José Luis Alvarez Quintana
MICRORRELATOS
JUICIO PRECIPITADO SIN SENTIDO
UN HOMBRE TRANQUILO
GRAN VÍA



JUICIO PRECIPITADO

 

A las siete de la mañana como todos los días, allí estaba, quieta como una diosa, en la parada del autobús. Hoy, con la nieve suavemente deslizándose contra el parabrisas, llevaba un confortable chaquetón de piel sobre un vestido posiblemente rojo.

Como todos los días, al pasar a su lado en el coche, no pude distinguir su cara tras la sombra de una rizada melena negra y la noche todavía cerrada, apenas velada por una farola lejana.

Lo normal sería haberla visto en un Mercedes blanco, con asientos tapizados en cuero negro. O tal vez en un Volvo azul cobalto metalizado, con los asientos en un color crudo y un pañuelo de seda atado al cuello. Pero allí estaba ella, esperando el autobús.

Sería una alta directiva de una empresa inmobiliaria, la Directora de Marketing de la Coca Cola, la Jefa de exportación de Rolls Royce, Asesora Jurídica en asuntos internacionales del gobierno. Una mujer así jamás iría en autobús, pero Ella sí.

El Lunes no estaba, ni el Martes, ni el Miércoles, tampoco el Jueves ni el Viernes.Había llegado la Primavera. Las mañanas comenzaban a ser luminosas y los Mirlos trinaban desde los Plátanos llenos de brotes tiernos.

Al comenzar la calle, miré como todos los días y allí la vi otra vez. Mi corazón se aceleró, hoy el día era ya claro a pesar de ser Lunes.

Pasé despacio y pude verla perfectamente: la falda tableada gris, la blusa blanca con las solapas tiernamente abiertas, sobre sus hombros descansaba una elegante americana y vi su cara negra.

Una mujer así tiene que cobrar mucho por una noche. En los chalets vivían directivos de grandes empresas extranjeras, con gustos extravagantes y apetitosos dólares.

Subió con dificultad al autobús y supe, con aquel movimiento extraño de su cadera, por lo que no podría conducir, ni trabajar.

Me había equivocado.

 

UN HOMBRE TRANQUILO

Las sirenas ululaba entre las luces de colores de los coches de Bomberos. Se despertó sobresaltado, en el despertador eran las cuatro de la madrugada.

Se asomó a la terraza. Las llamas y el humo subían desde el tercero. Los uniformes de los Bomberos, como hormigas locas fluorescentes, iban del coche-bomba a la casa, de la casa a la ambulancia, de la ambulancia de nuevo a la casa.

Cerró la ventana de la terraza cuando las primeras escaleras disparaban sus peldaños hasta el volcán.

En el rellano del quinto, su piso, se oían las carreras de los vecinos que huían.

Dudó entre el traje gris o el azul oscuro, la corbata le combinaba con los dos, la camisa de espiguilla iba mejor con el primero.

Golpearon en la puerta, la bailarina de Lladró, en la mesita de la entrada, perdió pie y se quebró por la cintura.

El microondas calentó el café con leche, la tostadora ofreció las crujientes rebanadas,sobre el mantel de lino la mermelada de ciruela y un cuenco de cereales esperaba, como todas las mañanas, a que él terminase de afeitarse.

Golpearon de nuevo la puerta como para derribarla, el cisne de Schwaroskyquedó sembrado en el parquet.

Abrió.

- ¡¡ Por favor Señor, suba a la azotea a toda prisa, el fuego ya está en el cuarto!!-dijo el bombero entre agitadas cortinas de humo negro.

-¿Tardarán ustedes mucho en apagarlo?.

XL FERREIRO

 
 

GRAN VÍA

 Madrid, 12 de Enero 2003

 
Mi querida ausente, me animo a escribirte esta cartaabierta porque sé que la leerás, a diario tu mirada se oculta tras “El País” mientras te observo.

Tenías unos dieciocho años, el pelo recogido en una trenza azabache, los ojos brillantes y oscuros cubriendo de luz una sonrisa tímida. De tu bolsón de cuero sacabas un libro forrado en el que te sumergías, abandonando a todos los náufragos de sueños que esperábamos una mirada.

La dulzura amarga de tu primer embarazo, la alegría del segundo y aquel viernes que te presentaste con dos niños charlatanes y felices, cruzan el pasado de mi memoria arrastrando los más de cuarenta años que ahora nos cubren.

Hoy, después de veinticinco años compartiendo mañanas de sueño y tardes de urgencia, después de eludir cambios de horario, posibles ascensos e inmejorables destinos, que me impedirían tu encuentro, me veo obligado a aceptar lo irremediable.

Cuando acabes de leer esta carta, podrás bajar el periódico, mirar a tu alrededor y yo no estaré observándote. Tal vez no me eches de menos, tal vez si, pero ya se habrán separado para siempre nuestros caminos.

Ningún mañana a las 7,15 h., estaré esperando tus pasos rápidos para entrar junto a ti en el segundo vagón, en el andén del Metro Gran Vía.

XL FERREIRO

 

SIN SENTIDO

Sentía que el primer catarro del Otoño me estaba trepando por la espalda. El ambiente era húmedo, las rodillascomenzaban a encasquillarse y un sudor frío traspasaba los sobacos de la camisa empapando la chaqueta.

Creía haber oído al hombre del tiempo que gozaríamos de buena temperatura, pero ya no podría asegurarlo ahora, la memoria nos hace jugadas estúpidas cuando queremos recordar lo más reciente y necesario; sin embargo, nosmartillea con un estribillo machacón que estamos deseando olvidar.

Ahora que lo pienso detenidamente ¿Fue ayer cuando oí al hombre del tiempo?.

 

La tarde se había puesto oscura de pronto, como si la última tormenta del verano llegase retrasada, aunque cuando salimos de casa no amenazaban truenos y el cielo estaba radiante, sin una sola nube que pudiese indicar cambio.

Uno nunca sabe lo que puede pasarcuando sale de casa, decía mi abuela, siempre hay que ir limpio y preparado; pero no habíamos traído paraguas ni ropa adecuada para un brusco cambio como aquel. Mi mujer y los niños en manga corta y yo con el traje todavía de verano.

Pensándolo bien ¿ Habíamos salido juntos los cuatro de casa?.

 

Aún sin haber comenzado a llover, ni siquiera se oían truenos a lo lejos, los pies ya se me estaban quedando como témpanos, la parte de atrás de las pantorrillas y siguiendo hacía arriba por las dos piernas, parecía como una ausencia helada que me estaba cubriendo. No era posible que de pronto me hubiese vuelto friolero, yo, que con un jersey me bastaba para pasar el invierno. Seguramente tendría algo de fiebre, los escalofríos no tardarían en llegar, necesitaba regresar lo antes posible y acostarme.

Era extraño que no se hubiese quejado ya mi mujer, el frío era su mayor enemigo.

Pero ¿ A donde habían ido?, ¿Por qué no estaban conmigo?, ¿Tendría que ir a buscarlos a algún lugar?.

Más de una vez me sucedió que creía que me habían robado el coche por que no me acordaba donde lo había aparcado, pero nunca, hasta ahora, había perdido a mi familia.

Sentía como dolores en las manos, los brazos y las piernas no podía moverlos, apenas los notaba. Tenía la sensación de estar atrapado en un túnel y aquel maldito tiempo me estaba matando de frío.

Quise darme ánimos – ¡Ale!, ¡Vamos! un esfuerzo más y llegas a casa- la voz no me salía de la garganta.

La oscuridad se hizo total,deje de sentirtemblores, deje de sentir dolor, deje de sentir frío, deje de sentir..., deje de sentir..., deje de sentir...

 

- Murió en el acto- le dijo el forense, mientras la separaba de los restos del accidente - su marido no sintió nada.

XL FERREIRO



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