JUICIO PRECIPITADO
A
las siete de la mañana como todos los días, allí
estaba, quieta como
una diosa, en la parada del autobús. Hoy, con la nieve
suavemente
deslizándose contra el parabrisas, llevaba un confortable
chaquetón de
piel sobre un vestido posiblemente rojo.
Como
todos los días, al pasar a su lado en el coche, no pude
distinguir su
cara tras la sombra de una rizada melena negra y la noche
todavía
cerrada, apenas velada por una farola lejana.
Lo
normal sería haberla visto en un Mercedes blanco, con asientos
tapizados en cuero negro. O tal vez en un Volvo azul cobalto
metalizado, con los asientos en un color crudo y un pañuelo de
seda
atado al cuello. Pero allí estaba ella, esperando el
autobús.
Sería
una alta directiva de una empresa inmobiliaria, la Directora de
Marketing de la Coca Cola, la Jefa de exportación de Rolls
Royce,
Asesora Jurídica en asuntos internacionales del gobierno. Una
mujer así
jamás iría en autobús, pero Ella sí.
El Lunes no
estaba, ni el Martes, ni el Miércoles, tampoco el Jueves ni el
Viernes.Había llegado la Primavera. Las mañanas
comenzaban a ser
luminosas y los Mirlos trinaban desde los Plátanos llenos de
brotes
tiernos.
Al comenzar la calle, miré como todos
los días y allí la vi otra vez. Mi corazón se
aceleró, hoy el día era
ya claro a pesar de ser Lunes.
Pasé despacio y
pude verla perfectamente: la falda tableada gris, la blusa blanca con
las solapas tiernamente abiertas, sobre sus hombros descansaba una
elegante americana y vi su cara negra.
Una mujer
así tiene que cobrar mucho por una noche. En los chalets
vivían
directivos de grandes empresas extranjeras, con gustos extravagantes y
apetitosos dólares.
Subió con dificultad al autobús y supe,
con aquel movimiento extraño de su cadera, por lo que no
podría conducir, ni trabajar.
Me había equivocado.
UN HOMBRE
TRANQUILO
Las
sirenas ululaba entre las luces de colores de los coches de Bomberos.
Se despertó sobresaltado, en el despertador eran las cuatro de
la
madrugada.
Se asomó a la terraza. Las llamas y el
humo subían desde el tercero. Los uniformes de los Bomberos,
como
hormigas locas fluorescentes, iban del coche-bomba a la casa, de la
casa a la ambulancia, de la ambulancia de nuevo a la casa.
Cerró la ventana de la terraza cuando las
primeras escaleras disparaban sus peldaños hasta el
volcán.
En el rellano del quinto, su piso, se oían las
carreras de los vecinos que huían.
Dudó
entre el traje gris o el azul oscuro, la corbata le combinaba con los
dos, la camisa de espiguilla iba mejor con el primero.
Golpearon en la puerta, la bailarina de Lladró,
en la mesita de la entrada, perdió pie y se quebró por la
cintura.
El
microondas calentó el café con leche, la tostadora
ofreció las
crujientes rebanadas,sobre el mantel de lino la mermelada de ciruela y
un cuenco de cereales esperaba, como todas las mañanas, a que
él
terminase de afeitarse.
Golpearon de nuevo la puerta como para derribarla, el
cisne de Schwaroskyquedó sembrado en el parquet.
Abrió.
-
¡¡ Por favor Señor, suba a la azotea a toda prisa,
el fuego ya está en
el cuarto!!-dijo el bombero entre agitadas cortinas de humo negro.
-¿Tardarán ustedes mucho en apagarlo?.
XL FERREIRO
GRAN VÍA
Madrid, 12 de Enero 2003
Mi
querida ausente, me animo a escribirte esta cartaabierta porque
sé que
la leerás, a diario tu mirada se oculta tras “El País”
mientras te
observo.
Tenías unos dieciocho años, el pelo
recogido en una trenza azabache, los ojos brillantes y oscuros
cubriendo de luz una sonrisa tímida. De tu bolsón de
cuero sacabas un
libro forrado en el que te sumergías, abandonando a todos los
náufragos
de sueños que esperábamos una mirada.
La dulzura
amarga de tu primer embarazo, la alegría del segundo y aquel
viernes
que te presentaste con dos niños charlatanes y felices, cruzan
el
pasado de mi memoria arrastrando los más de cuarenta años
que ahora nos
cubren.
Hoy, después de veinticinco años
compartiendo mañanas de sueño y tardes de urgencia,
después de eludir
cambios de horario, posibles ascensos e inmejorables destinos, que me
impedirían tu encuentro, me veo obligado a aceptar lo
irremediable.
Cuando
acabes de leer esta carta, podrás bajar el periódico,
mirar a tu
alrededor y yo no estaré observándote. Tal vez no me
eches de menos,
tal vez si, pero ya se habrán separado para siempre nuestros
caminos.
Ningún
mañana a las 7,15 h., estaré esperando tus pasos
rápidos para entrar
junto a ti en el segundo vagón, en el andén del Metro
Gran Vía.
XL FERREIRO
SIN SENTIDO
Sentía
que el primer catarro del Otoño me estaba trepando por la
espalda. El
ambiente era húmedo, las rodillascomenzaban a encasquillarse y
un sudor
frío traspasaba los sobacos de la camisa empapando la chaqueta.
Creía
haber oído al hombre del tiempo que gozaríamos de buena
temperatura,
pero ya no podría asegurarlo ahora, la memoria nos hace jugadas
estúpidas cuando queremos recordar lo más reciente y
necesario; sin
embargo, nosmartillea con un estribillo machacón que estamos
deseando
olvidar.
Ahora que lo pienso detenidamente ¿Fue ayer
cuando oí al hombre del tiempo?.
La
tarde se había puesto oscura de pronto, como si la última
tormenta del
verano llegase retrasada, aunque cuando salimos de casa no amenazaban
truenos y el cielo estaba radiante, sin una sola nube que pudiese
indicar cambio.
Uno nunca sabe lo que puede
pasarcuando sale de casa, decía mi abuela, siempre hay que ir
limpio y
preparado; pero no habíamos traído paraguas ni ropa
adecuada para un
brusco cambio como aquel. Mi mujer y los niños en manga corta y
yo con
el traje todavía de verano.
Pensándolo bien ¿ Habíamos salido
juntos los cuatro de casa?.
Aún
sin haber comenzado a llover, ni siquiera se oían truenos a lo
lejos,
los pies ya se me estaban quedando como témpanos, la parte de
atrás de
las pantorrillas y siguiendo hacía arriba por las dos piernas,
parecía
como una ausencia helada que me estaba cubriendo. No era posible que de
pronto me hubiese vuelto friolero, yo, que con un jersey me bastaba
para pasar el invierno. Seguramente tendría algo de fiebre, los
escalofríos no tardarían en llegar, necesitaba regresar
lo antes
posible y acostarme.
Era extraño que no se hubiese quejado ya mi
mujer, el frío era su mayor enemigo.
Pero ¿ A donde habían ido?, ¿Por
qué no estaban conmigo?, ¿Tendría que ir a
buscarlos a algún lugar?.
Más
de una vez me sucedió que creía que me habían
robado el coche por que
no me acordaba donde lo había aparcado, pero nunca, hasta ahora,
había
perdido a mi familia.
Sentía como dolores en las
manos, los brazos y las piernas no podía moverlos, apenas los
notaba.
Tenía la sensación de estar atrapado en un túnel y
aquel maldito tiempo
me estaba matando de frío.
Quise darme ánimos – ¡Ale!, ¡Vamos!
un esfuerzo más y llegas a casa- la voz no me salía de la
garganta.
La
oscuridad se hizo total,deje de sentirtemblores, deje de sentir dolor,
deje de sentir frío, deje de sentir..., deje de sentir..., deje
de
sentir...
- Murió en el acto- le dijo el forense, mientras
la separaba de los restos del accidente - su marido no sintió
nada.
XL FERREIRO