cuando de pronto tengo que detenerme bruscamente ante el repentino salto de un animal al que casi llego a pisar con mi caminar distraído. Pero lo más sorprendente es que se detiene como paralizado a menos de dos metros frente a mí. Es un conejo pero lo observo más detenidamente y su cuerpo grande y fibroso y con larguísimas orejas me hacen pensar que se trata de una liebre. Pero si es así no debería estar aquí. Claro que la liebre o conejo también pensará que yo tampoco debería estar aquí. Pienso si el calor y la prolongada sequía estará cambiando los hábitos de los animales. Es una situación curiosa porque tanto la liebre como yo parecemos estatuas de sal. El tiempo parece estar congelado. La libre está de espaldas a mí, sin moverse, las orejas gachas. ¿Será que no me ve?¿Estará enferma? Yo no me atrevo a moverme ni un milímetro para no asustarla y disfrutar de este raro momento de convivencia. Finalmente me decido a avanzar un paso para comprobar si realmente el animal está enfermo y entonces el hechizo se rompe: disparada como un rayo por el poderoso resorte de sus patas traseras la liebre se escapa haciendo zigzag y con sus orejas bien enhiestas. Debo haberla dado un susto de muerte. No sé si esta experiencia la habrá servido para esconderse mejor o por el contrario confiarse un poco más en nosotros los humanos.


El día termina y emprendo el viaje de vuelta al planeta de la llanura, al planeta de lo cotidiano.

Una vez más las sensaciones vividas no me defraudaron y me animan a volver. Aún cuando todo parecía presagiar un día monótono y pesado: el calor, la pereza para esforzarse en la subida, el paisaje aparentemente seco y árido, no ha sido así. Una vez más mereció la pena el viaje al planeta Cumbre.




José Aceituno

Agosto 2006










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